Mutaciones de una práctica. La guerra y el origen de lo estatal en el Antiguo Egipto
Mutations of a practice. Warfare and state origins in Ancient Egypt
Marcelo Campagno ¹
Recibido: 17/02/2026
Aceptado: 28/03/2026
Resumen
Este artículo analiza las mutaciones de la práctica bélica en relación con el proceso de surgimiento del Estado en el valle del Nilo entre el IV y comienzos del III milenio a.C. Se propone que la guerra, definida como un acto de fuerza para imponer la voluntad al adversario, puede variar sensiblemente y reconfigurarse en función de las lógicas sociales dominantes en cada contexto histórico. En el escenario pre-estatal, regido por la lógica del parentesco, diversos tipos de evidencia sugieren la recurrencia de conflictos bélicos, en los que la hostilidad hacia los no-parientes operaría como un modo de reforzar la propia identidad de las comunidades aldeanas. En ese contexto, puede advertirse — principalmente a través de la iconografía— cierta asociación entre figuras de liderazgo, ritual y guerra.
El advenimiento de la lógica estatal introduciría en ese escenario una mutación cualitativa: la práctica bélica sería confiscada a las comunidades y monopolizada por una minoría, transformándose en un asunto de Estado. Esta reestructuración implicaría no solo un notable salto de escala en la práctica de la guerra sino también la aparición de jerarquías militares y cadenas de mando, diversas construcciones con finalidades militares —como fortificaciones y centros de abastecimiento y logística— y la orientación de la violencia militar hacia el combate contra las poblaciones vecinas no-egipcias y la extracción de recursos periféricos. Si bien persistirá la conexión entre el liderazgo sagrado y la violencia guerrera, la práctica bélica dejará de ser un instrumento de autonomía comunal para convertirse en una herramienta al servicio de las demandas tanto materiales (bienes de prestigio) como simbólicas (la preservación del orden frente al caos) de la nueva élite estatal.
Palabras clave: Origen del Estado / Antiguo Egipto / Guerra / Lógica del parentesco / Iconografía
Abstract
This article analyzes the mutations of warfare practice linked to the emergence of the state in the Nile Valley between the 4th and early-3rd millennia BC. It argues that war, defined as an act of force to impose one’s will on an adversary, can vary significantly and be reconfigured according to the dominant social logics of each historical context. In the pre-state setting, governed by the logic of kinship, different types of evidence suggest the recurrence of armed conflicts in which hostility toward non-kin served as a means of reinforcing the identity of village communities. In this context, a connection between leadership figures, ritual, and warfare is apparent—principally via the iconographic record.
The advent of the state logic introduced a qualitative mutation: warfare practices were confiscated from the communities and monopolized by a minority, transforming into an affair of State. This restructuring implied not only a notable leap in the scale of warfare but also the emergence of military hierarchies and chains of command, various structures with military purposes—such as fortifications and logistics and supply centers—and the orientation of military violence toward combat against non-Egyptian neighboring populations and the extraction of peripheral resources. While the connection between sacred leadership and warrior violence persisted, warfare ceased to be an instrument of communal autonomy and became a tool serving the demands, both material (prestige goods) and symbolic (the preservation of order over chaos), of the new state elite.
Keywords: State Origins / Ancient Egypt / Warfare / Kinship logic / Iconography
I. Introducción: De la guerra
Un asunto de relevancia a la hora de considerar procesos históricos de cambio social cualitativo es el de determinar qué sucede en el plano de las prácticas involucradas en esas dinámicas de transformación. Por regla general, un cambio social profundo puede implicar prácticas que cesan de existir y otras nuevas que emergen, pero también prácticas que preexisten y se reconfiguran en el nuevo ordenamiento social. Para analizar estas últimas, es preciso establecer una definición general lo suficientemente amplia, de modo que sus propiedades se verifiquen en diversos contextos históricos, para luego poder determinar las características particulares de esas prácticas en cada contexto específico.
La práctica de la guerra sin duda proporciona un buen ejemplo de ello. En De la guerra, Carl von Clausewitz (1992) la define en su modo más básico como “un acto de fuerza que se lleva a cabo para obligar al adversario a acatar nuestra voluntad” (p. 31), lo que puede verificarse en múltiples escenarios históricos. Distingue luego entre el propósito específicamente militar de desarmar al enemigo y los objetivos de la guerra, que proceden del ámbito político e implican que la práctica bélica es un medio para una finalidad política. La cuestión es importante porque, entonces, podría decirse que la guerra, entendida a partir de la definición general, puede variar en función de su articulación con la esfera política, lo que implica que es una y múltiple. Extendiendo esta línea argumental, en otra parte he propuesto que
la guerra en tanto práctica es sólo la que instaura una polaridad en la que cada grupo antagonista busca imponerse violentamente al otro, mientras que su existencia específica —aquella de la que se derivan sus objetivos concretos, pero también su forma y sus efectos concretos— puede variar, en función de las lógicas sociales que organizan los contextos históricos en los que la práctica bélica se inserta. (Campagno, 2021b, p. 270)
El valle del Nilo, en el lapso que abarca el IV y parte del III milenio a.C., constituye un escenario propicio para analizar esta cuestión. En efecto, por un lado, más allá de las limitaciones propias de la preservación de testimonios de tiempos tan lejanos, existe suficiente evidencia acerca de la existencia de conflictos armados a lo largo de esa época. Y por otro lado, ese marco temporal corresponde a un proceso de profundo cambio social: son los tiempos del surgimiento del Estado egipcio² . ¿Qué sucede con la práctica de la guerra en el marco de semejante transformación? En lo que sigue, interesa analizar la evidencia disponible, en busca de detectar continuidades y novedades en el despliegue del fenómeno bélico, lo que a su vez permitirá precisar aspectos significativos del proceso de transformaciones inherente al advenimiento de la lógica estatal en el valle del Nilo.
