Mutación de la guerra, metamorfosis de lo militar.

El conflicto Ruso-Ucraniano, un ejercicio de historia regresiva transnacional

Mutation of war, metamorphosis of the military.

the Russian-Ukrainian conflict, an exercise in transnational regressive history

“La manière dont les hommes se sont combattus a toujours été aussi efficace pour déterminer les structures de la société, que la manière dont les hommes ont travaillé”

R. Aron (1963)

Edgardo Manero¹

Recibido: 10/02/2026

Aceptado:29/03/2026

Resumen

La característica del trabajo reside en la comprensión del fenómeno de la guerra a partir de su mutación, una problemática que, aunque largamente explorada, demanda reactualizaciones, mediante un análisis que parte de lo más reciente cronológicamente, el conflicto en Ucrania, para remontarse al fin de la bipolaridad, momento fundacional en relación con los cambios experimentados en las representaciones prácticas y estratégicas. Una particularidad del pensamiento sobre lo militar ha sido la dimensión del método comparativo histórico; pensar la guerra implica revelar su historicidad. Las transformaciones que se produjeron con el fin de la guerra fría en 1989 y el ciclo abierto el 11 de septiembre de 2001 exigieron una revisión necesaria de los conceptos relacionados con lo estratégico en general y con la guerra en particular. Esta revisión debe inscribirse en un marco definido no solo por la desarticulación de la rivalidad ideológica o por la emergencia de nuevos procesos de enemistad, sino también por la transformación civilizatoria en curso producida por la revolución científico-tecnológica. Dando cuenta de las relaciones pasado-presente, el trabajo aborda a partir del conflicto ruso-ucraniano cuestiones tales como las particularidades del sistema internacional en el que se inscribe, la relación entre lo político y lo militar, las características de los conflictos definidos como híbridos, el lugar de la tecnología en la transformación de la guerra y sus límites, el peso del paradigma de la Revolución en los asuntos militares y el rol de los territorios.

Palabras clave: estrategia, guerras, conflictos armados, revolución tecnológica, territorios, poder. Abstract

The distinctive feature of this work lies in its understanding of the phenomenon of war through the lens of its evolution—an issue which, although extensively explored, requires a fresh perspective. This is achieved through an analysis that begins with the most recent event, the conflict in Ukraine, and traces back to the end of the bipolar era, a pivotal moment in terms of the changes experienced in practical and strategic representations. A distinctive feature of military thought has been the dimension of the comparative historical method; to think about war implies revealing its historicity. The transformations that occurred with the end of the Cold War in 1989 and the cycle that began on 11 September 2001 necessitated a review of concepts related to strategy in general and to war in particular. This review must be situated within a framework defined not only by the dismantling of ideological rivalry or the emergence of new processes of enmity, but also by the ongoing civilisational transformation brought about by the scientific and technological revolution. Taking into account the relationship between past and present, this study uses the Russian-Ukrainian conflict as a starting point to address issues such as the specific features of the international system within which it is situated, the relationship between the political and the military, the characteristics of conflicts defined as hybrid, the role of technology in the transformation of warfare and its limitations, the influence of the Revolution paradigm on military affairs, and the role of territories.

Keywords: strategy, wars, armed conflicts, technological revolution, territories, power.

I. Un acontecimiento estratégico mayor

La guerra en Ucrania presenta características originales e inusuales en comparación con los conflictos armados del siglo XXI. Asimilada a los enfrentamientos bélicos del siglo XX que se creían definitivamente superados, pone de manifiesto la persistencia de la guerra de alta intensidad. La invasión territorial, el recurso a la artillería, los tanques y la infantería en un contexto de líneas de frente con trincheras, bombardeos de centros urbanos, un exilio en Europa sin precedentes desde el final de la Segunda Guerra Mundial y una movilización legitimada en la identidad nacional, instalaron la idea del retorno de la forma clásica de la guerra. Aunque el conflicto ha tenido repercusiones diferente en los centros que, en las periferias, su impacto global ha llevado a revisar, al igual que en 1989 o en 2001, los conceptos de defensa y seguridad, así como las características de las amenazas y del enemigo, replanteando la cuestión del espacio, del territorio y de las fronteras. En este marco, la propuesta de análisis debe entenderse como un vaivén constante entre el presente y un pasado inmediato; puede considerarse tanto como un ejercicio de historia regresiva² transnacional como una historia del tiempo presente dada la búsqueda de trazas de lo acaecido en la contemporaneidad del conflicto.

Si el conflicto en Ucrania tiene repercusiones globales, en Europa toma otra dimensión. En dicho continente, el conflicto ha puesto en tela de juicio la capacidad de mantener la guerra fuera de su territorio, afectando un componente prioritario del proyecto europeo posterior a 1945: la Unión Europea como expresión de la paz. A una Europa liberada de la guerra correspondía el anhelo de una Europa sin fronteras que acompañó a la entrada en vigor del acuerdo de Schengen. La guerra instaló la problemática de la soberanía nacional y de las fronteras de una forma diferente a la planteada por la inmigración o el proceso de integración regional.

Este alejamiento de la guerra había adquirido una dimensión mayor con el fin de la bipolaridad, hasta el punto de hablar de un fin de la guerra, una derivación, en última instancia, del supuesto fin de las ideologías. El proyecto liberal europeo se centraba en la posibilidad de construir un espacio no solo postschmittiano, sino también postclausewitziano. Se cuestionaba la idea de que el antagonismo político constituía el antagonismo supremo y la correspondiente centralidad de la distinción schmittiana entre el amigo y el enemigo (Schmitt, 1992), así como la fórmula clausewitziana de la guerra como continuación de la política. En la era de las revoluciones que acababa de terminar, en la que habían aparecido nuevos tipos de guerras, para actores situados en diferentes puntos del espectro político la distinción entre amigo-enemigo había sido el primer paso que dictaba tanto la guerra como la política. Con el colapso de la URSS en 1991, la palabra guerra quedó prácticamente desterrada de los discursos oficiales en general, expresados en los Libros Blancos sobre la defensa, aunque los conflictos en los Balcanes evocaran la imposibilidad de renunciar al concepto. En un contexto en el que las guerras interestatales habían disminuido en comparación con otras formas de violencia, se duda en nombrarlas, prefiriendo utilizar eufemismos —conflictos de baja intensidad, violencia, crisis, intervenciones u operaciones puntuales— o relegarlas a los Sures, aunque se desarrollaran en la periferia próxima.

Experimentado como un acontecimiento sin precedentes desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la guerra marca el fin de la propensión de los europeos a considerarse una sociedad posconflictual. En Europa occidental, ni el conflicto de los Balcanes ni el terrorismo islamista como práctica política habían puesto en tela de juicio la tradición que pretendía separar la paz en los centros de las guerras en las periferias. Sin embargo, aunque el barómetro muestra la concentración de los conflictos violentos en el Sur (Heidelberg Institute for International Conflict Research, 2024) hasta el punto de que algunas interpretaciones, como la de Gallais (1994), señalaban los vínculos entre violencia y subdesarrollo, Occidente, y no solo Estados Unidos, nunca ha dejado de hacer la guerra. La separación entre la paz en los centros y las guerras en las periferias se construyó sobre las guerras por delegación propias de la Guerra Fría.

Para sociedades que creían en la desaparición de la guerra en su entorno inmediato, el retorno del enfrentamiento convencional interestatal de alta intensidad en suelo europeo significó más que el fin del mito de las sociedades pacificadas; significó el fin de la idea de que la guerra ya no afectaría a las sociedades europeas. La guerra siempre estuvo presente, no solo por el fantasma de los tanques soviéticos o el miedo al fracaso de la disuasión nuclear, sino, fundamentalmente, por intervenciones militares recurrentes, desde Indochina hasta las Malvinas, producto de una historia colonial en general desprovista de la palabra guerra. Para Brosteaux (2025), la modernidad europea estaría atravesada por deseos belicosos, aunque se viva en paz.

Aunque lejos de la creencia de que la guerra revitaliza a las sociedades al permitirles salir de la inercia o de la decadencia propia de otras coyunturas, particularmente importante en los inicios del siglo XX, una pulsión guerrera atraviesa el continente. El desarrollo de la lógica realista del si vis pacem, para bellum romano acompaña el cuestionamiento de la pretensión pacifista que se había forjado sobre el recuerdo del trauma de las guerras mundiales. Presentada como irresponsable y asociada a una ilusión, dicha pretensión es percibida por sus críticos como una negación de la guerra, como un rechazo inconsciente a tener en cuenta una parte de la realidad, vivida como inaceptable, un mecanismo de defensa. Las sociedades europeas se caracterizarían por negarse a reconocer la realidad.

Este retorno de lo bélico se expresa en el aumento de los presupuestos militares, como en el caso británico (Le Figaro, 2026), en la enunciación de la amenaza rusa y en los llamamientos a la movilización, como se pone en evidencia, por ejemplo, en las declaraciones realizadas en noviembre de 2025 por el jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas francesas, quien consideraba que la sociedad debía estar preparada para “aceptar perder a sus hijos” (Le Figaro, 2025). La política de D. Trump hacia Rusia y el distanciamiento de la Unión Europea, tal y como se desprende de la National Security Strategie (NSS) de 2025 (The White House, 2025), han reforzado esta situación. En el marco de su priorización de la rivalidad con China, la tolerancia de Trump hacia la posición de V. Putin en la guerra de Ucrania con el objetivo de romper la alianza sino-rusa, ha debilitado la posición hegemónica sobre el conflicto dentro de la UE. Esta divergencia ha provocado una separación sin precedentes dentro del bloque occidental.

Más que como un conflicto que involucra los intereses de las potencias hegemónicas en un sistema internacional en transformación, la guerra en Ucrania se percibió en Europa como una guerra de conquista clásica liderada por un imperio incapaz de convertirse en un Estado-nación e interpretada como una agresión que atenta contra el orden europeo e internacional. Para los rusos, se trata de una guerra preventiva, protagonizada por un Estado que defiende sus intereses nacionales. Conducida bajo el eufemismo de operación militar especial estaría destinada a mantener a Ucrania dentro de su zona de influencia y a frenar a Occidente, representado por la OTAN, percibido como expansionista desde 1989.

