Mosaico de grises

Esbozo de otra forma de ver la guerra

A Mosaic of Grays

Outline of another way of seeing war

Flabián Nievas¹

Recibido: 10/02/2026

Aceptado:02/03/2026

Resumen

Existe actualmente una crisis teórica para entender las guerras, que se expresa en una vastedad de propuestas, coincidiendo de manera más o menos unánime en que las guerras han mutado en su forma y dinámica. Aquí entendemos que la beligerancia es un epifenómeno de las estructuras sociales, de su dinámica y su arquitectura de poder. Que, en consecuencia, las transformaciones de la guerra obedecen a transformaciones sociales, a las cuales en parte anticipan y ayudan a desarrollarse. Repasamos entonces, las mutaciones que entendemos sustantivas. El efecto inmediato de las mismas es la confusión que genera si se las observa desde los patrones tradicionales, que dan lugar a una serie de zonas grises o indefinidas, que dificultan el entendimiento ya que no siempre se refiere a lo mismo. La propuesta que se ensaya aquí es cambiar el punto de mirada de los actores a las acciones, y enfocar el fenómeno por sus efectos y no por su externalidad. Proponemos observar los efectos de guerra para determinar una situación bélica y analizamos brevemente las condiciones actuales, tanto de la dinámica capitalista como de los desarrollos técnicos que ofician de plataforma de esta nueva dinámica.

Palabras clave: guerra, violencia organizada, capitalismo, Estado, redes sociales.

¹ Dr. en Ciencias Sociales-UBA/CONICET- ORCID 0009-0004-1284-8399.

Correo electrónico: flabian.nievas@gmail.com

Nievas F.

Mosaico de grises

Esbozo de otra forma de ver la guerra

Artículos de Dossier

pp. 64 - 83

Abstract

There is currently a theoretical crisis in understanding wars, expressed in a vast array of proposals, all of which agree, more or less unanimously, that wars have mutated in their form and dynamics. Here, we understand belligerence as an epiphenomenon of social structures, their dynamics, and their power architecture. Consequently, the transformations of war are a consequence of social transformations, which they partly anticipate and help to develop. We will now review the mutations we consider substantive. Their immediate effect is the confusion they generate when viewed through traditional frameworks, giving rise to a series of “gray áreas” or undefined zones that hinder understanding, as they do not always refer to the same thing. The proposal put forward here is to shift the focus from the actors to the actions themselves, and to examine the phenomenon through its effects rather than its externality. We propose to observe the effects of war to determine a war situation, and we briefly analyze the current conditions, both of the capitalist dynamic and of the technical developments that serve as a platform for this new dynamic.

Keywords: war, organized violence, capitalism, State, social networks.

I. Introducción

No todas las guerras son claramente reconocidas como tales. Indudablemente algunos conflictos, como el que actualmente se desarrolla en Ucrania, son universalmente reconocidos como guerra. No obstante, tal universalidad se diluye cuando se intenta fechar su inicio: si fue el 24 de febrero de 2022 (inicio de la invasión de fuerzas rusas en territorio ucraniano) o el 21 de noviembre de 2013 (inicio del euromaidán). La diferencia estriba en si se la analiza como una guerra de formato tradicional o una guerra híbrida. El tramo que diferencia ambos enfoques es lo que se denomina zona gris, en la que se combate en dominios y modalidades que pueden denominarse duales (son tanto militares como civiles). La existencia de la zona gris es independiente de si deriva o no en un choque convencional. Entre las distintas formas de guerra conocida, es necesario explorar la posibilidad de una combinación y coordinación de diferentes tipos de violencia desagregada, con efectos favorables al conglomerado agresor; es decir, con idénticos o similares resultados sustantivos a los que se pudieran haber obtenido con una guerra convencional, en caso de que la misma hubiese sido posible. Para ello es necesario cambiar el enfoque tradicional de buscar contendientes en vez de centrarse en la contienda. No se trata de una ucronía sino de un ejercicio para pensar los alcances reales que pudiere tener un fenómeno de tales características, ejercicio que se asienta en algunas evidencias fácticas. Pero es necesario considerar los cambios ocurridos en la sociedad y que dan cuenta de las variaciones en la violencia.

II. La gran reconfiguración

Desde el último tercio del siglo pasado la humanidad está viviendo una reconfiguración de su entorno que aún dista de mostrar una fisonomía clara y estable, pero de la que podemos considerar sus aspectos más relevantes, para orientarnos en los cambios en la gestión de la violencia colectiva. Para ello es necesario intentar ver las figuras que asoman detrás de la nube de polvo que ocasionan las novedades que aparecen cada vez con mayor velocidad.

La mayor de las transformaciones, que no solo está indebidamente calibrada sino que aún ni siquiera es tematizada, es el redimensionamiento espacial ocurrido en el tránsito del siglo XX al XXI. La duplicación del mundo social operada por el desarrollo de una nueva dimensión espacial empieza a mostrar sus efectos, pero dista de que tengamos todavía la posibilidad de ver con certeza el alcance del fenómeno². No obstante, el notable crecimiento del padecimiento subjetivo, particularmente en las nuevas generaciones (Haidt, 2024), indica las dificultades humanas para la adaptación a las situaciones emergentes de esta reconfiguración, dada la desorientación suscitada por la falta de nuevos parámetros aún.

También sufre tensiones de redimensionamiento la principal institución política construida en los últimos siglos para ordenar los grupos humanos: el Estado. Mayoritariamente los Estados nacionales, cuya gramática —el derecho— hoy ya no da cuenta de espacios crecientes de actividad social (zona de alegalidad) y que en parte, es tomado por esa actividad como instrumento de vulneración funcional del propio Estado (lawfare). La arquitectura del Estado, que en su diseño originario requería de al menos dos cuerpos especializados en el uso de la violencia física (policía, para las cuestiones domésticas y Fuerzas Armadas, para la defensa integral frente a conflictos externos), parece crecer en obsolescencia y disfuncionalidad entre sus principios constituyentes y las dinámicas impuestas en diferentes núcleos espacio-temporales, que no necesariamente se adecuan a las tipificaciones del diseño original, sino que se arremolinan en torno al ritmo de la dinámica propia del capitalismo financiero.

III. La mutación del capitalismo

El capitalismo industrial organizó los Estados articulando una espacialidad entonces novísima: las naciones —artefacto mítico, pero de gran eficacia—, forma a la que se arribó en el desarrollo y la protección de los incipientes mercados que se constituyeron en mercados internos o nacionales, sobre los que finalmente se estructuró el mercado mundial. Se trató de una organización del espacio en función del naciente capitalismo (Nievas, 2018).