II. Síntesis histórica
Ante todo, conviene caracterizar brevemente el escenario histórico. Hacia comienzos del IV milenio a.C. (fase Nagada I-IIB, c. 3900-3600 a.C.), la situación general en el valle del Nilo parece ser la de una pluralidad de comunidades aldeanas con presencia despareja pero extendida a lo largo del valle y el delta del Nilo. Los indicios para esa época, mayormente mortuorios, permiten notar un tipo de sociedades basado en la agricultura y la ganadería, la caza, la pesca y la recolección de especies silvestres, y, al menos en algunas de esas comunidades, con la presencia de élites locales, cuyos ajuares funerarios exhiben mayor diversidad, cantidad o calidad de bienes, lo que implica además cierto despliegue de algunas actividades artesanales (Midant-Reynes, 2000; 2003; Wengrow, 2006; Wenke, 2009; Köhler, 2023 [2010]). La procedencia de algunos de esos objetos permite suponer ciertas formas de circulación interregional, posiblemente esporádicas, de las que participarían las comunidades locales. Otros indicios (que consideramos más abajo) también apuntan a la existencia de conflictos entre tales comunidades. Por su parte, diversas escenas iconográficas sugieren la existencia de personajes destacados, probables líderes comunales, en asociación con la guerra, la caza y el ritual (Hendrickx y Eyckerman, 2012; Campagno y Gayubas, 2015; Maydana, 2017). La distribución de enterramientos en algunos cementerios, delimitando distintos subgrupos de tumbas, sugiere criterios de organización del espacio funerario compatibles con el dominio de la lógica del parentesco a nivel general (Campagno, 2002; 2018)³.
decisivos cambios sociales (Köhler, 2023; Stevenson, 2023). Particularmente, en el sitio de Hieracómpolis se aprecia la existencia de un proceso de concentración poblacional, que dará marco a dinámicas de especialización laboral (con la aparición de instalaciones para diversos tipos de producción) y de mayor diferenciación social (con la aparición de cementerios de élite segregados del resto de la comunidad) (Friedman, 2005; 2008; 2009; Moeller, 2016). El sitio de Nagada, menos documentado, parece transitar contemporáneamente por similares transformaciones (Hassan et al., 2017), que en menor medida pueden advertirse también en otros núcleos regionales, tanto en el delta (por ejemplo, Buto: von der Way, 1992) como en la Baja Nubia (Qustul: Williams, 1986). Un proceso de cambio equivalente al de Hieracómpolis se registra algo después en el núcleo de Tell el-Farkha, en el delta del Nilo, lo que indica que las variaciones que suceden en algunos sitios repercuten luego en cambios relativamente similares en otros centros (Ciałowicz, 2017). Se trata de dinámicas que, sumadas a los testimonios de conflictos y de circulación de ítems exóticos, parecen sugerir el advenimiento de élites con una capacidad nueva para prevalecer dentro de sus comunidades como quizás también en su hinterland y para demandar y consumir mayores volúmenes de bienes de prestigio. Esa situación puede ser señalada como el comienzo de una lógica social diferente: la lógica estatal.
A posteriori, durante los últimos siglos del IV milenio a.C. (fase Nagada IIIA-B, c. 3350-3050 a.C.), se asiste al fortalecimiento de las capacidades de esas élites, como se advierte en la tumba U-j del Cementerio U de Abidos, la cual no solo destaca por constituir la tumba más grande y compleja de la época sino también por concentrar centenares de cuencos importados de Palestina y los primeros testimonios de escritura egipcia, todo lo cual apunta a nuevos niveles de organización y de administración estatal (Dreyer, 1998; Hartung, 2001). Los principales núcleos del Alto Egipto (Hieracómpolis, Nagada, Abidos) parecen llevar los conflictos a una escala mayor, lo que podría haber desembocado primeramente en la unificación política de esa región, y posteriormente, en una tendencia expansiva que implicaría, en tiempos de Narmer (primer rey de la Dinastía I), la unidad política de todo el valle desde la Primera Catarata hasta el delta del Nilo (Savage, 2001; Hendrickx y Friedman, 2003; Campagno, 2021a). A partir de entonces, los primeros siglos del III milenio a.C. (período Dinástico Temprano, fase Nagada IIIC-D, c. 3050-2700 a.C.) serán el tiempo de la consolidación de la lógica estatal, con los reyes de las Dinastías I y II, que tendrán la capacidad para llevar a cabo grandes construcciones y de organizar expediciones hacia las periferias, todo lo cual será profundizado luego durante los reinados de los poderosos monarcas del Reino Antiguo (Wilkinson, 1999; Bard, 2000; Campagno, 2002).