II. La perennidad de la transformación de la guerra

Tras el fin de la Guerra Fría, las formas de la violencia política se han vuelto más complejas. Buscando dar respuestas, la innovación conceptual acompañó el nuevo ciclo. Los debates sobre seguridad iniciados en 1989 dieron lugar a una pluralidad de nuevos conceptos que subrayaban el carácter evolutivo de los cambios en el arte militar. Numerosos trabajos abordaron la cuestión de las transformaciones de la guerra. En un contexto en el cual la globalización constituiría viejas y nuevas guerras (Kaldor, 1999), las tesis sobre la caducidad del concepto de poder en su sentido militar (Mueller, 1989) o sobre el fin del orden militar (Bertrand, 1996) convivían con la referencia a guerras de un nuevo tipo, desde la evolución hacia una visión pre westfaliana de los conflictos globales de baja intensidad (Van Creveld, 1991) hasta el concepto de guerra de la tercera ola (Toffler A. & H., 1993) o la era de la guerra de tercer tipo (Holsti, 1996). El 11 de septiembre relanzó los debates estratégicos con otras miradas.

Con la invasión rusa, la guerra, ese “acto de violencia destinado a obligar al adversario a cumplir nuestra voluntad” Clausewitz (1998, p. 51), parece haber cambiado nuevamente de rostro. Como lo recuerda Aron (2004), “la guerra es propia de todos los tiempos históricos y de todas las civilizaciones” (p. 157); sin embargo, como lo pone de manifiesto el discurso histórico, las guerras, en tanto que acontecimiento violento colectivo de envergadura, no pueden asimilarse unas a otras. Fenómeno social proteiforme, como forma universal de intercambio violento, la guerra adopta un aspecto diferente según los beligerantes, transformándose en cuanto a las técnicas, los medios disponibles, los actores implicados o los objetivos perseguidos, redefiniendo, según la época, al enemigo, las instituciones que regulan la violencia y los espacios en los que se produce. No solo cada época y cada sociedad conoce su propia guerra, sino que una misma sociedad puede producir diferentes formas de conflicto bélico. Así, en la Antigua Grecia, el mundo micénico, el sistema clásico y la época helenística dieron lugar a nuevas facetas de la guerra (Detienne, 1999). Pensar su futuro (Freedman, 2018) puede implicar un viaje a sus fuentes (Joxe, 1991).

El siglo XX fue, en términos estratégicos, un momento especial en lo que respecta a los cambios en la guerra. Estuvo muy marcado en el plano estratégico, tanto por el aumento de la capacidad de destrucción —desde las armas nucleares hasta el genocidio³— como por la banalización de la guerra como continuación de la política, consecuencia lógica de la identificación de la esencia de lo político con el enfrentamiento agonístico. Las reflexiones de Schmitt son reveladoras de la transformación operada en relación al modelo clásico de guerra regido por el jus publicum Europaeum propio de los siglos XVII-XIX. Concretamente, en su Teoría del partisano (1992), mostró a principios de la década del 60, cómo el siglo XX introdujo, con dicha figura, un actor que trastocó profundamente el concepto de guerra. Rompiendo el esquema de la guerra interestatal, el guerrillero, en términos latinoamericanos, anuncia la desarticulación de las distinciones binarias clásicas de la guerra moderna y anticipa la centralidad y las formas del conflicto asimétrico.Schmitt sostiene que la guerra no es un fenómeno estable ni únicamente técnico-militar, sino un concepto político-jurídico que cambia cuando se modifica el marco que da sentido a la enemistad; la mutación en la guerra se produce cuando se transforma la forma de distinguir al amigo del enemigo. Es esta relación con lo político lo que convierte a la guerra en un elemento central de lo estratégico, no reducido necesariamente al hecho bélico.

En la tercera década del siglo XXI, los conflictos en Ucrania o en Oriente Medio nos revelan una vez más que la guerra es un fenómeno socio histórico localizado en el tiempo y en el espacio; que su transformación expresa dinámicas sociales y finalidades políticas. Clausewitz resumió esta interacción en De la guerra (1998, p. 69): “La guerra es un camaleón que cambia de naturaleza según las circunstancias”. Con esta metáfora subrayaba el carácter central de la mutación en la guerra, resultado de las transformaciones doctrinales, las modificaciones tácticas y las innovaciones tecnológicas, pero sobre todo de los cambios políticos (Aron, 1974; 2009). Frente a todo esencialismo, sostenía que cada guerra es un caso particular que exige un análisis propio, obligando a identificar lo específico de cada conflicto. Para el general prusiano, reflexionar sobre la guerra implica tener en cuenta las variaciones concretas que el fenómeno ha manifestado históricamente, identificar sus elementos persistentes: la figura del duelo, metáfora de una reciprocidad de la violencia, su carácter de un acto de violencia destinado a obligar al adversario a ejecutar una voluntad en la que cada adversario intenta imponer su voluntad, pero sobre todo su relación con la esfera política. Paradójicamente, al destacar los cambios, Clausewitz reforzó, como lo evidencia Aron cuya interpretación sigue siendo una de las más logradas, la idea de una esencia, lo inmutable, de la guerra, dada por su naturaleza de persecución de fines políticos y la primacía de la perspectiva política sobre el punto de vista militar.

Expresión del mundo occidental posterior al Tratado de Westfalia, moldeado por la Revolución Francesa, Clausewitz (1998, p. 67) inscribió abiertamente la práctica de la guerra en el ámbito de la política con su frase mítica, “la guerra es una simple continuación de la política por otros medios”; interpretación que se presta a los conflictos militares que han caracterizado la contemporaneidad, incluida la posguerra fría, lo que explica, independientemente de sus críticos, su pertinencia en relación con otras interpretaciones más económicas o antropológicas. La supuesta despolitización de las guerras, justificadas en nombre del derecho internacional o de la protección humanitaria y la obsolescencia del modelo clausewitziano, caracterizaron los debates estratégicos en la inmediata posguerra fría. La globalización fomentó la privatización de la violencia, reduciendo su carácter político.

El paso de la violencia política a la violencia infra-política y meta-apolítica es una característica contemporánea (Wieviorka, 2004). Sin embargo, si los conflictos del desorden global pueden no limitarse a la guerra tal y como la concebía Clausewitz, gran parte la violencia armada prosigue fines elaborados por la política, aunque se refería a la guerra entre Estados, esto no ha impedido que su pensamiento se aplique a los conflictos intra-estatales. A este respecto, son esclarecedoras las consideraciones de Schmitt sobre el hecho de que Lenin retomara aspectos de Clausewitz para pensar la revolución. En la Teoría del partisano trata explícitamente la forma en que el dirigente ruso reinterpretó la fórmula de la guerra como continuación de la política por otros medios.

La guerra en Ucrania ha permitido salir del impulso del conflicto asimétrico propio de la posguerra fría sin necesariamente avanzar hacia un retorno a la guerra convencional como forma exclusiva de lo militar, es decir, reducirla a un conflicto entre pares como Estados soberanos, caracterizado por enemigos, —absolutos o relativos—, y reglas comunes basadas en el reconocimiento mutuo de la legitimidad del adversario. La posibilidad de conflictos interestatales por la hegemonía que esta guerra ha abierto deja entrever la perdurabilidad del poder militar, de la alta política realista, que los conflictos asimétricos solían ocultar, pero también el carácter heterogéneo de los conflictos en curso y la diversidad en la percepción de la amenaza. Estas últimas no se perciben necesariamente como comportamientos estancos. Así, en Europa, donde desde principios del siglo XXI la circulación de flujos de población se relaciona con la amenaza del terrorismo y, progresivamente, con el riesgo de guerras civiles, especialmente en Francia y en el Reino Unido (Betz, 2024; 2025), la migración extra-regional es considerada como un recurso que Rusia podría movilizar en el marco de una guerra híbrida contra Europa.

La guerra en Ucrania permite también percibir la vigencia del recurso a una práctica perenne inherente al carácter político de la guerra. Mediante la tensión que mantiene con el exterior, el conflicto permite garantizar, en contrapartida, la unidad de la comunidad dirigiendo la hostilidad hacia el exterior del colectivo de identificación para promover su integración, desviando así la atención del caos interior, especialmente en situaciones de crisis social y deslegitimación política. Clastres (1997) sostiene que para que la comunidad pueda enfrentarse eficazmente al mundo de los enemigos, debe estar unida, ser homogénea, sin divisiones.El recurso al estado de guerra latente es más que una pieza esencial del sistema político arcaico, es un componente de lo político, que en Occidente y su extremo, se expresó bajo formas diversas, del Timor externus maximum concordiae vinculum, de Tito Livio (Joxe, 1991, p. 203) hasta “la guerra como nodriza sangrienta que prepara a las sociedades para ser cohesionadas” de W. James (1912, p. 23) pasando por las reflexiones de Coser o Simmel.

La rueda de prensa del jefe del Estado Mayor del Ejército francés, el general Burkhard, a petición del jefe del Estado, en la que se establece un panorama de las amenazas que se ciernen sobre Francia y Europa, pone de manifiesto mucho más que el carácter heterogéneo de los conflictos previstos. En estrecha relación con la guerra en Ucrania, esta inusual intervención se produce antes del discurso del presidente Macron en la recepción en honor de las Fuerzas Armadas en vísperas del 14 de julio. La enumeración de los peligros refuerza la legitimidad de las decisiones del jefe del Estado en relación con Rusia y el rearme en un contexto de austeridad. Burkhard mencionó los conflictos en Oriente Próximo, las tensiones en la región Indo-Pacífico, la persistencia del riesgo terrorista, los conflictos en el espacio, el ciberespacio y los fondos marinos, el aumento del tráfico de drogas y el crimen organizado, así como las consecuencias del cambio climático, catalizador del caos.

Las amenazas estatales surgen en el contexto de una contestación de Occidente: el terrorismo de Estado iraní y su política de secuestros, China, que espía y lleva a cabo una campaña para desacreditar al Rafale durante el conflicto entre la India y Pakistán y, especialmente, Rusia, que, comprometida con debilitar a Europa y desmantelar la OTAN, habría designado a Francia como su principal adversario en Europa. Burkhard aseguró que, en 2030, Rusia constituirá una verdadera amenaza, aunque Francia no correría el riesgo de “ser atacada directamente en su territorio nacional”; Moscú libra una guerra híbrida (Armée française, Déclaration du chef d’état-major des armées, Youtube, 2025).