Sin la existencia de mercados nacionales, que articulaban producción y consumo en el ámbito de dichos espacios, hubiese sido imposible el desarrollo de una estructuración mercantil a escala del globo y una división internacional del trabajo sostenida por la diferencia de salarios según naciones. Todo este orden, cuya capacidad de expansión fue —por primera vez en la historia— de escala planetaria, se asentó en la primacía del capital industrial; es decir, en su poder de imposición de la cadencia social. La sociedad de masas, la producción en serie, el consumo masivo (incluso el Estado de bienestar cuando irrumpió la amenaza soviética que, sin salirse de dichos parámetros sociohistóricos de masividad, era superadora del capitalismo de entonces y abría un panorama anticapitalista potente) fueron expresión de este orden basado en la producción y consumo de bienes y servicios bajo la forma mercantil. No obstante, el capital industrial siempre coexistió con el capital comercial —pródromo del orden industrial, al que dio lugar bajo la forma de verlag system / putting out system— y el capital financiero, que marcará el epílogo de su predominio.

En el último tercio del siglo pasado comenzó el traspaso de la primacía social del capital industrial al capital financiero³, de la forma (comprimida) D-M-D’, esto es de la producción para obtener ganancia, a la forma sintética D-D’, es decir la especulación fuente de lucro concentrado; un salto cualitativo en la realización de la naturaleza del capital, lograda con la reestructuración espacial que señalamos.

La fluidez propia del capital financiero se contrapone con la estructura poco flexible del capital industrial, expresada en la relativa rigidez tanto de la producción fabril como del diseño estatal. Si bien las estructuras encauzan los flujos sociales, cuando estos se desmadran, en este caso como producto de una expansión espacial, tales estructuras no desaparecen pero pierden funcionalidad. La medular organización de la violencia queda atrapada en esta situación. Como suele ocurrir cuando un fenómeno no se ha estabilizado, es más fácil ver lo que deja de ser que observar lo que se conforma, que suele aparecer como anomalía, y que es difícil de captar con las categorías cognitivas diseñadas en función del orden que se diluye.

La expresión política de esta fuerza anómala es lo que se identifica como neoliberalismo —cuyo basamento es la escuela austríaca de economía que siempre fue considerada una excentricidad de lógica inconsistente—. Sin embargo, su mesianismo de mercado da cuenta de la necesidad de matizar la idea de sistema internacional, pues pone en crisis la preeminencia del Estado como figura en torno a la que se organizan las comunidades humanas. Esto tiene cierto grado de realidad, toda vez que ya los Estados no son actores excluyentes, y quizás ni siquiera principales en la reconfiguración en marcha en función del orden capitalista financiero. Méndez Gutiérrez del Valle (2011) señala, admonitoriamente, que al menos tres nuevos actores geopolíticos debían considerarse a inicios de este siglo: grandes empresas transnacionales, organizaciones de la sociedad civil (ONG) y movimientos identitarios. Hoy la idea de empresa transnacional (aunque siguen existiendo e influyendo) queda opacada frente a la más difusa de fondos de inversión (Templeton, Black Rock u otros), que en muchos casos han devenido en los administradores de aquellas, no solo con capacidad de gestión de las mismas sino de elusión de la tributación, es decir, con una parte de su funcionamiento por fuera del sistema interestatal formal.

Cuando poderosos actores pueden actuar fuera de las reglas formales, es decir en la alegalidad (cuyo mejor ejemplo es la llamada contabilidad creativa, esto es la capacidad de seleccionar contablemente determinadas locaciones con nulas o muy bajas exigencias tributarias, sin importar su correspondencia con la realidad fáctica), el orden completo está expresando dificultades. Un viejo pensador sostenía que:

En una fase determinada de su desarrollo, las fuerzas productivas de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, o, lo cual no es más que su expresión jurídica, con las relaciones de propiedad en cuyo interior se habían movido hasta entonces. (Marx,1970, p. 10)

Esto lleva, inevitablemente, a una reestructuración de las relaciones de poder y, en consecuencia y de manera necesaria, a una nueva calibración de la violencia.

IV. La recalibración de la violencia

La distinción delito-guerra, como formas estructuradas de la violencia por la estatalidad moderna, hace ya un buen tiempo que viene difuminándose. La instalación de categorías de discutible utilidad analítica —como la de narcoterrorismo o, en idéntico sentido, crimen organizado—, pero de indudable utilidad política, parece vinculada a las nuevas necesidades de dinamización del capital financiero, lo que en absoluto no significa que haya un vínculo directo entre ambas cuestiones, sino que ambas expresan cierta exterioridad de estos procesos a los entramados estatales.

El largo procedimiento de reestructuración de la violencia tiene diversos orígenes a lo largo del siglo pasado. Como es usual, procesos que son en sí mismo específicos se entrecruzan, se encadenan y generan dinámicas y significados generales diferentes a cada uno de ellos en particular. Así, por ejemplo, la disminución del calibre de las armas portátiles de guerra obedeció a la conveniencia de herir en vez de matar a un enemigo (provocar una herida de consideración produce dos o tres bajas inmediatas: el herido y quienes deben asistirlo), y no había nada de humanitario en ello.

Esto se entrelaza, a partir del desarrollo de la contrainsurgencia, con la incursión permanente en espacios urbanos, lo que requirió el rediseño de tácticas y sistemas de armas. Claramente resultaban disfuncionales para este tipo de conflictos gran parte del arsenal de las Fuerzas Armadas: tanques de guerra, portaaviones, submarinos, cañones, entre otros. Stalingrado fue la muestra de la inviabilidad urbana de los sistemas convencionales.

Ya en fecha temprana como es 1958, se editó el folleto FM 19-15, que tuvo distintas actualizaciones (en nuestro país se publicó en 1973), y que comienza explicitando que el mismo “constituye una guía para el entrenamiento y el uso de las fuerzas militares en el control y la supresión de disturbios” (Taylor, 1973, p. 9), algo que, claramente, en el paradigma del Estado moderno corresponde a la policía. Consecuentemente, se han ido desarrollando tanto tácticas como adaptando cuerpos y armamentos específicos para la actuación intermedia, que no es exactamente disturbio sino forma genérica de denominación para un área de intervención que no es guerra ni delito. Estas diferentes líneas evolutivas confluyeron en el desarrollo de armamento no letal, que extienden el rango de actuación armada a situaciones en las que antes no se utilizaban armamentos (Rocher, 2021), por lo que “es absurdo afirmar que permite mantener el orden de forma más humana, más bien permiten todo lo contrario: conducen a una mayor brutalidad” (p. 24).