III. La guerra pre-estatal
En este escenario cambiante, ¿qué evidencia existe acerca de la práctica de la guerra? Los testimonios de violencia bélica en el valle del Nilo grosso modo anteriores a mediados del IV milenio a.C. son ciertamente escasos, pero nos proporcionan una imagen que, de conjunto, afirma que ha habido conflictos en aquella región desde tiempos muy tempranos. Es verdad que la investigación de estas épocas remotas se enfrenta no solo a la escasez general de evidencias de cualquier tipo sino al carácter frecuentemente ambiguo de los potenciales testimonios de guerra. Por ejemplo, la evidencia osteológica para el período Predinástico señala la presencia de lesiones craneales, con fracturas provocadas posiblemente por el impacto de objetos contundentes como mazas o hachas, en cementerios de algunos sitios predinásticos (Hieracómpolis, Abidos, Naga ed-Dêr, el-Amrah) así como fracturas “defensivas” de antebrazos, como posible resultado de cubrir el rostro ante un intento de golpe (Mostagedda, Maadi, Adaïma), pero no es posible reconstruir los contextos, de modo que esos testimonios de indudable violencia podrían haberse ocasionado en combates pero también en cualquier otro escenario de agresión interpersonal (Gilbert, 2004; Gayubas, 2014). En cambio, la evidencia del muy antiguo cementerio de Gebel Sahaba en Nubia (c. 12.000-10.000 a.C.), en el que más del 40% de los cuerpos aparecen en asociación directa con puntas de flecha (en ocasiones incrustadas en los huesos) resulta más sólida como testimonio de una acción de violencia colectiva asociable a la guerra (Wendorf, 1968; Hoffman, 1979; Crevecoeur et al., 2021). Si bien constituye un conjunto aislado y muy temprano, proyecta cierta luz sobre la posibilidad de enfrentamientos grupales en tiempos predinásticos.
Los indicadores de lo que podemos llamar tecnología bélica presentan similares ambigüedades. La existencia de ciertas estrategias defensivas ha sido inferida de una maqueta hallada en Abadiya (Payne, 1993), que parece presentar un muro sobre el que se asoman dos individuos, presumibles centinelas, y también de los restos de un muro en la localidad de Nagada (South Town), de 2 m de espesor, que podría tener una finalidad asociada al resguardo (Trigger, 1985; Bard, 1994). Pero ninguno de los dos testimonios es concluyente, y podría tratarse de paredes no necesariamente relacionadas con un propósito defensivo. En cambio, el armamento hallado en múltiples contextos funerarios es más indicativo de prácticas violentas (Gilbert, 2004; Gayubas, 2017). Es cierto que varios de estos testimonios (flechas, lanzas, hachas, cuchillos) pudieron ser empleados como armas de guerra, pero también como armas de caza o para diversos trabajos (Gilbert los llama “armas-herramientas”). Sin embargo, para las mazas, tanto discoidales como periformes, su uso principal, en tanto instrumento para golpear, se asocia particularmente a la guerra (posteriormente también se integrará al ámbito ritual, pero precisamente como símbolo del líder y de su capacidad para ejercer la violencia guerrera, cf. Ciałowicz, 1987).
En cuanto a la iconografía, presenta ya desde comienzos del IV milenio a.C. ciertas escenas que orbitan en torno de la práctica bélica. El vaso de la tumba U-239 de Abidos (Nagada IC; cf. Fig. 1) presenta un personaje destacado por su tamaño y atavíos (tocado de plumas, cola de toro o león), que empuña una maza con una mano y con la otra sostiene a personajes de menor tamaño, presumible representación pre-canónica de la escena del ritual de la masacre del enemigo por el rey (Dreyer et al., 1998; acerca del motivo, cf. Hall 1986; Köhler 2002)⁴. El testimonio es muy significativo porque implica una muy temprana asociación entre liderazgo, ritual y violencia guerrera, requerida tanto para la captura de la víctima como para su posterior ejecución. Posteriormente, en los umbrales del proceso de cambio que conduce al advenimiento de lo estatal, la tumba 100 de Hieracómpolis (Nagada IIC; cf. Fig. 2) dispone de una pintura mural donde no sólo aparece esa misma escena en un formato ya similar al que tendrá en el futuro sino también la descripción de escenas de combate cuerpo a cuerpo, con personajes que blanden objetos similares a lanzas o varas y a escudos protectores (Quibell y Green, 1902; Midant-Reynes, 2003, Bestock, 2018; Shaw, 2019). Si bien la iconografía no puede ser interpretada al pie de la letra o, como se ha hecho frecuentemente en el pasado, como si se tratara de representaciones conmemorativas de hechos puntuales, hay que considerar que el imaginario de los artesanos al momento de la elaboración de tales escenas debió nutrirse de ideas que tenían que guardar alguna relación con lo existente en ese mundo. Dicho de otro modo: es difícil pensar que una sociedad que no conociera la violencia guerrera en absoluto pudiera producir imágenes que aludieran explícitamente a ella.