III. La hibridación, la característica de los conflictos contemporáneos

El conflicto en Ucrania constituye una oportunidad para reflexionar sobre la transformación de la guerra, estableciendo un nuevo escenario, más complejo para la comprensión de los fenómenos bélicos, que el de las guerras asimétricas. La guerra punitiva desencadenada en Gaza por Israel, independientemente de su radicalidad genocidiaria que le confiere un carácter único, no ha supuesto ni aportado un cambio importante con respecto a las formas de conflicto propias de la posguerra fría, en particular tras el 11 de septiembre. Se trata de una guerra motivada por una intensa idea política, legitimada en nombre de la distinción moral entre el bien y el mal, contra una ideología y no contra un Estado, en la que la figura del combatiente irregular vinculado al territorio y apoyado e instrumentalizado por una potencia (Irán) se opone a un ejército nacional. La intervención en Gaza forma parte de esa lógica en la que la guerra deja de ser un duelo regulado y se convierte en un conflicto global, existencial, en el que el enemigo, transformado en criminal y no en adversario legítimo, se constituye en un enemigo absoluto, deshumanizado, ya que se opone, por sus prácticas, el terrorismo, a la humanidad, práctica analizada por Schmitt (1992) en relación con el orden bipolar.

El enfrentamiento entre Rusia y Ucrania es tanto un conflicto de soberanía sobre territorios en disputa como una disputa por la hegemonía continental que condensa varias guerras en un único escenario de operaciones. Se trata, en primer lugar, de una guerra entre Estados soberanos por la acción de un Estado que ha vulnerado la soberanía de otro. En segundo lugar, de una guerra civil movilizando elementos étnicos entre ucranianos y rusos parlantes, característica de la inmediata post guerra fría. Los años 90 vieron la formación, basada en criterios étnicos, lingüísticos o religiosos, de entidades políticas que buscaron afirmarse, especialmente en tiempos de crisis, contra los Estados-nación, mediante la reivindicación de una soberanía expresada en nuevas fronteras físicas.

Por último, una guerra por delegación que, en un sistema internacional conflictivo por naturaleza, en transición, en un contexto de tensiones y alianzas volátiles entre potencias, encierra el potencial de una escalada continental, incluso global, con la posibilidad de recurrir a las armas nucleares, participado de la idea de una Tercera Guerra Mundial, en curso o latente. Los países de la OTAN suministran armas, información y formación sin entrar oficialmente en guerra, aplicando sanciones comerciales, pero tolerando su transgresión, especialmente en lo que respecta al gas y al petróleo. Por su parte, los rusos cuentan con el apoyo de Corea del Norte o Irán.

La guerra es calificada de alta intensidad, caracterización pertinente en comparación con otras formas de conflicto de la posguerra fría. Sin embargo, esta denominación puede ser objeto de debate si se tiene en cuenta la ausencia de una característica que la historia del siglo XX suele asociar a este tipo de enfrentamientos: la aniquilación total; especialmente si se considera la potencia del arsenal ruso y las particularidades de su cultura estratégica. La guerra en Ucrania es una guerra heterogénea, en la que el conflicto convencional entre Estados con fuerzas armadas regulares movilizando tanques, infantería y artillería pesada es solo una de sus formas, si bien es su aspecto más extremo y evidente. Por sus características, la guerra en Ucrania se ha calificado a menudo como híbrida o como un conflicto híbrido en sus fases iniciales que evolucionó hacia una guerra convencional, una separación engañosa y anacrónica. Dicha cuestión evoca una particularidad del conflicto: la temporalidad en la que se inscribe su desarrollo. Esto se pone de manifiesto la dificultad para datar su origen: el anuncio por parte de Estados Unidos, durante la cumbre de la OTAN celebrada en Bucarest en abril de 2008, de su apoyo a la incorporación de Ucrania a esta organización; el inicio del Euromaidan el 21 de noviembre de 2013; la anexión de Crimea en febrero-marzo de 2014 o el inicio de las operaciones en territorio ucraniano el 24 de febrero de 2022.

Relativamente reciente en la literatura, el concepto de guerra híbrida, fundamental en los debates estratégicos contemporáneos, no se formalizó hasta principios del siglo XXI, basándose en prácticas preexistentes. La reflexión de Hoffman (2007) forma parte de esos textos pioneros. La guerra híbrida articula fuerzas convencionales y grupos armados irregulares, con el recurso a ciberataques, presiones políticas y económicas, operaciones de desestabilización y propaganda (sabotajes, vandalismo, desinformación, manipulación, etc.) El uso de armas innovadoras cohabita con el fusil de asalto, el bombardeo de poblaciones con los asesinatos selectivos o los atentados, el recurso a sanciones económicas con el bloqueo de la ayuda humanitaria. Consecuencia del deseo de oponer a la guerra convencional, concebida como clásica, el adjetivo híbrido suele conllevar, de forma errónea, la idea de una intensidad menor, sin asimilarla necesariamente a los conflictos de baja intensidad.

Si la combinación de medios militares y no militares ha caracterizado las guerras en el siglo XX, la diferencia de la guerra híbrida reside en la modificación radical en la espacialidad del conflicto dada por la importancia del ciberespacio. Como consecuencia de las transformaciones experimentadas por las sociedades nacionales y por el sistema internacional, los conflictos violentos en el desorden global han continuado profundizando la combinación de modalidades, métodos y espacios de confrontación iniciada con la era industrial. La particularidad del ciclo en curso está dada por el peso de la combinación de acciones en el mundo real y en el virtual. El frente bélico digital es parte de un sistema militar único; la simultaneidad es la característica del nuevo paradigma estratégico, lo que instituye la diferencia con otros.

El carácter holístico del conflicto, que caracteriza la guerra híbrida, mantiene un aspecto totalizador que la asimila a una forma de guerra absoluta, aunque difiera de la propia del universo de Clausewitz, como ideal-tipo. El general prusiano hacía referencia a un modelo teórico y no a una recomendación práctica u objetivo, en el que la violencia del conflicto se desata sin límites. Este aspecto totalizador, de los conflictos híbridos, que tampoco debe confundirse con la guerra total surgida de la Primera Guerra Mundial, apuntaría a la voluntad de combatir más que a la aniquilación total¹⁰.

El conflicto entre Rusia y Ucrania forma parte del paradigma de la subordinación de la política, tanto interior como exterior, al imperativo de la victoria militar. Sus rasgos distintivos residen en la implicación de las infraestructuras civiles y de las poblaciones no combatientes, que se incorporan mediante la construcción de un discurso político orientado a la cohesión social. El conflicto demuestra que la forma contemporánea de guerra de alta intensidad ha hecho que la dimensión del complejo logístico e industrial que sustenta a los ejércitos en campaña sea más sofisticada y costosa, como consecuencia de la relación entre la tecnología y la capacidad industrial.

Las características de las guerras híbridas nos recuerdan que las propias fronteras de la guerra siguen siendo objeto de debate. Este tipo de conflicto profundiza la subversión de las oposiciones binarias propias del universo militar producido por el derecho europeo y definido como clásico, instaurada con la guerra total y continuada con los conflictos de la Guerra Fría. Este universo se estructuraba en torno a la pretensión de la distinción tajante entre guerra y paz, civil y militar, combatiente y no combatiente, público y privado, nacional e internacional, interior y exterior, frente y retaguardia. La aparición de zonas grises, resultado de la indeterminación de los pares opuestos, se puso de manifiesto tempranamente en América Latina durante la Guerra Fría (Manero, 2020).

Características de la guerra en Europa oriental percibidas como formando parte de un universo militar diferente en relación a los conflictos asimétricos, no evocan un retorno a una época pasada, al enfrentamiento frontal de los ejércitos en la batalla, que caracterizaba la acción bélica hasta la Segunda Guerra Mundial en el imaginario social, sino más bien una señal del carácter heterogéneo de la guerra. La guerra reintrodujo la importancia del conflicto interestatal, pero también confirmó el recurso a grupos armados irregulares, especialmente en sus fases iniciales, y a Sociedades militares privadas. La participación de estas empresas se sitúa en una ambigüedad, no sólo jurídica, dada por la tensión entre los pares dicotómicos que tradicionalmente constituyeron la guerra. Estas empresas, que, aunque no son fuerzas estatales regulares, actúan como tales, han obligado a reintroducir en el análisis la separación de la guerra de la centralidad estatal. El hecho de que los Estados, no solo en las periferias, parezcan haber perdido o relativizado el monopolio del uso de la fuerza armada, constituyó el aspecto más evidente y también uno de los más analizados del contexto abierto en 1989 en términos estratégicos.

Esto no se debe únicamente a la ausencia o al debilitamiento del Estado, sino también a una forma específica de relación del Estado con actores, legales e ilegales, al posicionamiento frente a ellos, en un proceso en el que la violencia se convierte en un recurso para la gestión de la política y/o la economía. Esta lógica va más allá de la relación del Estado con las organizaciones criminales, característica de las sociedades periféricas. El ciclo iniciado en 1989 con la privatización de la guerra nos muestra que esta última no es solo una cuestión de Estado o una relación entre Estados. Para Hassner (2000), hay razones para pensar que la propuesta según la cual el Estado hace la guerra ya no refleja completamente la realidad actual.

Si la Guerra Fría había dejado en claro que la guerra no se reduce a una cuestión interestatal, el desorden global permitió renunciar definitivamente a la tesis moderna, rousseauniana, que estipulaba que no hay guerra entre hombres, solo entre los Estados¹¹, algo que la antropología suele recordar cuando evoca que la guerra concierne también a las sociedades sin Estado. En un contexto en el cual el Estado es cada vez menos la encarnación de lo político, el conflicto en Ucrania vuelve a poner de relieve su centralidad sin necesariamente dejar de lado las Sociedades militares privadas. Con diferencias, Estados Unidos, Rusia, Gran Bretaña o Francia recurren a ellas desplegadas en diferentes teatros de operaciones, desde Colombia hasta el Sahel¹².

La intervención se lleva a cabo en el marco del apoyo a los ejércitos nacionales o incluso de su sustitución, para la subcontratación de tareas, incluidas las ilegales, para misiones de cooperación, ya sea en apoyo de un tercer Estado que se enfrenta a una situación de crisis, en el marco de una asociación militar, o para acompañar la venta de armas y la formación en su uso y mantenimiento. Estas empresas, que no se ajustan necesariamente al modelo de Blackwater o Wagner, han desempeñado un papel importante en la militarización de la gestión de los flujos y los stocks característica de la posguerra fría participando tanto en el apoyo táctico como en operaciones de inteligencia, propaganda y desinformación.