Se trata, en definitiva, de una zona gris del ejercicio planificado de la violencia.

V. Múltiples grises

Las transiciones se caracterizan por el discurrir entre dos extremos más o menos imprecisos: cuando se ha dejado de ser lo que se era y cuando se estabiliza en algo nuevo. En el medio, una variedad de cuestiones pueden acontecer, cuya captación prospectiva es dificultosa debido a que carecemos de conceptos adecuados a la nueva realidad. Es por eso que no siempre que se menciona la zona gris se hace referencia al mismo fenómeno o a algo similar. Lo que recién presentamos es una forma de gris. Como acabamos de señalar, también estamos en un gris conceptual y teórico: hay amplio consenso de que la teoría de la guerra de Clausewitz ya no basta para entender la guerra, sino una forma particular de ella, que es la conflagración entre Estados (numéricamente más escueta), quedando fuera de su alcance la mayor parte de la gama de ejercicio de la violencia colectiva planificada.

Son grises también los hechos o procesos dañosos cuyo origen no se puede imputar por no ser evidente, pero que se puede sospechar por los beneficiarios ulteriores. Así, la propagación de eventos englobados en la denominación de primavera árabe (2010-2012) es, como mínimo, sospechosa. En particular, si se observa el devenir de los acontecimientos en Libia y Siria, cuyos Estados colapsaron; como años atrás había sucedido en Iraq y aún antes en Somalia. El contraste con la eficaz desactivación de la protesta en Bahréin arroja más sombra sobre la espontaneidad del movimiento. Todo esto no sugiere, tampoco, que haya sido una conspiración, sino más bien que, dadas ciertas condiciones sociopolíticas y la ocurrencia de algunos hechos, es altamente probable que hayan ocurrido intervenciones exógenas, como abiertamente sucedió en Libia y Siria, acentuando ciertas tendencias y morigerando otras, de modo de direccionar el proceso. La improbabilidad de determinar si existieron y el efecto que tuvieron, es simétrica a la imposibilidad de negarlas, considerando a los beneficiarios de la situación final. Es decir, estamos ante una situación gris.

No es que hayan desaparecido las guerras (si se quiere, convencionales) tal como queda de manifiesto en Ucrania, sino que han aparecido nuevas formas, extendiéndose práctica y conceptualmente.

Esta extensión queda comprendida en lo que se conoce como guerra híbrida, que es para Freedman (2019) el “uso de toda la panoplia de recursos militares disponibles, incluyendo el terrorismo, la insurgencia, la delincuencia y las operaciones convencionales, sin omitir la utilización exhaustiva de las operaciones de información” (p. 344). Lo característico es la etapa inicial, llamada revolución de colores, que refiere a cuando, mediante el uso de la información, se trata “de influir en las percepciones políticas mediante la tergiversación de los contenidos informativos” (p. 350). Justamente ese primer tramo, que puede ser autosuficiente, es la novedosa forma de expansión de la guerra. “En esencia, la guerra híbrida es el caos administrado” (Korybko, 2019, p. 52) que busca romper el bucle OODA (observar, orientarse, decidir, actuar), provocando estupefacción y parálisis.

Bastante antes, incluso, que tales zonas grises emergiesen, dos militares chinos, Qiao y Wang, previeron con mucha agudeza la desestructuración de la violencia (desestructuración que implica una reestructuración, aunque la consolidación de esta requiere algún tiempo, y más aún la elaboración de categorías que permitan aprehenderlo). Ellos plantearon el fin del monopolio militar de los grandes conflictos, agregando dos extensas y nuevas familias: la transmilitar —convencional más medidas no militares— y la no militar (Qiao y Wang, 2021). Más allá de la localización de cada característica, lo trascendente es la ruptura que implica concebir guerras no militares, oxímoron atendible dado que expresa el corsé idiomático, que no es más que la manifestación del desajuste teórico respecto de fenómenos que están cambiando aceleradamente, como lo es el de la violencia colectiva organizada.

La creciente autonomía de la zona gris resulta un epifenómeno, según lo intentamos mostrar, de un cambio sistémico en marcha; cambio que se expresa en el tercer término de “un triple trilema inesquivable, el que concierne a su legalidad/ilegalidad, alegalidad; legitimidad/ilegitimidad, deslegitimación; y moralidad/inmoralidad, amoralidad” (Aznar Fernández-Montesinos, 2024, p. 19), es decir, que se formula como una creciente a-legalidad, deslegitimación y amoralidad.

Hay, de manera visible, una creciente pérdida de legitimidad expresada en el hecho de que los

hitos más famosos del viejo régimen, como los diarios y los partidos políticos, han comenzado a desintegrarse […] en cámara lenta. Muchos rasgos que valorábamos del viejo mundo también están amenazados: por ejemplo, la democracia liberal y la estabilidad económica. (Gurri, 2023, p. 70)

Esta pérdida de legitimidad también se manifiesta en un cierto debilitamiento moral. La moral “es un conjunto de reglas definidas; es como un conjunto de moldes, de contornos definidos, en los cuales debemos verter nuestra acción” (Durkheim 1991, p. 34), que también flaquea en la medida en que decaen las certezas comunes, la pérdida de autoridad de los expertos, y la negación de la realidad promovida por la emergencia de un potente nihilismo que promueve un subjetivismo extremo (Todd, 2024). Sabemos que “cuando lo cierto requiere de adendas es que está empezando a dejar de serlo o, dicho de otra forma, los hechos no importan tanto como la potencia de sus reinterpretaciones” (Bernabé, 2018, p. 25), de modo que la amoralidad es el debilitamiento de las referencias comunes, lo constitutivo de la comunidad.

Finalmente, tenemos la alegalidad, que refiere a la expansión de situaciones que escapan a las regulaciones jurídicas (ni legales ni ilegales). Podemos hacer una lista ejemplificativa. Además de la ya señalada contabilidad creativa, los llamados paraísos fiscales, las empresas militares privadas, las prácticas de empresas dueñas de plataforma (Google, Microsoft, Meta, Apple y Amazon), que se caracterizan por innovar más rápido que lo que se las puede regular¹⁰. Pero por fuera de estas incipientes instituciones por ahora alegales hay prácticas que escapan a la legalidad sin infringirla formalmente: el lawfare es, sin duda, la experiencia más kafkiana, llegándose inclusive al extremo de que un juez planteara la aplicación de un derecho procesal creativo, o que se condene sin pruebas pero con la convicción de culpabilidad.