¹ Doctor en Historia. CONICET-Universidad de Buenos Aires. Email: mcampagno@gmail.com. ORCID: https://orcid.org/0000-0002-9281-4882
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pp. 11 - 32
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² La cuestión del surgimiento del Estado egipcio ha sido tratada in extenso en Campagno (2002). La incidencia específica de la guerra en tal proceso ha sido considerada en Campagno (2004); Campagno y Gayubas (2015). Para un corpus completo de las fuentes tratadas en este trabajo, cf. Gayubas (2017).
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³ Defino “lógica social” como la acción y el efecto de organización social producido por ciertas prácticas cuyos principios prevalecen sobre el resto de las prácticas que componen una situación histórica. En cierto modo, la noción se aproxima al concepto de habitus de Bourdieu en tanto “sistemas de disposiciones duraderas y transferibles, estructuras estructuradas predispuestas a funcionar como estructuras estructurantes, es decir, como principios generadores y organizadores de prácticas y de representaciones que pueden estar objetivamente adaptadas a su fin sin suponer la búsqueda consciente de fines ni el dominio expreso de las operaciones necesarias para alcanzarlos” (Bourdieu, 2007 [1980], p. 86). No obstante, mi noción de lógica social intenta evitar el énfasis en la estructura para ponerlo en las prácticas mismas. El concepto de lógica social no implica que la práctica dominante sea lo único que existe en la situación histórica sino que es la que aporta el “código común” que permite la articulación de todas las prácticas sociales. Así, la lógica del parentesco implica que lo que prevalece en la organización social es una “mutualidad del ser” (Sahlins, 2011, pp. 2-3) que se define sobre la base de principios de reciprocidad. El surgimiento del Estado implica el advenimiento de una lógica social marcadamente diferente, basada en un principio de división social (sensu Clastres, 1981 [1980], p. 214) que define un polo que ejerce el monopolio de la coerción legítima y otro polo que se encuentra sometido al primero.
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⁴ Otras decoraciones sobre cerámica y grabados rupestres representan asociaciones equivalentes entre personajes que también se destacan por su armamento, atavíos y mayor tamaño en interacción con otros de menor tamaño, en ocasiones atados con sogas. También se destacan escenas protagonizadas por líderes cazadores. Si bien de finales del IV milenio a.C., la Paleta de la Caza (cf. Fig. 3), que describe dos filas de cazadores con tocados de plumas, equipados con arcos y flechas, mazas, lanzas, bumeranes, lazos, quizás ofrece una imagen aproximada de las expediciones armadas en el Predinástico, cualquiera fuera su objetivo específico. Al respecto, cf. Hendrickx y Eyckerman, 2002; Maydana, 2017; Bestock, 2018.
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Fig. 1: Decoración de un vaso de la Tumba U-239 (Cementerio U, Abidos) (Dreyer et al. 1998, Abb. 13, p. 114).
Fig. 2: Decoración mural de las Tumba 100 de Hieracómpolis (con detalles destacados) (Cervelló Autuori, 1996, Fig. 29, p. 303).
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Fig. 3: Paleta de los Cazadores (Hendrickx y Eyckerman, 2012, Fig. 29a, p. 61).
Así, si bien todos los indicadores de guerra en el valle del Nilo pre-estatal tienen alguna fragilidad, es su convergencia, y en particular la asociación entre escenas de combate y armas representadas iconográficamente y conocidas arqueológicamente, la que permite afirmar la existencia de conflictos bélicos en aquella remota época. En cuanto a los motivos de tales conflictos, se trata también de un problema espinoso, habida cuenta de que nada en la evidencia disponible habla de ellos. Es posible descartar razones vinculadas a la presión demográfica y a la necesidad de tierras cultivables, dada su amplia disponibilidad y la relativamente escasa población del valle durante estas épocas. Tampoco parecen relacionarse con grupos basados en estrategias económicas diferentes (por ejemplo, pastores y agricultores), tomando en cuenta la integración de esas estrategias en los tiempos subsiguientes (discusión en Campagno, 2002; 2004). El registro etnográfico proporciona aquí una clave de lectura de singular importancia. En las sociedades no estatales, es posible reconocer la existencia de un estado de hostilidad (Meggitt, 1977; cf. Campagno y Gayubas, 2015) con el mundo exterior de cada comunidad, en la medida en que la negatividad con que se lo interpreta fortalece los criterios identitarios que dan cohesión a cada grupo (Clastres, 1981 [1980]) y que se estructuran en torno de la lógica del parentesco (Campagno, 2018). En ese tipo de contextos sociales, aquellos que se encuentran por fuera de la propia trama social, son por definición no-parientes, extraños, individuos respecto de los cuales no rigen los criterios positivos de la membresía comunal sino los negativos que se derivan de carecer de ella. En este sentido, más allá de que se concrete o no, la guerra está siempre latente y basta un motivo puntual —una acusación de maleficio, el ingreso circunstancial de un individuo o grupo extranjero en un territorio considerado propio— para que pueda desencadenarse un conflicto real (Gayubas, 2014). Si se agrega a esto el hecho de que, en el IV milenio a.C. el valle del Nilo podría haber registrado niveles de población algo mayores como resultado del tendencial proceso de aridificación regional, podría haber habido mayores posibilidades de contactos entre diferentes grupos extendidos a lo largo de las tierras cercanas al río, de lo que podrían haberse derivado mayores ocasiones para conflictos intercomunitarios (Campagno, 2024).