En lo que concierne el conflicto en Ucrania, por parte rusa, se ha hecho referencia a la participación de empresas militares privadas, vinculadas a estructuras estatales como la Dirección General de Inteligencia del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas y el Ministerio de Defensa o a los oligarcas. El grupo Wagner, la más conocida de las empresas militares rusas, ha participado en operaciones de combate, como las campañas del Donbás, actuando como infantería ligera, artillería y apoyo táctico. Tras la muerte de Prigozhin, el grupo ha seguido activo, bajo diferentes denominaciones. Rusia reestructuró y oficializó algunos de estos grupos poniéndolos bajo control estatal, al tiempo que negaba su condición de mercenarios. Por parte de Ucrania, el grupo Mozart, que suele presentarse como un conjunto de voluntarios, es el más conocido. Ha estado oficialmente activo hasta 2023. Las Sociedades militares privadas que operan para Ucrania se presentan, en general, como un apoyo a la formación de las fuerzas locales, a la cadena logística y como proveedoras de ayuda humanitaria. Cabe destacar la presencia latinoamericana, en particular de colombianos. Ucrania ha considerado la legalización de las empresas militares privadas y la reinserción de los combatientes (Euromaidan Press, 2024).

Por otra parte, en estrecha relación con la figura del combatiente, el conflicto en Ucrania se acompañó de la profundización de los debates sobre el retorno del servicio militar, voluntario u obligatorio. El discurso de Macron del 27 de noviembre de 2025 es un buen ejemplo (Vie publique, 2025). El contexto geopolítico brindó la oportunidad de restablecerlo en varios países miembros de la Unión Europea. Al igual que en otras zonas geográficas, los debates en torno al servicio militar suelen limitarse a abordar la cuestión social —comunitarismo, desempleo, delincuencia, migración— desde la perspectiva más reduccionista de la conscripción: el mecanismo disciplinario. El desorden global había provocado en Occidente y en gran parte de su periferia próxima, como América Latina, un cuestionamiento, expresado en el fin del servicio militar, del modelo de ejército que surgió con la Revolución Francesa, cuyo paradigma era el pueblo en armas y la figura del ciudadano-soldado. Lejos del servicio militar obligatorio como relación contractual entre las obligaciones y los derechos del ciudadano, como contrapartida del derecho al voto, la defensa de la Patria ya no remite a un modelo de vida pública en el que la defensa está vinculada a la participación directa de todos los ciudadanos en los asuntos políticos de la pólis.

La transformación de la guerra no se limita a los cambios en el orden político, muta también en el plano táctico, logístico o tecnológico. El desorden global constituye una coyuntura particular, dado el impacto de la revolución científico-tecnológica en el plano militar. El conflicto en Ucrania ha puesto de relieve la intensidad de los debates, iniciados con la primera guerra del Golfo, sobre la relación de la tecnología con la seguridad. Si bien la tecnología no hace la historia por sí sola, como se desprende de las reflexiones de A. Touraine, entre otros, transforma la estructura del poder. Ahora bien, en términos estratégicos, las nuevas tecnologías implican más que el desarrollo de nuevas armas y los aportes introducidos por la IA en la toma de decisiones. No solo relanzan el espacio extra-atmosférico como objetivo o valorizan el territorio físico permitiendo el acceso a los fondos marinos e impulsando la disputa por los recursos naturales necesarios para la producción tecnológica (europio, gadolinio, disprosio, litio, etc.). Las nuevas tecnologías también constituyeron un nuevo terreno de enfrentamiento: el ciberespacio. La guerra ruso-ucraniana evoca tanto la perennidad de los territorios y las fronteras físicas como la prioridad del ciberespacio, reto prioritario del nuevo ciclo en términos de seguridad, componente central de la guerra híbrida.

IV. Territorios y transformaciones tecnológicas

El conflicto en Ucrania reinstaló abiertamente la importancia del control de los territorios en general, y de las fronteras en particular. Tras el fin de la bipolaridad, la idea de que la interdependencia de las economías mundiales moderaba los riesgos de enfrentamientos entre Estados relacionados con conflictos territoriales, condicionó y relativizó la percepción de los territorios en términos de seguridad. Sin embargo, en el marco de profundas recomposiciones sociales y políticas, el territorio como objeto de disputa se expresó en conflictos disímiles, relacionados con reivindicaciones identitarias, con circulaciones percibidas como amenazantes o con la apropiación o gestión de los recursos naturales. En las periferias, las fronteras heredadas del período colonial son cuestionadas no sólo por actores estatales. El peso de la herencia colonial se relativizó frente a otras problemáticas, aunque no desapareció. Un ejemplo es el conflicto que estalló en 2025 entre Camboya y Tailandia, cuyo origen radica en la ambigüedad de la línea de demarcación establecida en el tratado franco-siamés de 1907.

Para los países hegemónicos, por sus recursos y su valor estratégico, el territorio físico siguió estando en el centro de sus representaciones y prácticas estratégicas, como lo ilustra la importancia de la proyección de fuerzas —de la campaña expedicionaria a la implantación de bases militares—, la construcción de muros y las disputas de soberanía sobre los mares y los polos. En ese marco, la guerra en Ucrania parece evocar una dimensión diferente, en el que la cuestión del territorio impulsada por los países centrales, trasciende la puja entre actores estatales con pretensiones hegemónicas sobre las periferias globalizadas propio a la post-guerra fría. Los espacios en disputa se definen como prioritarios para la seguridad nacional. El interés expresado por Trump por anexionar Canadá y Groenlandia, presente desde su primer gobierno, formaría parte de la misma lógica.

Desde el punto de vista estratégico, el territorio ha tenido tradicionalmente una triple naturaleza. Podía ser a la vez el motivo o el objeto de los conflictos, el lugar donde se desarrollaban —el escenario de los enfrentamientos— y la justificación que legitimaba la acción militar. Durante la segunda mitad del siglo XX, el territorio sufrió importantes cambios en términos estratégicos con la transformación de la relación histórica entre poder y el espacio físico. Hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, bajo la lógica de la supremacía de la cantidad, el territorio constituía un elemento decisivo para la movilización de todos los recursos —naturales, industriales y demográficos— disponibles, lo que caracterizaba los enfrentamientos propios de la guerra de segunda y tercera generación. La extensión territorial se asociaba al estatus de un país en el sistema internacional. Concebida a partir de la idea de reserva de valores, la extensión formaba parte del orgullo nacional, no solo para los nacionalistas.

En el orden bipolar, salvo raras excepciones como China, los países hegemónicos no tuvieron reivindicaciones irrendentistas. Los procesos de descolonización significaron el fin de un ciclo del cual la Conferencia de Berlín (1884 -1885) y la teoría de los espacios vitales, el Lebensraum de los alemanes, constituyeron su forma más extrema. En el contexto de la Guerra Fría, el territorio, en su forma tradicional, era cada vez menos una fuente de tensión entre los Estados (Luard, 1988). Los enfrentamientos armados interestatales relacionados con una redistribución territorial en su forma tradicional eran poco frecuentes, como fue el caso del conflicto entre Irán e Irak, entre Etiopía y Eritrea, entre Argentina y Gran Bretaña o entre los países árabes e Israel.

En el desorden global, los conflictos violentos, incluido el de Ucrania, nos hablan de la emergencia de una territorialidad —como espacio delimitado y apropiado por un grupo humano— más compleja, resultado de la revolución científico-tecnológica que define la fase actual del capitalismo. Con el fin de la Guerra Fría se abre un nuevo ciclo estratégico, necesariamente caracterizado y condicionado por el impacto de las nuevas tecnologías en el conjunto de las condiciones que rodean a los seres vivos. Esto trasciende los múltiples procesos de integración e interconexión, cuya forma más evidente es la expansión de las redes sociales y de comunicación. La revolución científico-tecnológica ha trastocado radicalmente las formas de vida y las identidades sociales, provocando una mutación social excepcional considerada tan profunda como lo fue el paso de las sociedades agrarias a las industriales.

La revolución científico-tecnológica es indisociable de la metamorfosis de la guerra y, por carácter transitivo, de la transformación de un concepto polisémico, el espacio (Simon, 2024), consecuencia de la ampliación y redefinición del territorio que hay que proteger debido a los cambios tecnológicos y los comportamientos humanos resultantes. Los actores con valor estratégico, en particular las fuerzas armadas, actúan en espacios geográficos en proceso de recomposición, donde se rediseña la territorialidad de la seguridad, como consecuencia de un entorno que no es solo físico, es decir, determinado por los datos naturales y culturales del medio en el que evoluciona la sociedad.

La revolución científico-tecnológica ha puesto de manifiesto, como nunca, el entorno como un conjunto de actores y recursos que interactúan con y en una espacialidad que no se reduce a una territorialidad geográfica; la representación del espacio tiende a liberarse de las fronteras físicas y del control de territorios claramente delimitados que han caracterizado la geopolítica tradicional. Este cambio radical ha obligado a replantearse la relación entre espacio, poder y conflictos, es decir, los fundamentos de la geoestrategia como estudio de los desafíos espaciales que afectan a la seguridad y no solo como un enfoque geográfico del hecho militar.

La ampliación de la territorialidad de los retos en materia de seguridad, que no se limita al ámbito operativo, está relacionada con el aumento progresivo, desde principios del siglo XX, de la importancia, en términos de seguridad, de espacios que pueden calificarse de inmateriales, en contraposición a los espacios terrestres y marítimos, que pueden calificarse de materiales. Se trata del espacio aéreo, del espacial o extra-atmosférico y cibernético, este último con una característica que lo hace excepcional: su incidencia en todos los ámbitos de la vida social contemporánea. Las referencias y los debates sobre la oposición entre los espacios sólidos y los espacios fluidos o móviles, materiales e inmateriales, son una característica de la coyuntura abierta por la revolución científico-tecnológica. Estos espacios necesitan imperiosamente de soportes técnicos, como es el caso de barcos, aviones u ordenadores. La expresión navegar por la web ilustra sobre continuidades entre los espacios fluidos e inmateriales ya presentes en el término aeronavegación.

Más amplios y difíciles de delimitar, los espacios inmateriales constituyen entornos propicios para la circulación, donde la institución de una frontera es menos evidente o incluso inexistente, la soberanía nacional, difícil de delimitar, y los actos hostiles nada tienen que ver con la lógica de la intrusión física. El control de los espacios inmateriales es una condición necesaria para la hegemonía, algo que las potencias han comprendido y que se manifiesta en sus representaciones y prácticas estratégicas. Destacada muy pronto por el douhetismo como idea o doctrina militar basada en la importancia de la supremacía aérea y el dominio del cielo con fines de poder militar, la dimensión estratégica de los espacios inmateriales se amplió progresivamente a lo largo del siglo XX, especialmente durante la Guerra Fría, cuando el espacio extra-atmosférico se convirtió en un terreno para los retos geopolíticos.