Estos huecos normativos (en la legalidad, la legitimidad y la moralidad) indican la inacabada adecuación social a la expansión espacial, algo que comienza a ser dramáticamente sensible en diferentes ámbitos respecto de la extensión del uso de la combinación de algoritmos que denominamos indebidamente como IA¹¹.

Ahora bien, este nuevo espacio abierto tampoco es la pura anomia. Se sabe que, hasta que el orden se institucionaliza, la violencia aflora en su forma más visible. Y, en esta situación transicional, la muerte de Hobbes (separación de paz y guerra) y de Descartes (pasión y razón, cuerpo y mente) abren un nuevo escenario en el que la violencia muta en sus patrones de actividad, tal como pareciera plasmarse en esta profusión de situaciones que denominamos grisáceas, quizás más en referencia a nuestras dificultades cognitivas que a ninguna pretendida naturaleza de los procesos. Sin dejar de existir fenómenos reconocibles, pareciera que se van configurando condiciones de posibilidad para la emergencia de otros, para los que nos debemos plantear formas desafiantes para poder reconocerlos.

Lo que esbozaré a continuación no es un análisis fáctico, sino una hipótesis de trabajo que, entiendo, puede ser de utilidad para indagaciones futuras. No intenta desplazar ninguna concepción actual, sino ampliar la capacidad de registro de esto que hoy, con un creciente grado de imprecisión, llamamos guerra.

VI. Salirnos de Clausewitz

Para Clausewitz la guerra tiene el modelo del duelo, no es sino un duelo en escala ampliada. Este es el corsé epistemológico a superar. El prusiano tenía frente a sí la disputa entre dos voluntades, dos soberanos, dos Estados. Suponía esto, por supuesto, un largo y complejo proceso ocurrido en Europa: el lento debilitamiento del feudalismo con la consecuente concentración del poder militar y administrativo, proceso que, de manera general, culminó con la Guerra de los Treinta Años y todo lo que se engloba bajo el rótulo de Revolución Militar (desde el siglo XVI). Los cambios consolidados no repercutieron de manera inmediata en las concepciones militares. Más allá de los cambios fácticos (la cuasi desaparición de los contratistas, el comienzo de la formación de los ejércitos permanentes, la introducción de la instrucción militar, entre otros)¹², el pensamiento militar en lo sustancial no tuvo cambios tan radicales como los que operaban en la realidad.

Clausewitz fue quien, observando las campañas napoleónicas, contra las que participó sin destacarse en el campo de batalla, comprendió la nueva dinámica, plasmando en su obra póstuma lo que hoy se considera como la teoría clásica de la guerra. Pero ahora pareciera estar operando más como un obstáculo epistemológico que como una herramienta que organiza el pensamiento para dar cuenta de la realidad.

La mayor dificultad que presenta hoy su teoría está en el modelo del duelo a escala ampliada, que anida en el núcleo de la definición de guerra. Su mirada está puesta en los sujetos combatientes, en las organizaciones estatales. En base a este núcleo organiza toda su teorización. De manera inadvertida queda establecido que nuestra mirada se oriente hacia los efectores: sin los mismos claramente definidos, no habría guerra. Para que tal fenómeno suceda es necesario que participen al menos dos contrincantes, preferentemente Estados. Aunque en las guerras civiles sólo uno de los participantes es una fuerza estatal, si no hay una fuerza estatal involucrada no se la caracteriza como guerra. Esto se refleja en que un estudioso de las guerras civiles, como Peter Waldmann (2007), toma de István Kende las cuatro condiciones que deben cumplirse para que un fenómeno pueda considerarse guerra: que sean conflictos violentos de masas; que impliquen al menos dos fuerzas combatientes, y de ellas al menos una sea estatal; que ambas tengan una organización centralizada, por mínimo que fuese; y que actúen de manera planificada, es decir, rigiéndose por alguna estrategia.

La rústica dialéctica aplicada por Clausewitz¹³ se basa en las entidades que se vinculan: los Estados que luchan, y no en la relación en sí. La guerra, fuera de las fuerzas estatales, es de difícil aprehensión teórica para el general prusiano —esto se corrobora con el inconsecuente tratamiento de la nación en armas, a la que reduce a mero auxiliar del ejército regular, incluso después de lo acontecido en España en 1814, cuando surgió el fenómeno y el concepto de guerrilla. No hay posibilidad, para Clausewitz, de una campaña victoriosa librada por fuerzas no profesionales—. No abandona la tradición aristotélica de pensar a la realidad compuesta por cosas, y esas cosas definidas por una esencia, son las que se vinculan entre sí.

Pero también se puede considerar, inversamente, que son las relaciones las que definen dinámicamente a las cosas¹⁴, al estilo de Norbert Elias, quien centra su mirada en los vínculos¹⁵. Siguiendo este enfoque, si nos centramos en la observación de las vinculaciones conflictivas y, en consecuencia, concebimos la guerra por sus efectos y no por sus efectores, el panorama nos cambia radicalmente.

Lo que Qiao y Wang anunciaban, la ampliación de lo bélico a lo transmilitar y lo no militar, se da en el marco de un ascenso de la violencia, por cuanto se desmadra de la organización de la misma lograda en la Modernidad, y porque, al igual que en otros períodos históricos, hoy los costos de la defensa son mayores a los del ataque, lo que incita a provocar el caos¹⁶.

Lo que estaba implícito en Clausewitz era que la guerra sólo podía ser ejercida por entidades con gran poder. En tal sentido no era erróneo, a inicios del siglo XXI —y en realidad desde bastante antes, ya que los Estados absolutistas fueron los que forjaron esa concentración de poder—, ubicar tal concentración en los Estados, en su mayoría en transición a convertirse en Estados nacionales¹⁷. El apogeo de estos últimos, en cuanto a poder, encontró su punto cenital en la Segunda Guerra Mundial, una guerra que marcó tanto el establecimiento de un nuevo umbral de destrucción por parte de las fuerzas estatales, con las bombas atómicas, como también la pérdida de exclusividad de éstas en las contiendas bélicas, con la irrupción (en ocasiones determinante) de fuerzas irregulares¹⁸.