IV. La guerra estatal
Ahora bien, ¿qué pasa con la guerra en el valle del Nilo cuando, a partir de mediados del IV milenio a.C., comienza a tener el lugar el proceso de reconfiguración social que implica el advenimiento de la lógica estatal? Los indicios de su presencia en el nuevo escenario social que se va construyendo en el valle del Nilo no solo continúan, sino que recrudecen. Sin embargo, en las nuevas condiciones y en consonancia con ellas, la práctica de la guerra será muy diferente a la conocida en los antiguos contextos aldeanos y se transformará en un asunto de Estado ¿Qué es lo que cambia? Veamos esta cuestión en detalle.
Si consideramos la cuestión de la tecnología bélica, es decir, los elementos materiales a partir de los cuales se practica la guerra, hay un aspecto, referido al armamento disponible, que no varía sustancialmente respecto del conocido para épocas anteriores: mazas, lanzas, arcos y flechas, hachas, cuchillos, son conocidos tanto arqueológicamente como a través de las escenas iconográficas de los últimos siglos del IV milenio a.C. y los primeros siglos del III milenio a.C. en las que se describen individuos haciendo uso de ellos (Gilbert, 2004; Hamblin, 2006; Shaw, 2019; Gayubas, 2021)⁵. También los materiales con los que esas armas son elaboradas son predominantemente los mismos (piedra, madera), con la excepción del uso creciente del cobre, el cual se extiende a medida que el Estado egipcio gana mayor acceso a las fuentes para su extracción, particularmente en la península del Sinaí (Hamblin, 2006; Tallet y Laisney, 2012; Czarnowicz, 2021). Por ello, en líneas generales, es posible afirmar, como lo ha definido William Hamblin, que, en materia de armamento, el egipcio era un “Estado militarmente neolítico” (Hamblin, 2006, p. 325).
Sin embargo, la tecnología bélica no se limita exclusivamente al armamento y hay una serie de notorias novedades en referencia a las construcciones con finalidades militares. Por una parte, los comienzos de la expansión estatal coinciden con las primeras referencias inequívocas a la presencia de sitios amurallados. La existencia de posibles muros defensivos, como se ha visto, podría haber precedido a la expansión del Estado egipcio; sin embargo, a partir de las representaciones de finales del IV milenio a.C. es posible notar un énfasis iconográfico en la destrucción de murallas enemigas, por ejemplo en la paleta de las Ciudades (Kemp, 1992 [1989]; cf. Fig. 5), la de los Toros (Schulman, 1991/92; cf. Fig. 6) y la de Narmer (Kemp, 1992 [1989]; cf. Fig. 7), así como en otros documentos de la Dinastía I (p. ej., Petrie, 1900, pl. XV.16), incluyendo azadas como instrumentos para el derribo de los muros. Ese énfasis puede ser puesto en relación con el inicio anterior de ese tipo de construcciones en la región de Palestina meridional –en particular, en el sitio de Tel Erani–, con la que los egipcios estaban en contacto desde tiempos precedentes (Campagno y Milevski, 2024). Poco después, con la estabilización territorial que se define hacia el comienzo de la Dinastía I, aparecen los primeros testimonios de amurallamientos egipcios en los núcleos de Tell es-Sakan, en el extremo sur de Palestina (Miroschedji y Sadek, 2000; Miroschedji et al., 2001; Moeller, 2016), y de Elefantina, en la primera catarata del Nilo (Kaiser et al., 1993; Ziermann, 2003; Moeller, 2016), ambos en tiempos de la Dinastía I⁶. La construcción de murallas en los sitios que marcaban los extremos opuestos de la expansión territorial del Estado egipcio a comienzos del III milenio a.C. implica una novedad que ha de ser interpretada, a la vez, desde un punto de vista militar —la fortificación de esos sitios de frontera los convertía en núcleos defensivos y en bases para potenciales incursiones hacia el exterior— e ideológico— en la medida en que la modificación del espacio que implica la erección de murallas produce una demarcación simbólica entre el adentro estatal y el afuera no-egipcio.