La voluntad de Trump de asegurar el control de ese espacio frente a los programas anti satélites de China y Rusia ha llevado a la reorganización de la defensa estadounidense con el anuncio, en 2018, de la creación de un nuevo mando militar para el espacio extra-atmosférico. Se trata de una política espacial militar que prevé la creación de una fuerza espacial como nueva rama de las Fuerzas Armadas. El espacio siempre ha estado bajo la responsabilidad de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. El control de los cielos como factor de superioridad operativa sigue siendo compartido por todas las potencias (Le Figaro, 2025). Si este dominio no es suficiente para la victoria, como lo demuestran dos conflictos muy diferentes —Ucrania y Gaza— el uso de drones y el desarrollo de misiles hipersónicos o de propulsión nuclear demuestran que es prioritario.

V. El ciberespacio y su base material

A partir de la década de 1980, los espacios inmateriales tomaron un nuevo rumbo con el desarrollo de las redes informáticas. Aunque los conflictos militares nunca se han reducido a territorios que hay que dominar, sino también a redes que hay que controlar (flujos de datos, energía, comunicaciones), este aspecto adquirió un nuevo giro con la importancia de las redes informáticas. El ciberespacio cambió la forma en que los militares conceptualizan y operan en sus entornos al punto tal que, en el ciberespacio, la confusión entre los pares dicotómicos civiles y militares vuelve la distinción de los objetivos y blancos borrosa. Su importancia no se limita a los aspectos más evidentes de las ciberamenazas, como la ciberdelincuencia, forma de inseguridad en expansión, o a la vulnerabilidad frente a ciberataques que afectan no solo las infraestructuras militares (redes eléctricas, hospitales, comunicaciones, etc.). Así, en Francia, la multiplicación de los disfuncionamientos de los sistemas informáticos sufridos en 2025 suele ser interpretada en el contexto del conflicto con Rusia. Los retos del ciberespacio implican tanto el control de los mercados, ya sean financieros, de materias primas u otros, como el control o la manipulación de la comunicación y de la información.

Ahora bien, la percepción del ciberespacio sigue estando condicionada por la idea tradicional del territorio como una porción de espacio apropiada¹³. Esto forma parte de una historia, la del cuestionamiento y protección de los límites territoriales materiales y del principio de soberanía nacional.

El ciberespacio se convirtió en un nuevo espacio de soberanía en el que los Estados tratan de afirmar su control frente a otros actores estatales, pero también no estatales. Esto no se reduce a las organizaciones político-militares o criminales con las cuales la revolución científico-tecnológica ha colaborado no solo en términos de financiación y reclutamiento, sino también en el hecho de que la espacialización de estas entidades percibidas como amenazantes sigue siendo vaga y los límites del ejercicio de su poder, difusos. Implica también, a las grandes empresas, en particular las tecnológicas, que se convirtieron en actores geopolíticos, más poderosos que algunos Estados.

Estas empresas constituyen, dado su peso en la vida cotidiana o en la esfera de la seguridad, una forma específica de esos agentes contestatarios de la soberanía nacional y popular en que se han convertido las grandes corporaciones; condicionando tanto la democracia como la autonomía de los sujetos¹⁴, remodelando los Estados y las sociedades y redefiniendo los juegos de poder y las relaciones de fuerza entre las naciones, contribuyen al desorden internacional. Este presenta cada vez más rasgos comunes con el escenario anterior al orden geopolítico establecido por el Tratado de Westfalia, que convirtió a Europa en un conjunto de Estados con fronteras precisas y reconocidas, sobre las que el poder político ejerce su plena soberanía; un orden parcialmente realizado en las periferias, como en el caso de América. Desde lo más íntimo —los implantes cerebrales destinados a aumentar las capacidades del ser humano— hasta lo macro —la explotación del espacio—, las empresas tecnológicas prevén una ruptura civilizatoria ligada a un anarquismo de mercado.

Las nuevas tecnologías producen tendencias contradictorias en relación con el territorio físico, haciéndolo más controlable mediante satélites, geolocalización, vigilancia permanente, registros biométricos, pero también más accesible por los ciberataques, los drones de largo alcance o los misiles hipersónicos, lo que permite definir espacios cada vez más delimitados y controlados, pero también más porosos, reduciendo la eficacia de las fronteras físicas tradicionales en su razón de ser: la prohibición del acceso. La revolución científico-tecnológica cuestiona la idea de la defensa como interdicción del territorio nacional, cuya forma extrema es la santuarización mediante el arma nuclear.

Ahora bien, la importancia del ciberespacio no debe ocultar que los espacios inmateriales reposan, en última instancia, en algún tipo de base material, lo que crea un entorno complejo de un nuevo tipo. Los territorios físicos se han visto afectados por la desmaterialización del intercambio y por la circulación, resultado del auge de las nuevas tecnologías, sin que por ello se hayan puesto totalmente en tela de juicio, como sostenían algunas interpretaciones¹⁵, ya que, en última instancia, objetivos y actores —ya se trate de recursos, de infraestructuras o de poblaciones, etc.— se encuentran en los espacios materiales, como lo confirma la preocupación, en el marco del conflicto en Ucrania, por los sabotajes a las infraestructuras submarinas, orientados a afectar las comunicaciones. Las tensiones con el Reino Unido en torno al buque ruso Yantar son un ejemplo (Le Figaro, 2025).

En la tercera década del siglo XXI, la importancia que sigue teniendo el territorio físico se manifiesta en todas las escalas del conflicto, desde la disputa geopolítica hasta el combate directo. En las operaciones en entornos urbanos se evidencian los avances y las limitaciones de la tecnología en relación al territorio. Este terreno, como campo de batalla, impone dos limitaciones particulares: la concentración de la población civil y la complejidad de las infraestructuras. Constituye un entorno extremadamente denso, especialmente en los países periféricos, que dificulta, mediante obstáculos físicos, el desplazamiento de las tropas, limita el uso de vehículos blindados y de armas pesadas, y perturba la logística y las comunicaciones. El caso de Gaza es un buen ejemplo; tecnologías innovadoras ayudaron a las fuerzas terrestres israelíes (Globes, 2024). Por un lado, los túneles utilizados por Hamás, un reto prioritario en este conflicto (evasión, almacenamiento, logística subterránea), constituyen un ejemplo de adaptación y de innovación tecnológica a una territorialidad específica por parte de Israel, como lo ilustra el uso de drones para la visualización, el reconocimiento y la cartografía subterránea de las redes, y de la sponge bomb, una espuma expansiva diseñada para bloquear los túneles rellenándolos con una espuma expansiva que se endurece. Por otro, si bien los sistemas de precisión permiten atacar objetivos con menos unidades de munición y mayor exactitud, no garantizan la ausencia de víctimas civiles, lo que introduce en el análisis no sólo los límites de la tecnología sino también la cuestión de la voluntad política en la guerra.

¹ Habilitación a dirigir investigaciones en Filosofía, Université Paris VIII, Doctorado en Sociología, École des Hautes Études en Sciences Sociales. Director de Investigaciones del Centre National de la Recherche Scientifique y docente de la École des Hautes Études en Sciences Sociales (Francia).

ORCID: 0000-0001-6008-9623. Correo electrónico : Edgardo.Manero@ehess.fr

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² Marc Bloch propuso entender la historia desde el presente, en lo que llamó lire l’histoire à rebours, en el marco de sus análisis sobre los sistemas rurales medievales franceses, un procedimiento posteriormente definido como historia regresiva o método regresivo.

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³ La supresión de un colectivo de identificación, la eliminación de un grupo, la desaparición de un Estado, es decir, la «limpieza étnica», «religiosa», «social» o «política», no son objetivos militares, sino políticos. El razonamiento que transforma los conflictos en guerras y genocidios no es de naturaleza militar. Las masacres organizadas, sistemáticas y masivas pueden ser el producto de una representación militar de la política, pero no se trata de una cuestión militar. El criterio político difiere del criterio militar. El objetivo militar se limita a la desarticulación operacional del adversario. La razón última del esfuerzo militar es imponer las condiciones mediante las cuales la autoridad política controla todas las decisiones del adversario. La destrucción física de la sociedad enemiga es un objetivo político. El objetivo militar de la guerra es la destrucción organizativa de las tropas y la jerarquía enemigas, quebrantar la voluntad combativa del adversario, incluso para la tradición que considera que la guerra puede resolver de una vez por todas un conflicto (Joxe, 1991).

La guerra entre ejércitos públicos, como expresión de los Estados-nación, es limitada en el tiempo y reducida en el espacio. Los actores estratégicos frecuentemente fueron entidades privadas o semiprivadas motivados por una lógica de rentabilidad donde la depredación tuvo un papel central.

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Consideramos que lo político es lo que tiene que ver con el poder y que lo estratégico es lo que tiene que ver con el poder en la medida en que se basa/se apoya en la amenaza de muerte. (Joxe, 1991).

Según Claude Lévi-Strauss (1943) la violencia bélica es una especie de lógica del intercambio. Los intercambios comerciales representan guerras potenciales resueltas pacíficamente, y las guerras son el resultado de transacciones desafortunadas.

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Al respecto ver Weber (2002).

Práctica propia de las ciudades antiguas, que temían la división interna y la guerra civil de la cual la noción de stasis en el mundo griego es el paradigma. Ver Grangé (2009).

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Sobre dicha cultura ver Minic (2023).

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¹⁰ Estas dos acepciones de la guerra han dado lugar a una confusión doctrinal. Aunque existe una concatenación lógica entre ellas, implican conceptos diferentes. La guerra absoluta, en términos clausewitzianos, es una forma de conflicto armado concebido como un puro despliegue de violencia física, libre de cualquier obstáculo externo a la fuerza bruta. Esta concepción conduce inevitablemente, mediante un proceso de exacerbación, a paroxismos de esfuerzo y voluntad, aunque la guerra real siempre esté limitada por la política, el azar, las emociones humanas, etc. Su objetivo último es reducir al adversario a la impotencia, sometiéndolo íntegramente a la voluntad del vencedor, independientemente de los medios utilizados. La guerra total se refiere a un conflicto caracterizado por la movilización integral de la retaguardia —es decir, el aparato político, la estructura social y el aparato productivo de una Nación— al servicio del esfuerzo bélico.