VII. Creciente legitimidad de la violencia

Una marca distintiva del orden moderno es la restricción de legitimidad de la violencia, entendiendo por legitimidad aquello incuestionado e incuestionable. El crecimiento del poder estatal, expresado en su capacidad de ejercer violencia, era en detrimento de la capacidad de las personas de ejercer dicha violencia¹⁹. La cumbre de este movimiento la encontramos en la definición del Estado como “el Estado es aquella comunidad humana que en el interior de un determinado territorio —el concepto del territorio es esencial a la definición— reclama para sí (con éxito) el monopolio de la coacción física legítima.” (Weber, 1984, p. 1056).

En la actualidad las cosas han cambiado. Abundan los registros de una creciente pérdida del éxito en la pretensión estatal del monopolio de la violencia legítima. Desde la Segunda Guerra Mundial, y expandiéndose en al menos dos continentes, Asia y África, las fuerzas irregulares protagonizaron en muchos casos los procesos de descolonización. Se puede alegar que tales agrupamientos tenían la pretensión de instituir un Estado o tomar su control, lo que es cierto; pero ello no quita la impronta de origen.

No obstante, dicha tendencia se verifica en otras cuestiones, no necesariamente conexas con las anteriores ni entre sí. De manera relativamente inadvertida, aparecieron y fueron extendiéndose los guardias privados, constituyéndose en muchos casos en verdaderos cuerpos de policía privados²⁰. Desde la última década del siglo pasado, la aparición sostenida de compañías militares privadas, originadas en la convergencia de fenómenos surgidos del fin de la guerra fría: la abundancia de sistemas de armas disponibles tras la caída del bloque soviético, la disponibilidad de personal altamente entrenado que produjo la reducción de las Fuerzas Armadas de los países afectados directamente por la guerra fría (ex soviéticos y bloque occidental) y el ascenso de una ideología antiestatal, el neoliberalismo, que pregona la supremacía del mercado (Nievas, 2007). En el presente siglo, estas empresas actuaron en todos los conflictos armados a escala planetaria, contratados por Estados e instituciones, como la Cruz Roja Internacional.

Todo esto se da en el marco de un nuevo ciclo de la díada ataque – defensa, sobre lo que llama la atención Da Empoli (2025): hay momentos en la historia en que el ataque es más caro que la defensa, y por lo tanto la violencia tiende a apaciguarse, y momentos en que la tendencia es opuesta, y la violencia tiende a crecer. Menciona el desarrollo de la artillería en Europa, que estuvo en la base tanto de la tendencia a la centralización militar como de la perpetuación de conflictos, y que solo fue apaciguado cuando se introdujeron mejoras en los diseños de los muros que defendían las ciudades, en lo que se conoció como el trazado italiano, producto de las reformas introducidas por León Battista Alberti en el siglo XV (Parker, 1990). En esta alternancia periódica la ecuación cambió drásticamente a fin del siglo pasado: si la disuasión nuclear era prohibitiva en términos económicos para la mayoría de los Estados, el ataque a Manhattan mostró la eficacia de usar elementos no militares con baja inversión.

Hoy, un portaaviones que haya costado diez mil millones de dólares al gobierno norteamericano puede ser hundido por dos o tres misiles hipersónicos chinos de quince millones. A la inversa, para abatir un dron de doscientos dólares lanzado desde el sur del Líbano, Israel debe disparar cada vez un misil Patriot cuyo precio es de tres millones. Sin hablar de un ciberataque capaz de paralizar una nación entera, cuyo coste es prácticamente cero. (Da Empoli, 2025, p. 50)

Pero no se trata únicamente de costos. En todo caso, eso no es más que una condición de posibilidad. La violencia se legitima en tanto la guerra ya no es la continuación de la política por otros medios, sino una nueva forma de combate genérico, que en su ampliación incorpora una nueva figura de combatiente: el trol. Éste desarrolla una guerra de guerrillas deslegitimadora de las instituciones diseñadas en un mundo bidimensional, las que resultan precámbricas en los nuevos parámetros de existencia social, de cuatro dimensiones espaciales²¹.

Ante las crecientes cargas de frustraciones de la población, la violencia aparece como una opción legítima, sin importar su dirección ni su sentido. Con dispositivos apropiados para las nuevas guerrillas digitales al alcance de casi todo el mundo, la potencialidad disruptiva de la nueva situación es realmente elevada. En tales condiciones, cabría esperar que se activen mecanismos estatales para morigerar la situación.

VIII. La violencia creciente

Los Estados, al parecer, han perdido su oportunidad y hoy no tienen capacidad de imponer regulaciones. De modo que, el uso del arsenal queda librado al criterio de las empresas desarrolladoras y administradoras de las plataformas, cuya única finalidad es y ha sido la monetización.

La idea misma de un límite a la lógica de la fuerza, de las finanzas y de las criptomonedas, al desbocamiento de la IA y de las tecnologías vinculadas a ella, o al vuelco del orden internacional hacia la jungla, ha salido del ámbito de lo concebible. (Da Empoli, 2025, p. 81)

Y si la dinámica social la impone la búsqueda de ganancia, basta recordar a P. J. Dunning, quien en la Quarterly Review daba cuenta de lo que implica tal circunstancia²². La violencia es parte de la estructura del capital como tal, y la etapa más fluida y dinámica del mismo: la financiera, que emana violencia por fuera de las estructuras que le habían dado cauce bajo la forma estatal en los últimos siglos. La guerra no es una opción (Dardot et al., 2024), sino el desarrollo de determinadas condiciones objetivas.

Por eso, en tanto no es una instancia subjetiva, no es sorprendente que incluso la violencia de cuerpos estatales puede cobrar el carácter de violencia extraestatal. Eso ocurre cuando la misma se ejerce por fuera de regulaciones legítimas, de lo cual abundan ejemplos recientes, como la caza de migrantes en Estados Unidos de América, los sistemáticos apaleamientos a jubilados en Buenos Aires, o la ejecución de pescadores en las costas caribeñas por fuerzas estadounidenses. Pero, por fuera del uso de las fuerzas estatales, también hay milicias, no solo digitales, como se vio en el asalto al Capitolio (enero de 2021) y el intento de golpe en Brasilia (enero de 2023).

Hay que considerar, además, el efecto concurrente de los algoritmos que estructuran las redes sociales que están diseñados para maximizar las ventas. Estos perfilan, refinan y refuerzan la oferta de productos en función de las preferencias de cada persona. Pero la misma mecánica se aplica a todos los intereses de los usuarios: estéticos, políticos, de creencias, etc., creando así burbujas (grupos de afinidades) que replican las convicciones de cada grupo. Esto no solo refuerza las certezas propias, hasta tornarlas evidencias irrebatibles, sino que los priva de confrontar ideas diferentes, tornando a las mismas y a sus portadores en herejes²³. La apelación a lo autoevidente, es decir, a lo que no necesita interpretación, es un dispositivo político antirreflexivo. La demanda de transparencia expresa un desarme intelectual y político (Byung-Chul 2013; 2014). Esto tiene dos efectos potenciales: baja los niveles de tolerancia y, en consecuencia, incrementa los niveles de violencia.