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⁵ Por ejemplo, el mango de cuchillo de Gebel el-Arak (cf. Fig. 4) presenta una decoración en la que destacan luchas entre personajes provistos de armas de golpe (mazas, bastones), así como un individuo descripto como prisionero y otros que yacen a la manera de caídos en combate (Bénédite, 1916; Bestock, 2018; Shaw, 2019). Para otras escenas de violencia en la iconografía de finales del período Predinástico y del Dinástico Temprano, cf. Gilbert, 2004; Bestock, 2018.
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Fig. 4: Mango de cuchillo de Gebel el-Arak (Cervelló Autuori, 1996, Fig. 30, p. 304).
⁶ A estas evidencias arqueológicas hay que agregar la información que procede de una inscripción rupestre en el wadi ‘Ameyra, que contiene el nombre ineb hedj, el “muro blanco”, quizás la más temprana referencia textual a la ciudad de Menfis (Tallet, 2012). No deja de ser sugestivo el hecho de que, como si se tratara de anillos concéntricos, las murallas se dispusieran en el perímetro de la ciudad que es asiento del rey y al mismo tiempo en los límites del territorio que el monarca controla.
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Fig. 5: Paleta de las Ciudades (Kemp, 1992 [1989], Fig. 16, p. 64).
Por otra parte, entre las construcciones estatales con finalidades militares hay que incluir también la creación de facilidades posiblemente relacionadas con la logística dentro del propio territorio estatal. Para afrontar el desafío material que implicaba la organización de expediciones hacia las cada vez más distantes regiones allende las fronteras egipcias, el Estado parece haberse servido principalmente de un tipo de centros rurales denominados hut, documentados desde la Dinastía I, los cuales, al menos desde la Dinastía III, “controlaban campos y aldeas, formaban una red extendida por todo el país, y cumplían funciones de depósito y de centro de abastecimiento para los correos, funcionarios de la corona o expediciones que estuvieran de paso” (Moreno García, 2004, p. 102; Wilkinson, 1999; Moreno García, 2010; 2013; Gayubas, 2021). El signo jeroglífico de hut parece aludir a una torre de vigilancia, lo que implica cierta disposición de control y defensa, que también se infiere para las representaciones de las llamadas torres sunu, conocidas desde finales de la Dinastía I y distribuidas posteriormente tanto en el territorio controlado como en las áreas de frontera (Moreno García, 2004, 2010; Monnier, 2013). Al igual que con los sitios amurallados, este tipo de construcciones no solo ha de ser considerado por su función práctica sino también por el efecto simbólico de una reconfiguración del espacio que implica “la imposición de un orden sobre la naturaleza” (Kemp, 1992, p. 175).
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Fig. 6: Paleta de los Toros (Schulman, 1991/92, Pl. 8, p. 102).
Fig. 7: Paleta de Narmer (Kemp, 1992 [1989], Fig. 12, p. 54).
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Ahora bien, los cambios cualitativos derivados de las nuevas condiciones que instala la lógica estatal no se circunscriben exclusivamente a modificaciones materiales. Hay uno de ellos que comienza a apreciarse en el III milenio a.C., debido a la disponibilidad de fuentes escritas, pero que seguramente debió comenzar a tener lugar con antelación: el de la organización de fuerzas militares de escala supracomunitaria, articuladas a partir de un sistema en el que las decisiones tomadas por una autoridad militar serían transmitidas a través de una cadena de mando hacia posiciones subordinadas que debían ejecutarlas. En este sentido, la aparición de funcionarios militares, que intermedian en la ejecución de órdenes es, ciertamente, una novedad estatal: difícilmente se requiriera algo similar en el ejercicio de la guerra a nivel comunal, en donde el contacto entre el líder y sus guerreros seguramente sería directo. Entre las primeras menciones de cargos en el dispositivo estatal con connotaciones militares se registra el del adj-mer zemit, “administrador del desierto” y el herep zemit, “inspector del desierto”, conocidos desde la Dinastía I, que parecen asociarse a las zonas fronterizas, así como los del imy-r haset, “supervisor de la tierra extranjera” y el adj-mer haset, “administrador de la tierra extranjera”, mencionados desde las Dinastías II y III respectivamente, que aluden más explícitamente a cierto control de regiones más allá del Nilo (Wilkinson, 1999, p. 143, 167; Engel, 2013, p. 33; Gayubas, 2021, p. 108-109). Otros títulos de funcionarios permiten pensar también en cuestiones de organización y control asociables a la dimensión militar, tales como el hetemu uheret, “portador del sello del astillero” (Dinastía II), relacionable a infraestructura naval, o el imy-r per-ahau, “supervisor de la casa de las armas” (Dinastía IV, aunque hay referencias a la institución desde la Dinastía III) (Emery, 1961, p. 103; Chevereau, 1987, pp. 40-43; Odler, 2023, p. 420).