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¹¹ Para Rousseau (2000) la guerra constituía una relación no entre individuos, sino entre Estados; afirmaba que el hombre es naturalmente pacífico y que, por lo tanto, no hay guerra general de hombre a hombre, para evocar luego las causas y el funcionamiento de la guerra que, según él, solo existe entre Estados.

¹² Un ejemplo de la profundización de esta relación es el caso francés. Véase el decreto relativo a los operadores de referencia del Ministerio de Defensa para la cooperación militar internacional (Journal officiel RF).

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¹³ Le Berre (1995) distingue, en relación con el territorio, tres elementos definitorios que se remontan a los primeros usos de la palabra en la época moderna: la dominación (un poder que se ejerce sobre él), el área (dominada por ese control territorial) y los límites que la rodean, que convierten una porción de espacio en un territorio.

¹⁴ Sobre el tema, véase Mhalla (2024).

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¹⁵ Desde Zygmunt Bauman hasta Manuel Castells, pasando por Arjun Appadurai o Paul Virilio, la lista de autores que han abordado la transformación del territorio físico, a través de la globalización, la tecnología digital, la movilidad, las fronteras y las identidades es larga. Un ejemplo de la relativización de la importancia del territorio es el texto La fin des territoires, Badie (1995).

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VI. El dron, expresión de un nuevo ciclo estratégico

Aunque a lo largo de todo el siglo XX se utilizaron aviones teledirigidos y aparatos no tripulados con fines militares, el dron, objeto fetiche en materia de seguridad, es la expresión de una nueva era estratégica, adaptándose a diversas formas de conflicto violento, relativizando, en ciertos casos, el uso de la aviación militar¹⁶. Progresivamente utilizado desde la década de 1990, el dron sincretiza las bombas volantes V1 y V2 de la Segunda Guerra Mundial con los aparatos utilizados para tareas de reconocimiento e inteligencia en la guerra de Vietnam. El dron, en última instancia, una subclase de los robots militares autónomos o controlados a distancia, diseñados para aplicaciones militares, es una expresión del douhetismo que caracterizó los primeros momentos de la Revolución en los asuntos militares o RMA por sus siglas en inglés (Revolution in Military Affairs), término introducido en la jerga estratégica por los Estados Unidos en la década de 1990.

Es una herramienta de seguridad propia a un contexto como el del desorden global, caracterizado por la yuxtaposición de la seguridad y la defensa, sin santuario garantizado. El dron participa en la defensa y el ataque, vigila, prevé, elimina y castiga, operando a partir de la transnacionalización de los espacios, independiente de todo límite físico. Es un producto apropiado para la concepción estadounidense de la frontera, como un espacio en continua expansión, que se presenta allí donde llegan los intereses nacionales de los Estados Unidos. A través de la recolección de información y del asesinato selectivo como neutralización de la amenaza, del conocimiento y la acción, el dron es una forma sofisticada de ejercer el poder. Los drones armados para vigilancia y ataque, cuyo paradigma es el Predator, son un ejemplo.

Aunque sigue formando parte de una tecnología de la observación y la escucha aérea, el dron es más que un componente de un sistema de poder panóptico. La centralidad que adquirió en Oriente Medio bajo el gobierno de Obama se desprendía de la lógica de reconocimiento-ataque. Se trata de la voluntad de ser omnipotente a través de la capacidad de ser omnisciente, que se deriva del hecho de que se puede ver y escuchar todo, pero también neutralizarlo todo. No solo es el resultado de la necesidad de identificar y localizar la amenaza, sino, más aún, de eliminarla sin riesgo.

Sin embargo, gracias a su versatilidad, precisión y bajo costo, el recurso al dron ha proliferado: están presentes en todo tipo de conflicto asimétrico, compensando la inferioridad militar de los actores no estatales. Los drones comerciales transformados en herramientas militares utilizados por ISIS en Siria e Irak fueron seguidos por aparatos más sofisticados, como el dron Ababeel, un unmanned aerial vehicle, palestino desarrollado y utilizado en Gaza a partir de 2014 (Le Figaro, 2014). En 2019, en Yemen, los hutíes reivindicaron el ataque con drones a instalaciones petroleras en Arabia Saudita, y en 2025 el Comando Vermelho los utilizó en el marco de una operación antidroga en los barrios marginales de Río de Janeiro.

En Ucrania, esta arma cobró protagonismo, convirtiéndose en el símbolo mismo de la guerra transformando el campo de batalla y relativizando armas pesadas tradicionales, volviéndolas más vulnerables y menos decisivas. Las cifras dan una idea de su importancia. Según las Naciones Unidas, los drones son responsables de aproximadamente un tercio de las muertes y lesiones de civiles ucranianos registradas en 2025 (Nations Unies, 2024). Las autoridades ucranianas, sostienen que más del 80% de los impactos efectivos sobre objetivos rusos en el campo de batalla son realizados por drones (Defense News, 2026). Convirtiéndose en la principal arma ucraniana, permitió compensar las ventajas numéricas rusas y alcanzar territorio más allá de la línea del frente. Su uso repercutió en dos componentes paradigmáticos de la guerra convencional, aumentando los costos en vidas humanas: la infantería y los blindados.

El recurso al dron redujo el rol de las unidades blindadas pesadas, generando la impresión de que la era de las formaciones blindadas masivas ha terminado; en diversas coyunturas los tanques fueron considerados anacrónicos. Esto podría implicar un cambio doctrinal mayor en la concepción de la guerra terrestre, en un país, como Rusia, en tensión permanente entre el desarrollo de sistemas de combate de nuevo tipo y la actualización de principios militares que datan no solo de la Guerra Fría.

El empleo del dron explica, en parte, la lentitud del avance del ejército ruso, que sufrió pérdidas humanas y materiales mucho más significativas que el defensor; habla de su importancia para mantener el control sobre el terreno en disputa. El conflicto puso de manifiesto la evolución en el uso de drones, con cambios tácticos que van desde la saturación de las defensas hasta su fusión con la IA, pasando por los sistemas no tripulados como un pilar central de la defensa, la relativización de los helicópteros de ataque y la artillería pesada, los sistemas no tripulados como componente crucial para lograr la superioridad de fuego y el dominio táctico o el uso de sistemas antidrones; es decir, una tendencia al desarrollo de contramedidas electrónicas basadas en el bloqueo de señales, en lugar de sistemas de interceptación cinética.

Como suele acontecer con ciertos conflictos -el caso de la guerra civil española es un buen ejemplo- Ucrania es un terreno de experimentación para armas y tácticas. Su particularidad está dada por la heterogeneidad, ya que participan tanto gobiernos y empresarios como inversores, programadores e ingenieros. La tecnología potencia la subversión de la separación civil-militar como se desprende del refuerzo de la relación establecida entre las industrias militares y civiles en materia de investigación y desarrollo y del aumento de la participación de los civiles en la defensa mediante su implicación en la ciberdefensa. La guerra influyó en otros espacios probables de enfrentamiento, como los mares. Así, Gran Bretaña considera que los submarinos no tripulados son importantes en el Atlántico norte en caso de conflicto con Rusia.

El dron planteó problemas legales, éticos y morales en relación con la forma de hacer la guerra, que no se reducen a la distancia entre el operador y el objetivo, anticipando los debates sobre las cuestiones éticas y jurídicas relacionadas con el uso y control de las armas autónomas y de la inteligencia artificial. Independientes de los códigos militares modernos, los robots soldados y los barcos sin tripulación capaces de identificar y atacar objetivos sin intervención humana directa alteran la noción de distancia, vulnerabilidad y derechos, no restringidos al derecho internacional humanitario¹⁷. Así, ONG como Human Rights Watch (2024) han planteado los problemas y los riesgos relacionados con el uso de la IA en el marco de las operaciones llevadas a cabo por Israel en la Franja de Gaza; hablan de errores, responsabilidades difusas, peligro para los civiles y falta de transparencia.

VII. La revolución en los asuntos militares, un paradigma en evolución permanente

Desde fines de los años 80, los Estados Unidos desarrollaron una concepción de la transformación de la forma de hacer de la guerra, resultado de la confianza positivista en el progreso tecnológico aplicado a la seguridad en general conocida como RMA. Está expresada triunfalmente en la primera guerra del Golfo, dejaba fuera de toda duda la primacía estadounidense, legitimando el mundo unipolar resultado del fin de la guerra fría. La primera guerra del Golfo sentó las bases de una nueva temporalidad estratégica. El triunfo del capitalismo se erigió a partir de un binomio simbólico, expresión de la relación entre lo político y lo militar. Si la caída del muro se instituye en el mito comunicacional de la victoria económica, el rápido triunfo sobre un ejército soviético anacrónico, poco equipado tecnológicamente —representado por los tanques iraquíes— constituía su equivalente en términos estratégicos. La RMA permitía mantenerse fuera del alcance de un enemigo que practicaba la guerra industrial. Las guerras del Golfo tuvieron un significado en el ámbito militar complementario al desmembramiento de la URSS en el ámbito político. Ante el derribo de la estatua de Hussein, Rumsfeld expresó: “al verlas, no podemos evitar pensar en la caída del Muro de Berlín y el derrumbe de la cortina de hierro” (La Nación, 2003).

Las guerras del Golfo marcaron un punto de inflexión en términos tecnológicos en la historia militar moderna. Las innovaciones tecnológicas — armas de precisión, bombas y misiles guiados por láser o GPS, aviones furtivos (F-117 Nighthawk), drones y satélites— tuvieron una incidencia táctica trascendental: capacidad de ataque a larga distancia con precisión, superioridad aérea absoluta que limitó el compromiso de las tropas terrestres, interconexión en tiempo real, interferencia de las comunicaciones enemigas. Estas guerras no solo han sido un laboratorio de tecnologías furtivas. Las primeras guerras televisadas en tiempo real, básicamente por la CNN, se inscriben en una nueva era de los sistemas de comunicación. El impacto de los blogs y de las redes sociales en los conflictos constituye un nuevo capítulo. La importancia de estos últimos se puso de relieve en la difusión de la contestación en las Primaveras Árabes o en la transmisión de los relatos de los enfrentamientos en Siria. El conflicto en Ucrania se inscribe en ese proceso, es una guerra en directo en las redes sociales.

Por otra parte, las guerras del Golfo también pusieron de manifiesto la manipulación de la información periodística y de las opiniones públicas, dejando ver la importancia de dos componentes de las guerras híbridas: la desinformación y las noticias falsas. Las redes sociales constituyen un elemento apropiado para la desinformación, la manipulación y la propaganda. La vieja cuestión de la construcción de narrativas de conflictos y de la guerra de la información para influir en la opinión pública y desestabilizar las sociedades adquiere nuevas dimensiones con las redes sociales y las tecnologías digitales.