La conjunción de ambos factores potencia la inestabilidad de la situación social, creando un ambiente propicio para que aflore la violencia en sus múltiples expresiones cotidianas (inorgánicas), que son potencialmente aprovechables para direccionarla.

IX. Un escenario posible

En las condiciones descriptas crecen las probabilidades de la aparición de efectos de guerra. ¿Cuáles son esos efectos? En líneas generales, dislocación de la economía, destrucción de la infraestructura, bajas humanas (medidas en términos de un incremento inusual en la tasa de mortalidad), vulneración de la soberanía, migraciones forzadas, violencia física más o menos generalizada sobre determinados grupos humanos, succión de recursos comunes en el conflicto (lo que tradicionalmente fue el esfuerzo de guerra, pero no en función de su finalidad, que era la producción de armamentos, sino visto como consecuencia). Cuando estos efectos se concentran contra la organización de una comunidad humana, sea el Estado nacional, una región o un grupo en particular, allí tendremos una situación de guerra, es decir, violencia en un nivel cercano al de la guerra tradicional²⁴.

Es posible no solo que no se visualice claramente a un enemigo (una de las situaciones grises ya señaladas), sino que no haya un enemigo definido. Bien podría tratarse de una sumatoria de actores oportunistas, que cada uno busca tomar algún beneficio²⁵. Dado que los ataques tienen muy bajo costo, no es necesario tener medios sofisticados ni asumir grandes riesgos. Los nuevos guerreros no militares: periodistas, especuladores, cibernautas, troles, pueden combinarse aleatoriamente, y generar oportunidades para la acción de actores más potentes, como pueden ser Estados, fondos de inversión o empresas transnacionales (aunque la distinción entre estos dos últimos puede ser dificultosa, del mismo modo que los intereses gubernamentales con algunos intereses privados). Al igual que las grandes coaliciones que a fines del siglo pasado actuaron contra Iraq, en que cada uno de ellos tenía motivos propios y distintos a los de los demás participantes, también puedo ocurrir una situación así en un futuro próximo, en la que cada participante actúe en función de las oportunidades que les brinda la dislocación de las estructuras y el relativo colapso de la normatividad diseñada por el sistema interestatal.

Aunque siempre fue relativamente débil, el sistema internacional ofrecía ciertos marcos referenciales sobre los límites de la acción interestatal. El puntapié inicial en su vulneración lo dio Rusia con la anexión de Crimea, como respuesta clara al golpe de Estado gris en Ucrania (2014)²⁶. Estados Unidos con Trump quiere imitarlo dando el zarpazo ante la decadente Unión Europea, tras sus incursiones en Nigeria (diciembre de 2025) y Venezuela (enero de 2026). Despeja toda duda sobre esta tendencia el genocidio a cielo abierto que Israel realiza sobre el pueblo palestino de Gaza, con la tolerancia (cuando no la anuencia) de los gobiernos del mundo. La progresión es clara: en poco más de una década los signos de descomposición del sistema internacional son cada vez más inocultables.

Además, en la guerra de la OTAN contra Rusia (en la que Ucrania es el proxy) hemos visto la destacada participación de las plataformas, filtrando información en conformidad con los intereses estatales, pero también actuando en función de sus intereses privados, como lo hizo Starlink en Ucrania, convirtiéndose en un actor en el conflicto que actúa con independencia relativa de los demás, atributo que otrora era excluyente de los Estados. Actualmente el poder de las empresas que proveen servicios de plataformas (Google, Apple, Microsoft, Meta, entre otros) es en muchos sentidos superior al de los Estados, con la excepción de China, Corea del Norte y, en alguna medida, de Rusia²⁷.

En la medida en que un país, región o grupo humano es sometido a una tensión combinada de diferentes naturalezas, pero que estresan sus estructuras hasta vulnerar su resiliencia, está bajo los efectos de guerra, independientemente de si tal situación se produce por uno o varios actores, con la existencia de un plan o sin él, de manera coordinada o sin coordinación.

X. Sintetizando

El cambio de fase del capitalismo implica también un cambio general del ordenamiento social. Llamamos contramodernidad a esta transición, neologismo al que recurrimos oportunamente dado que lo único que podemos verificar es el desmontaje de las regulaciones y parámetros impuestos por la Modernidad, sin que aparezca aún la fisonomía de un nuevo orden²⁸.

Son características de esta metamorfosis la ampliación espacial, la pérdida de centralidad del Estado como figura otrora excluyente de la organización y vinculación de las poblaciones humanas, el declive de la razón, el auge de las emociones, la pérdida creciente de la diferenciación guerra – paz, y el consecuente desmadre de la violencia. Esta se extiende en un continuum, modulándose en función de los requerimientos del capital más concentrado, operando en nodos espacio-temporales de manera fluctuante, concentrándose o disipándose²⁹.

Esta etapa del capitalismo requiere de mayores dosis de violencia global, pues la misma dimana de la propia lógica del capital. La producción de procesos irreversibles, al menos en la escala temporal humana, en pos de la ganancia, torna imprescindible el aplastamiento de toda resistencia.

Por ello, aunque las guerras en formatos tradicionales seguirán existiendo, la forma más generalizada ya es la modulación de una violencia escalar, cuya intensidad se gradúa con precisión para cada segmento social, temporal y espacial. Esos niveles de violencia pueden ser elevados, y tener efectos de guerra, es decir, devastar una comunidad, grupo social o país, de manera similar y aún peor que una guerra convencional, ya que la invisibilidad del ataque dificulta cualquier tipo de defensa. Estas son situaciones en las que es necesario determinar al monje por su acción y no por su hábito. Así, además de las guerras entre A y B, tradicionales, debemos estar dispuestos a admitir la posibilidad de que exista situación de guerra sobre A, sin necesidad de determinar un B.

En una situación de guerra no es extraño que las fuerzas de seguridad de un Estado se puedan comportar como fuerzas de ocupación —como el ataque en favelas del norte de Río de Janeiro de noviembre de 2025, provocando decenas de pobladores muertos—, que las leyes se puedan usar para quebrantar el orden legal (lawfare) —lo que parecieran ser contrasentidos, pero expresan la dislocación del ordenamiento en que operaban—, y que parte de la comunidad actúe contra sí misma en tanto comunidad, posibilitando el debilitamiento colectivo.