De particular importancia para la cuestión del funcionariado militar, para la Dinastía III se registra la primera mención del imy-r mesha, “supervisor de tropas”, un cargo que posteriormente tendrá un sentido asociado a alta jerarquía militar, aunque el término “tropa” (mesha) abarca contingentes que podían ser destinados no solo a la guerra sino también a expediciones con finalidades extractivas o a tareas de construcción (Faulkner, 1953, pp. 33-34; Wilkinson, 1999, pp. 166-167; Moreno García, 2004, p. 241). El reclutamiento de esas tropas, cuyos mecanismos desconocemos, probablemente implicara algún sistema de leva de campesinos, con la posible mediación de los líderes locales, como parece suceder durante el Reino Antiguo (Moreno García, 2010). Lo novedoso, en todo caso, es que la escala estatal de la guerra requeriría una reformulación de la forma en que se organizaba la fuerza militar, que implicaría no solo un salto de escala cuantitativo sino la aparición de una estructura jerárquica en la que los niveles superiores tomarían decisiones que debían ser ejecutadas por los niveles inferiores.
V. La guerra y el cambio social
¿Qué significan todos estos cambios en el modo de hacer la guerra en el valle del Nilo? Ciertamente, no hay nada en el devenir de la práctica bélica que, por sí mismo, generará esas transformaciones. Para comprenderlos en su sentido más profundo, es necesario ponerlos en relación con el proceso de cambio social que implica la aparición del Estado egipcio. Tres grandes aspectos de tal proceso han de ser considerados.
En primer lugar, desde un punto de vista espacial, una vez que se inicia el proceso de cambio, el carácter expansivo de la lógica estatal, que en los primeros siglos de su existencia adquiere en el valle del Nilo un ritmo vertiginoso, implicaría la integración política de un vasto territorio. Si en los primeros siglos del IV milenio a.C. El escenario debió ser el de una multitud de pequeñas comunidades independientes entre sí, al final de ese milenio existiría una estructura política extendida por los aproximadamente mil kilómetros que separan la Primera Catarata del Nilo del Mar Mediterráneo. Aunque hay disenso entre los especialistas acerca del papel de la guerra en ese proceso de unificación, el discurso violento que emerge de las representaciones iconográficas de los últimos siglos del IV milenio a.C., incluyendo escenas de combate, cautivos, sacrificios de enemigos, deja pocas dudas sobre su importancia simbólica (cf. Gilbert, 2004; Heagy, 2014; Shaw, 2017; Bestock, 2018; Campagno, 2021a). Por lo demás, la aparente interrupción en la ocupación de ciertos sitios del delta, y en particular los indicios de destrucción por fuego en Tell el-Farkha (Ciałowicz, 2011), también apuntan a un escenario donde la violencia guerrera no parece haber estado ausente. Pero más allá de ello, esa acelerada expansión estatal implicaría que, respecto de cada comunidad, las poblaciones potencialmente enemigas se hallarían cada vez más lejos. De una guerra contra una comunidad vecina a una expedición contra los nubios o los asiáticos, no solo se trataría de mayor distancia a recorrer sino de una serie de problemas logísticos a resolver: organización y equipaje de los contingentes armados, traslado (naval y terrestre), capacidades de reaprovisionamiento contribuirían a transformar la guerra en un asunto de una complejidad antes inimaginable.
En segundo lugar, en cuanto a la mayoría de la población que quedaría englobada en el territorio estatal, lo fundamental a destacar es su marginación respecto de cualquier decisión en materia militar. En efecto, si en el escenario pre-estatal las comunidades eran políticamente autónomas y la guerra era, por lo tanto, un asunto de la directa incumbencia de sus integrantes, con el advenimiento del Estado esa capacidad sería confiscada y transformada en una prerrogativa exclusiva de las élites. Por cierto, tal situación no excluye la posibilidad de que las comunidades pudieran rebelarse frente a las exigencias tributarias de los funcionarios o pudieran mantener algún conflicto local con otra comunidad, pero, en tal caso, el Estado no trataría a tales comunidades en calidad de enemigos sino de rebeldes ante el orden estatal (Campagno, 2013). En similar sentido, tampoco se trataría de que los integrantes de las comunidades quedarán al margen de la guerra, pues serían reclutados a través de levas como modo de pagar el tributo en trabajo, pero los objetivos de esas guerras ya no estarían a nivel local y en correspondencia con los intereses aldeanos sino en regiones cada vez más lejanas y en relación con los intereses de las élites estatales. La pérdida de la autonomía política de las comunidades implicaría un doble dislocamiento de la guerra, que pasaría a acontecer lejos de cada comunidad y lejos de las experiencias derivadas de su antiguo modo de vida.