La transición en la forma de hacer la guerra ya se anunció en la Guerra de las Malvinas. Pensar los conflictos como un palimpsesto ayuda a comprender que, en términos estratégicos, la idea de ruptura absoluta y repentina, que se desprendía de la RMA tal como fue planteada en la década de los 90, debe reconsiderarse. El desconocimiento del carácter progresivo del cambio tecnológico instituyó la principal crítica al concepto. La modificación radical en los métodos y medios de la guerra resultante de la tecnología es más bien una evolución que une revolución.

Paradójicamente, descripta como anacrónica, la Guerra de las Malvinas, en realidad, tuvo un alto grado de vanguardia. Esta guerra fue una manifestación anticipada del desorden mundial que surgió a partir de 1989. Perturbados en sus referencias y debilitados en su poder regulador, Estados Unidos y la URSS tienen dificultades para dominar las situaciones en un universo que está estallando (Milza, 1983). La guerra entre Argentina y el Reino Unido fue un presagio de la Primera Guerra del Golfo, no sólo por la imposibilidad de que las fuerzas armadas de un país periférico derrotaran al ejército de un país central en un conflicto convencional.

La guerra del Atlántico Sur anticipó aspectos característicos de los conflictos propios de la posguerra fría: la importancia de la tecnología, la asimetría entre las partes, la inscripción en un sistema de oposición Norte-Sur/Centro-Periferia, las represalias económicas en bloque¹⁸ , los fracasos de la mediación, el enfrentamiento entre un ejército de reclutas y un ejército profesional, el papel de las fuerzas especiales, la dinámica del conflicto estructurada en torno a campañas militares cortas, el retorno de la campaña expedicionaria de tipo colonial llevada a cabo por un Estado europeo, la proyección de fuerzas a larga distancia mediante una expedición militar de envergadura, el uso comunicacional de la variable tipo de régimen político (democracia-dictadura), el rol disciplinador de la derrota, la articulación con variables económicas,¹⁹ la lógica del desplazamiento y la recuperación política, es decir, el “factor Malvinas” (Manero, 2016).

Basada en las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, la RMA se estructuró en torno a la búsqueda de la superioridad absoluta en el ámbito de la circulación de la información, la observación, la precisión y el guiado. Inherente a la carrera por el dominio de la alta tecnología propia del conflicto bipolar; ya en la década de 1970, tanto los soviéticos como los estadounidenses consideraban la aplicación de las nuevas tecnologías en el ámbito militar como un cambio de paradigma. La dimensión de las transformaciones tecnológicas en la forma de hacer la guerra condujo a la idea de una guerra postindustrial, a la referencia a la guerra de la Tercera ola (Toffler A. & H., 1993) y a la era de la Guerra de tercer tipo (Holsti, 1996).

El énfasis puesto en el conocimiento y la anticipación, que no es una particularidad estadounidense, como lo evidencia el Livre Blanc francés de 2008, subraya la importancia del acceso a la información y de su control. La consecuencia fue el aumento de la importancia de los servicios de inteligencia. Esta reivindicación, arraigada y promovida por los neoconservadores, fue presentada públicamente en el discurso de W. Bush en West Point (The White House, junio 2002) y consolidada a nivel doctrinal en la NSS de 2002 (The White House, septiembre 2002). Las reformas provocaron resistencias entre los militares que, más que la tradicional rivalidad entre las agencias de seguridad, evidenciaban posiciones diferentes respecto a la relación poder-conocimiento-acción.

Concebida a partir de la antigua aspiración de poder vencer gracias a un dominio tecnológico que abarca todo el espectro de las capacidades militares, la lógica de la RMA se complementaba con el objetivo de la guerra cero muertos, un intento de modificar radicalmente la ley de la guerra como actividad mortífera. La doctrina de la guerra sin muertes se presentó como la consecuencia lógica de la evolución tecnológica. Más que una doctrina formal única, se trata de un enfoque político-estratégico nacido tras la guerra de Vietnam y concebido a finales de la década de 1980. Los dispositivos controlados a distancia y los robots letales autónomos, expresión del deseo de sustraer los cuerpos de los soldados estadounidenses y evitar daños, son parte integrante de este pensamiento. Constitutivo de la imagen de un ejército invulnerable, al igual que las Sociedades militares privadas y los ataques quirúrgicos, la robotización es necesaria para el objetivo político de legitimar la intervención militar. Esto debía hacer la guerra más aceptable, no solo en Estados Unidos.

Sobre la idea, popularizada con la primera guerra del Golfo, del ataque quirúrgico, como forma de limitar los daños colaterales gracias a la tecnología y para evitar bajas en tierra, las campañas en los Balcanes (1999) se llevaron a cabo casi exclusivamente por vía aérea. Estas intervenciones se presentaron como avances, ya que habrían marcado el fin de la destrucción masiva propia del ciclo de guerra absoluta que comenzó con la Revolución Francesa. Sus límites se percibieron rápidamente en Afganistán e Irak (2001-2003) donde los drones tuvieron que ir acompañados del uso intensivo de fuerzas especiales y de empresas militares privadas. La reticencia estadounidense a desplegar tropas no significa la relativización de la intervención directa, sino su resignificación por la vía del aumento de la importancia de las fuerzas especiales. La tecnología ocupa un lugar central en el nuevo paradigma; el desarrollo de un avión de combate orientado a las operaciones especiales que sincretiza la verticalidad del helicóptero con la velocidad del jet es el ejemplo.

Si bien en la década del 1990 la primacía de las operaciones de mantenimiento de la paz relativizaba, para la mayoría de los países occidentales, con excepción de Estados Unidos, la dimensión que habían adquirido las nuevas tecnologías en los teatros de operaciones, la RMA influyó rápidamente a nivel global en la concepción del conflicto militar, como lo ilustra la inmediata expansión de la reflexión a diferentes escalas, desde los documentos doctrinarios, como el Livre Blanc francés (1994) o la Strategic Defense Review (1998) del Reino Unido a los artículos en revistas militares. Como ejemplo la reflexión sobre las municiones de precisión guiadas (Hallion, 1995).

El cambio sistémico provocado por la introducción de nuevas tecnologías, desde las armas hasta las doctrinas, pasando por la organización militar y los campos de batalla, se generalizó a otras potencias como China, Rusia, Francia, Gran Bretaña o Israel, que invierten masivamente en innovación militar. La tecnología es uno de los retos clave de la disputa inter-hegemónica entre China y los Estados Unidos. Aunque los conflictos recientes muestran una democratización del acceso a la tecnología militar a través de la reapropiación de tecnología civil —los drones son tal vez el mejor ejemplo— la tecnología profundizó las asimetrías en términos militares. Los países menos desarrollados se vuelven dependientes de las tecnologías extranjeras, lo que acentúa la desigualdad militar.

En América latina, al igual que en otras geografías, la tecnología también reveló el espacio y el ciberespacio como terrenos de conflicto prioritarios. Las Fuerzas armadas de la región centraron su atención en la acción en estos entornos complejos, lo que se ha traducido en la generalización de la creación de comandos conjuntos de ciberdefensa o en acciones puntuales como el desarrollo del programa de sistemas no tripulados de Argentina, la red de satélites militares de comunicación y observación de Brasil o la célula cibernética en el marco del ejercicio militar multinacional Resolute Sentinel 2024 de Colombia. Como otros Estados que se enfrentan a restricciones presupuestarias, los países latinoamericanos tienen dificultades para permitirse un modelo de ejército altamente tecnológico. La experiencia en Ucrania abre la posibilidad de pensar el desarrollo de sistemas aéreos no tripulados en lugar de seguir invirtiendo en tanques y helicópteros de ataque.

Por otra parte, la región participa en la disputa por el control del espacio y el ciberespacio en el marco de la creciente rivalidad geopolítica entre potencias hegemónicas. La presencia de China en Argentina, con la estación terrestre en Neuquén perteneciente a la administración espacial nacional de ese país, ilustra la importancia del despliegue territorial para el control de los espacios inmateriales, algo tempranamente puesto de manifiesto en América Latina por el papel que desempeñaron, en los años noventa, las Forward operación location (FOL) —bases repletas de tecnología destinadas en gran parte al control aéreo— en el dispositivo militar de Estados Unidos en la región (Manero, 2020).

Las nuevas tecnologías alteraron radicalmente el carácter y la conducta de las operaciones militares. La modificación en la guerra resultado de su aplicación, implicó transformaciones doctrinarias, operacionales y organizativas. La referencia al uso intensivo, en el ámbito militar, de los avances en comunicación, los sistemas de satélites, el control y los mecanismos de interceptación electrónica de los sistemas de comunicación del enemigo, que caracterizaba a la RMA en la concepción estadounidense, fue incorporando progresivamente otras cuestiones: nuevo tipo de armamento, letal y no letal, robots, exoesqueletos y, fundamentalmente, la militarización de la inteligencia artificial. El uso de la IA para intentar acelerar la toma de decisiones y para desarrollar la prospectiva de los conflictos representa una nueva etapa en la aplicación de la tecnología a la guerra que interpela la esencia misma de lo estratégico: la toma de decisiones sobre la amenaza de muerte.

La IA no solo participa en la inteligencia y la vigilancia para el análisis de grandes cantidades de datos y el reconocimiento facial, sino que también permite operar en entornos complejos (ciudades, terrenos montañosos, condiciones meteorológicas adversas), reduciendo las pérdidas de personal y civiles y posibilitando destruir objetivos con menos munición. Más aún, la IA participa también de un viejo anhelo, la prospectiva de los conflictos; se inscribe en la línea de los proyectos de la Rand Corporation en el contexto de la Guerra Fría, basados en la extrapolación de tendencias o el recurso a autores de ciencia ficción para imaginar el entorno operativo futuro, que tomó fuerza en la posguerra fría. En el siglo XXI, a partir de un enfoque empírico positivista basado en la big data, se afianzó la confianza en que los avances tecnológicos deberían permitir la anticipación, incluso la predicción, mediante la determinación de regularidades. Como ejemplos, los programas Casandra (Alemania) y Kayros (Estados Unidos). Este objetivo ocupa un lugar importante en diversos proyectos orientados a maximizar el impacto de la ciencia y la tecnología en la defensa y la seguridad, como los impulsados por el Laboratorio de Ciencia y Tecnología de la Defensa (Reino Unido), la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de Defensa (Estados Unidos) y la Prospectiva Tecnológica de la Agencia Europea de Defensa (Unión Europea).