La intensidad y continuidad de los estímulos recibidos a través de dispositivos que permiten su personalización, hace que disminuya la actividad reflexiva —a la larga, también la capacidad—, lo que permite que esta metamorfosis genere escasa o casi nula resistencia y, como paso siguiente, en la medida que se consolidan burbujas, produzca el enrolamiento de una cantidad apreciable de sujetos en la contienda, sobre todo si hay direccionamiento en la acentuación de algunas tendencias y en la morigeración de otras³⁰. De modo que potencia sus efectos, permite y consolida la expansión social de la violencia. En la medida en que se expande, es decir, que está cuasi omnipresente, es más probable que se recombine en regiones tempo-espaciales de alta intensidad, produciendo efectos de guerra. No se puede afirmar que se trate de enemigos, en sentido tradicional, sino más bien que producen efectos de guerra, sin importar si tal cuestión fue propuesta o no —en general se trata de efectos no buscados por quienes diseñaron tales estímulos, quienes solo buscan maximizar ganancias—.

Debemos sensibilizar nuestra mirada para dar cuenta de esta reorganización de la violencia —que responde a un reacomodamiento del capitalismo—, para poder organizar conceptualmente estos mosaicos de grises y desentrañar el significado que vayan teniendo en cada circunstancia. Es la contribución que la sociedad demanda a los investigadores de nuestra generación.

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² La argumentación de esta cuestión se encuentra en el artículo “Hacia una nueva geopolítica”. La cuarta revolución espacial”, que, aunque publicado en 2021, fue escrito antes de la pandemia, lo que me privó de la experiencia generalizada de la cuarta dimensión espacial para gran parte de las actividades sociales. Las reuniones, de manera general, ya no implicaban re-unir los cuerpos de los participantes en un espacio tridimensional; simplemente se unen sus voces-imágenes (potencialmente serán avatares en un multiverso) en una cuarta dimensión, que trasciende los límites en los que se asentó nuestra experiencia como especie, genéricamente planos, hasta la irrupción de la tridimensionalidad a inicios del siglo pasado.

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³ Con notable anticipación, Marin (1996) veía ya a fines de los ’70, analizando la actuación de las fuerzas represivas clandestinas que actuaron previo al golpe de Estado de 1976, “que ello sería también el reflejo de la crisis del Estado nación como unidad territorial, social y política del capitalismo en su etapa actual de pasaje al intento de hegemonía del capital financiero en el sistema mundial capitalista” (p. 102).

“El capital, por su naturaleza, tiende a superar toda barrera espacial. Por consiguiente […] la anulación del espacio por el tiempo” (Marx, 1987.II, p. 13).

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“Hoy en día los efectivos de las fuerzas de paz y los agentes de la policía se van acercando. En todo el mundo, los guerreros de azul (policía y otros agentes) y los guerreros de verde (soldados, marines y otras fuerzas de mantenimiento de la paz) se encuentran teniendo que hacer frente a las mismas misiones. Cada vez más a menudo, la policía tiene que hacer frente a adversarios armados con fusiles de asalto y bombas. […] En Bosnia y Nueva York, en Iraq y Los Ángeles, en Afganistán y Littleton (Colorado), los agentes de policía se están pareciendo más a los militares en su equipo, estructura y tácticas, mientras que los militares se están pareciendo más a los agentes de policía en su equipo, misiones y tácticas” (Grossman y Christensen, 2014, p. 22). El fenómeno de confluencia ha sido estudiado por Bonavena y Millán (2022), y también por Jiménez y Turizo (2011).

Aunque el sintagma zona gris es de uso relativamente habitual en los últimos años, pueden consultarse sobre este concepto Hernández-García (2022); Gutiérrez de León (2022) y Jordán (2018), entre otros.

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Sobre esto puede consultarse Cantelmi (2012), en especial el cap. XXV.

En la Conferencia de Moscú sobre Seguridad Internacional de 2014 los generales Valery Gerasimov y Vladimir Zarudnitsky presentaron el concepto de enfoque adaptativo para las operaciones militares, en el que se incluían las revoluciones de colores. Un antecedente de la misma, ocurrido más o menos espontáneamente, fue la Revolución cantada de Estonia en 1988 (Kasekamp, 2016).

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Ya Francis Bacon mencionaba la necesidad de romper el yugo que las formas del lenguaje imponen al pensamiento, para poder tener una intelección real de los hechos ocultos tras las palabras (Lenk, 1982). Sin ir tan atrás en el tiempo, Elias (2002) señalaba que el “lenguaje firmemente estructurado de nuestros días dificulta la comprensión del proceso” (p. 309) y que las costumbres lingüísticas nos inducen a replicar formas que ya no dan cuenta de los nuevos fenómenos.

¹⁰ “Business Insider informó así sobre las declaraciones de Schmidt (ex director ejecutivo de Google): “Preguntado por las regulaciones impuestas por los Estados, Schmidt dijo que la tecnología se mueve a tal velocidad que los Gobiernos no deberían ni siquiera tratar de regularla, porque cambia con demasiada rapidez y cualquier problema que surja será resuelto por la propia tecnología. ‘Nos movemos mucho más rápido que ninguna Administración Pública’.” (Zuboff, 2021, pp. 147-148).

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¹¹ Según Kate Crawford (2022) “la IA no es artificial ni inteligente. Más bien existe de forma corpórea, como algo material, hecho de recursos naturales, combustible, mano de obra, infraestructuras, logística, historias y clasificaciones. […] De hecho, la IA como la conocemos depende por completo de un conjunto mucho más vasto de estructuras políticas y sociales. Y, debido al capital que se necesita para construir IA a gran escala y a las maneras de ver que optimiza, los sistemas de IA son, al fin y al cabo, diseñados para servir a intereses dominantes ya existentes. En ese sentido, la IA es un certificado de poder”. (p. 29)

¹² Un estudio muy circunstanciado de este proceso se encuentra en los capítulos 3 a 6 de McNeill (1989).

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¹³ “[…] en contraste con Hegel, la dialéctica de tesis y antítesis en los escritos teóricos de Clausewitz insiste en la resolución; intenta clarificar diferencias; no forma parte de la progresión necesaria que da expresión a, y mueve, un estado de infinita armonía.” (Paret, 1979, p. 121).