Y en tercer lugar, en cuanto a la minoría dominante que emergería del proceso en el que adviene el Estado, sucedería un efecto inverso respecto del que afectaría a las comunidades de base. La élite estatal monopolizaría la práctica bélica, lo que implicaría que solo ella decidiría a quién, por qué, cómo y cuándo hacer la guerra. En el umbral de la Dinastía I, con el cese de la expansión estatal, se estabilizarían unas fronteras tan políticas como cósmicas, respecto de las cuales quedarían definidos los tres grandes vecinos enemigos de Egipto: asiáticos, libios y nubios (Köhler, 2002; Wilkinson, 2002; Poo, 2005). Las regiones habitadas por tales poblaciones serían entonces significadas de un modo doble. Por un lado, todo espacio extra-egipcio sería simbolizado como un ámbito desde el que el caos acechaba al orden egipcio, por lo que siempre debía ser combatido, tal como lo expresa la iconografía de comienzos del III milenio a.C. (Campagno, 2008; De Wit, 2008; Bestock, 2018). Pero, por otro lado, esas mismas regiones proporcionarían toda una serie de recursos para el consumo de la élite estatal. Así, para los inicios de la Dinastía I, mientras la Paleta de Narmer celebra el liderazgo guerrero del rey que sacrifica a un enemigo e inspecciona un conjunto de cuerpos humanos decapitados, un registro de la Cabeza de Maza de Narmer (cf. Fig. 8) señala la obtención de ganado y cautivos luego de una campaña militar (Quibell, 1900; Gilbert, 2004; Bestock, 2018). De modo similar, posteriormente y en el plano textual, la Piedra de Palermo menciona determinados años como “el año de castigar a los arqueros” o “el año de golpear a los nubios”, lo que implica referencias conmemorativas (o incluso programáticas), que destacan la dimensión militar de la realeza temprana (Wilkinson, 2000), en tanto que la propia Piedra de Palermo para el rey Sneferu (Dinastía IV), o las autobiografías de Weni y de Herkhuf (altos funcionarios de la Dinastía VI) también dan cuenta de la organización de expediciones equipadas militarmente que a su regreso pueden traer cautivos y ganado, así como diversos bienes de prestigio (marfil, pieles de animales, sustancias aromáticas) para el rey y su élite (Wilkinson, 2000; Strudwick, 2005).
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Fig. 8: Cabeza de maza de Narmer (Cervelló Autuori, 1996, Fig. 33, p. 306).
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Así, el devenir estatal de la práctica de la guerra genera sensibles cambios en ella, tanto de escala como de objetivos, modalidades y protagonistas. Hay un aspecto, sin embargo, en el que se presenta una notable continuidad: es el que articula la guerra con el liderazgo y el ritual. La evidencia iconográfica del período Predinástico, como se ha visto, describe un tipo de personajes destacados, que asociamos a figuras de liderazgo, equipados con distintas armas o en rituales que involucran enemigos cautivos. Desde que aparecen los primeros indicios de estatalidad en el valle del Nilo, es el rey quien es representado atacando en persona a sus enemigos, ejecutando ritualmente el sacrificio del enemigo vencido o presidiendo actos de decapitación de prisioneros. Ciertamente, esas escenas revelan, en comparación con las de las épocas pre-estatales, un salto de escala que implica que los enemigos van variando de identidad a medida que se expande el territorio políticamente controlado. Pero tal salto de escala se produce en el marco de una misma cosmovisión que considera al liderazgo como una condición íntimamente ligada a la garantía del orden cósmico y que apela a la acción guerrera como un modo de reafirmar ese orden tal como debe ser mantenido y ampliado (Cervelló Autuori, 1996; Campagno, 2002; Vernus, 2011). Siglos y siglos después, Egipto continuaría reconociendo la práctica de la guerra, al igual que el culto a los dioses, como un predicado directo del rey-dios: aunque las acciones concretas pudieran ser delegadas a otros agentes, el monarca sería siempre quien simbólicamente las llevaría a cabo. De este modo, la conexión entre liderazgo sagrado y guerra se revela como un rasgo cuya raigambre antecede al Estado y se hunde en una temporalidad que es seguramente mucho más profunda.
VI. A modo de cierre
Una y múltiple, la práctica de la guerra muta en el valle del Nilo entre el IV y el III milenio a.C. Definida al modo de Clausewitz, como un acto de fuerza para imponer la propia voluntad al enemigo, su existencia se hace evidente tanto antes como después de la emergencia del Estado. Sin embargo, en su desacople de la lógica del parentesco propia del ámbito aldeano y en su re-acople en el marco de la lógica estatal, la guerra no solo cambia de escala: cambia de forma y de sentido. Los antiguos agrupamientos de guerreros coordinados por un líder dejarán paso a un dispositivo fuertemente jerarquizado y extendido sobre todo el territorio. Del mismo modo, las viejas autonomías comunales se desvanecerán frente a una maquinaria orientada a atender las demandas materiales y simbólicas de las nuevas élites. Así la guerra pasará de ser un asunto de las comunidades a ser un asunto exclusivo del Estado. La práctica continuará, pero en condiciones que serán dramáticamente otras.
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Campagno M.
Mutaciones de una práctica. La guerra y el origen de lo estatal en el Antiguo Egipto
Artículos de Dossier
pp. 11 - 32
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