VIII. Los límites de la tecnología y la policronía de los conflictos

La transformación del arte militar nos recuerda que la guerra, aunque obedece a ciertos principios vinculados en última instancia a su dimensión política, tiene condiciones cambiantes. Las nuevas tecnologías, en particular la ciberguerra y la robotización de los campos de batalla, modificaron la definición misma del conflicto militar, no solo por medio de la profundización del combate sin contacto físico, del cual el operador de dron, asimilado a la figura de un jugador de videojuegos, se convirtió en símbolo, sino también por la capacidad de impedir el combate en sí. El poder de desactivar la capacidad operacional del enemigo ya no es directamente proporcional al poderío militar tradicional. La guerra electrónica degradaría particularmente las capacidades de mando. La manipulación de los sistemas informáticos cuestiona los fundamentos mismos de las formas de hacer la guerra, permitiendo obtener resultados a un costo menor.

En 2008, durante el conflicto en Osetia del Sur, Rusia actuó sobre los sistemas informáticos del centro de comando de la Fuerza Aérea de Georgia, impidiendo que los aviones volaran. El cambio es de envergadura. Bastó con impedir que los aviones despegaran para neutralizarlos. En 2026, la operación llevada a cabo por Estados Unidos en Venezuela, que culminó con la captura de Maduro, implicó una lógica similar, que condujo a la paralización de las infraestructuras petroleras y gasísticas, al corte del suministro eléctrico, al bloqueo de las defensas antiaéreas y a la inoperancia la guardia personal, de lo cual habría participado el armamento sónico secreto evocado por Trump.

En términos estratégicos, la tecnología constituye más que un elemento central en la lucha por la hegemonía. Desde el movimiento transhumanista y su deseo de superar las limitaciones biológicas y retrasar la edad de la muerte mediante la ciencia, hasta la doctrina de la guerra cero muertos, la evolución tecnológica interpela la esencia misma de lo estratégico: la toma de decisiones frente a la amenaza de muerte. La posibilidad de crear una sociedad que supere las deficiencias de la humanidad clásica enuncia, para un número reducido de actores, potencialidades nunca antes expresadas, en términos de salvación, es decir, de la forma en que imaginan su supervivencia y organizan su protección.

Ahora bien, en términos militares, más que hacia una nueva forma de guerra reducida a la pura tecnología sin territorio físico, los conflictos del siglo XXI nos dicen que los espacios en los que se desarrollan son múltiples: físicos, digitales, económicos, informativos. Como lo ilustran los casos de Irak, Afganistán, Libia, las características de los conflictos asimétricos han relativizado el recurso a la tecnología como garantía de una victoria que, al seguir siendo política, es independiente del solo éxito militar. El desorden global produjo un tipo de conflicto más difuso y potencialmente más complicado de resolver, ya que la criminalización que suele acompañar a la oposición entre un Estado y una organización no estatal no reconoce, en general, la condición de enemigo político, característica ya percibida por Schmitt en los conflictos de la Guerra Fría.

La guerra interestatal en Ucrania confirma lo que anunciaban los conflictos asimétricos: los espacios materiales e inmateriales se articulan a nivel táctico y estratégico, lo que relativiza la idea de ruptura absoluta. Si bien la tecnología modifica radicalmente las prácticas de los profesionales de la seguridad, se trata de una época hibrida, como se desprende tempranamente de la guerra contra el terrorismo o contra la droga, con operadores de drones y satélites, pero también con fuerzas especiales y servicios de inteligencia. El conflicto entre Rusia y Ucrania, más allá de ser considerado de alta intensidad, no supondría, en el plano operativo, un retorno a formas de guerra más tradicionales, sino una modalidad que provoca una importante fragmentación en las formas de combate.

La heterogeneidad de la guerra no deja de ampliarse. Aunque gran parte de la superioridad militar de los ejércitos involucrados en la disputa hegemónica se basa en la tecnología, al igual que otras fuerzas armadas a la vanguardia de las innovaciones en el ámbito de la defensa, los militares estadounidenses que se caracterizan por el peso de la tecnología, no solo en su concepción de la forma de hacer la guerra sino también en su equipamiento —al punto que suelen ser objeto de burlas por parte de miembros de fuerzas armadas aliadas—, contemplan la posibilidad de un estancamiento tecnológico, los riesgos de una excesiva dependencia de las herramientas digitales y la posibilidad de combatir, en ciertas circunstancias, desconectado.

Los actores estratégicos no estatales han tradicionalmente participado de la hibridez, no solo como objetos de la guerra asimétrica. El arcaísmo del ataque con cuchillo y del coche bomba, que contribuye a cuestionar el todo tecnológico, coexiste con la apropiación por parte de los insurgentes de las nuevas tecnologías, de Internet —elemento clave para la propaganda y la formación — al GPS, pasando por los drones civiles, las comunicaciones por satélite y los teléfonos móviles transformados en artefactos explosivos activados desde cibercafés (Manero, 2020). Una lógica que no debe confundirse con la que se desprendía de la explosión de beepers y walkie-talkies que tuvo lugar en el Líbano y en Siria, perpetrada por Israel en 2024.

Los actores no estatales han ido disponiendo de una capacidad cada vez mayor para fabricar y adaptar tecnologías civiles y locales, lo que influye en los conflictos y obliga a los Estados a adaptar sus tecnologías (detección, blindaje, contramedidas) para hacer frente a estas amenazas artesanales pero eficaces. La tecnología aumentó la velocidad de circulación y la capacidad de acceso a información que puede tener utilidad militar: la retroalimentación operativa es casi inmediata, documentada con imágenes y datos, y ampliamente accesible.

Desafiar a las potencias mediante nuevos enfoques tácticos y el uso de tecnología civil es una de las características de los actores no estatales involucrados en conflictos asimétricos, algo que las organizaciones político-militares o criminales pusieron de manifiesto muy pronto en América Latina. Esto parece trascender dichos conflictos. La guerra en Ucrania se caracteriza por el uso masivo de drones baratos, satélites comerciales, aplicaciones civiles para localizar tropas, el registro y el análisis de los combates en tiempo real con material comercial y el empleo de la inteligencia artificial para la búsqueda de información. Drones, inicialmente comerciales, neutralizan sistemas de armas complejos y costosos. Al igual que los conflictos asimétricos, la guerra en Ucrania pone de manifiesto cómo la tecnología ha profundizado los vínculos entre las esferas civil y militar en todas las escalas del conflicto, participando de la capacidad de adaptación del débil en relación con el fuerte. Aunque a escalas muy diferentes, en esa apropiación de la tecnología se encuentra un denominador común entre formas de conflictos muy diferentes.

La guerra entre Rusia y Ucrania introduce una modificación mayor en relación al tipo de conflicto característico del siglo XXI. De ahí su importancia que, aunque reaviva formas tradicionales de conflictividad, parece difícil de reproducir en otras geografías, con la excepción de Taiwán. Lejos de toda voluntad prospectiva, dicha guerra impulsa la percepción de un escenario futuro caracterizado por conflictos largos, costosos, altamente industriales y tecnológicos, que involucran todas las dimensiones de la sociedad, constituyendo a nivel internacional coaliciones tácitas donde pueden confluir intereses y visiones del mundo diversas. Se trata de un escenario en última instancia restringido en términos de países.

Al mismo tiempo, muestra también que impedir agresiones contra la soberanía territorial sigue siendo una prioridad globalmente compartida por las fuerzas armadas en un contexto en el cual se profundiza, consecuencia en parte de las posibilidades de explotación que aporta la revolución científico-tecnológica, la revalorización de los océanos, los polos y los territorios dotados de recursos naturales, como se desprende de la intensificación de las disputas inter-hegemónicas por territorios físicos.

Sin embargo, aunque los países hegemónicos y periféricos comparten problemas y cuestiones estratégicas —como el impacto de la revolución científica y tecnológica, la valorización de los recursos naturales y la hibridación de la guerra y sus actores, la inestabilidad del sistema internacional dada por el aumento de la conflictividad interestatal e intraestatal y la consiguiente crisis del derecho internacional—, se enfrentan a retos diferentes en materia de seguridad. Esa diferencia se traduce en divergencias en cuanto a los intereses emergentes, los mecanismos de disuasión, la percepción de las amenazas y los procesos de enemización y las prácticas de hostilidad que desprenden de ellos.

En las sociedades periféricas, la diversidad de riesgos y amenazas pone de manifiesto un universo securitario profundamente fragmentado, que se refleja en la diversidad de funciones y tareas asignadas a los militares: la tradicional heterogeneidad estratégica de América Latina (Manero, 2020). En los centros, la función de lo militar es ante todo el resultado de su uso más arcaico en el sentido etimológico del término —origen, comienzo—, el que vincula la seguridad, asimilada a la protección de los intereses nacionales, con la lógica, necesariamente globalizada, del control de los flujos y los stocks, lo que se traduce en una apreciación del territorio físico. La consecuencia es el aumento de la inestabilidad del sistema internacional resultado del recurso a la fuerza mediante guerras preventivas y punitivas basadas en la supuesta evidencia y/o inminencia de la amenaza.

¹⁶ Para una aproximación general del dron ver Chamayou (2013).

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¹⁷ Sobre el tema ver Amoroso y Tamburrini (2021).

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¹⁸ Según Escudé el conflicto creó un obstáculo en las relaciones con la Comunidad Europea, provocando una interrupción de las inversiones, el aumento del índice de riesgo país y la pérdida de confianza de los centros hegemónicos (1998, p. 67).

¹⁹ El conflicto se produjo en un contexto de austeridad económica en el Reino Unido y de crisis económico-políticas en Argentina. En el Reino Unido, la política de austeridad, que supuso una reducción del presupuesto y una revisión del gasto en defensa, afectó específicamente a la Marina —como consecuencia de la Guerra Fría, que otorgaba una importancia táctica extrema a los submarinos nucleares— y, en particular, a la flota de superficie.

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Mutación de la guerra, metamorfosis de lo militar.

el conflicto Ruso-Ucraniano, un ejercicio de historia historia regresiva transnacional

Artículos de Dossier

pp. 33 - 63

Manero E.

Mutación de la guerra, metamorfosis de lo militar.

el conflicto Ruso-Ucraniano, un ejercicio de historia historia regresiva transnacional

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Manero E.

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