¹⁴ “Feuerbach resuelve la esencia religiosa en la esencia humana. Pero la esencia humana no es algo abstracto inherente a cada individuo. Es, en su realidad, el conjunto de las relaciones sociales.” (Parte de la tesis 6 sobre Feuerbach). (Marx y Engels, 1974, I, p. 9).

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¹⁵ “[…] el que las personas cambien al relacionarse con otras personas y mediante esta relación con otras personas, el que las personas estén constantemente formándose y transformándose en el seno de su relación con otras personas, precisamente esto es característico del fenómeno de entrelazamiento general.” (Elias, 1990, p. 41).

¹⁶ Los ciberataques tienen un costo ínfimo, tendiendo a nulo, mientras que su defensa insume muchos recursos. Lo mismo que atender una amenaza terrorista es muy oneroso, mientras que su eventual realización suele ser de costo muy bajo.

¹⁷ El proceso comenzó en Europa y América en dicho siglo, y en el siglo siguiente, en los procesos de descolonización, en Asia, Oceanía y África. Sobre Europa véase Bruun (2005); sobre América Garavaglia, Pro Ruis y Zimmermann (2012); sobre África y Asia, Losada (2018).

¹⁸ Sobre la acción de éstas en Europa y Asia, véase Gluckstein (2013).

¹⁹ “Pese a que los reportajes de nuestra prensa diaria sobre asesinatos, violaciones y violencia colectiva pueden sugerir lo contrario, las probabilidades de morir de muerte violenta a manos de algún otro civil han disminuido enormemente. […] Las tasas de homicidio en la Inglaterra del siglo XIII, por ejemplo, eran alrededor de 10 veces superiores a la de hoy, y posiblemente el doble de la de los siglos XVI y XVII. Las tasas de asesinato descendieron con particular rapidez desde el siglo XVII al XIX” (Tilly, 1993, pp. 110-111). “La principal ruptura se sitúa hacia 1650, cuando se instaura en toda la Europa traumatizada por interminables guerras una intensa devaluación de la visión de la sangre. A partir de ese momento, la «fábrica» occidental modifica los comportamientos individuales a menudo brutales, en especial entre los jóvenes, a través de un sistema de normas y reglas de educación que desprestigia los enfrentamientos armados, los códigos de venganza personal, la rudeza de las relaciones jerárquicas y la dureza de las relaciones entre los sexos o entre generaciones.” (Muchembled, 2010, p. 11).

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²⁰ Para el caso de nuestro país pueden verse numerosos trabajos de Federico Lorenc Valcarce sobre este fenómeno.

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²¹ Es en esta cuarta dimensión donde existe el troleo, que “es ciertamente una forma civil de guerra de guerrillas en la que quienes carecen de cualquier poder o estatus formalmente reconocidos emplean el poder que tienen, a saber: el sabotaje. Esto puede acabar en risas, pero en realidad no consigue nada que no sea subrayar la vulnerabilidad de los rituales y las instituciones sociales que son objeto de ese troleo.” (Davies, 2019, p. 286).

²² “El capital […] huye de la turbulencia y la refriega y es de condición tímida. Esto es muy cierto, pero no es toda la verdad. El capital experimenta horror por la ausencia de ganancia o por una ganancia muy pequeña, como la naturaleza siente horror por el vacío. Si la ganancia es adecuada, el capital se vuelve audaz. Un 10 % seguro, y se lo podrá emplear dondequiera; 20 %, y se pondrá impulsivo; 50 %, y llegará positivamente a la temeridad; por 100 %, pisoteará todas las leyes humanas; 300 % y no hay crimen que lo arredre, aunque corra el riesgo de que lo ahorquen. Cuando la turbulencia y la refriega producen ganancias, el capital alentará una y otra. Lo prueban el contrabando y la trata de esclavos.” Citado por Marx, 1990.I.3, pp. 950-951.

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²³ La deriva evidente es el peligro de totalitarismo: “Se ha observado frecuentemente que el terror puede dominar de forma absoluta sólo a hombres aislados y que, por eso, una de las preocupaciones primarias del comienzo de todos los gobiernos tiránicos consiste en lograr el aislamiento. El aislamiento puede ser el comienzo del terror; es ciertamente su más fértil terreno; y siempre su resultado. Este aislamiento es, como si dijéramos, pretotalitario” (Arendt, 2014, pp. 634-635). “El objeto ideal de la dominación totalitaria no es el nazi convencido o el comunista convencido, sino las personas para quienes ya no existen la distinción entre el hecho y la ficción (es decir, la realidad empírica) y la distinción entre lo verdadero y lo falso (es decir, las normas del pensamiento)” (p. 634).

²⁴ En tal sentido, aunque sólo cabe a alguien estólido, declarar que se intenta destruir un Estado es objetivamente una declaración de guerra.

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²⁵ No se trataría de algo nuevo en la historia. La alianza que conformó la fuerza de ataque de “Tormenta del Desierto” se sustentaba en la articulación de intereses particulares y disímiles; “[…] la mayor diferencia entre las guerras contemporáneas y las del pasado reside en que, en las contemporáneas, el objetivo manifiesto y el encubierto son, a menudo, dos cosas completamente diferentes.” (Qiao y Wang, 2021, p. 107).

²⁶ Un antecedente más lejano en el tiempo, y menos contundente en el contenido, es el ataque finisecular a Iraq. Aunque se apartaba de toda normativa internacional, enunciativamente mantenía la ficción de que se conservaría la autonomía de un territorio nacional tras el conflicto.

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²⁷ “[…] la versión rusa de la regulación de Internet se sitúa, como en muchos ámbitos, a medio camino entre las disposiciones adoptadas en Europa y las adoptadas por China.” (Todd, 2024, p. 32). La Unión Europea también impone regulaciones, pero actúa como un conglomerado de Estados, y no cada uno de ellos individualmente.

²⁸ Este término lo usamos por primera vez en Bonavena y Nievas (2014).

²⁹ A diferencia de las estructuras, que son moldes, las modulaciones son “como un molde autodeformante que cambiaría continuamente, de un momento al otro, o como un tamiz cuya malla cambiaría de un punto al otro” (Deleuze, 2005, p. 116).

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³⁰ La paradoja (aparente) de las redes sociales es que las mismas debilitan la sociabilidad de los involucrados, tendiendo al aislamiento de los mismos, generando dependencia de los dispositivos que tienen respuesta inmediata para las solicitudes de los usuarios, lo que genera ansiedad y debilita la reflexividad, lo que facilita la conformación y solidificación de burbujas que pueden trocar fácil y rápidamente en hermandades (con fuerte componente afectivo), cuyo paso a la acción es extremadamente sencillo.

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