Dossier  
Precorporación y  
Sobreidentificación en el  
Realismo Capitalista de Mark  
Fisher  
Precorporation And Overidentification In  
Mark Fisher’s Capitalist Realism  
Micaela Luján  
Universidad Nacional de Rosario, Santa Fe, Argentina.  
Tomás Deambrosi  
Universidad Nacional de Rosario, Santa Fe, Argentina.  
Recibido: 11 de Abril de 2025  
Aceptado: 25 de Junio de 2025  
TRAZOS - REVISTA DE ESTUDIANTES DE FILOSOFÍA - AÑO IX - VOL. I. - JUNIO 2025  
páginas 14-27 - E-ISSN 2591-3050  
INSTITUTO DE FILOSOFÍA - FACULTAD DE FILOSOFÍA, HUMANIDADES Y ARTES - UNIVERSIDAD NACIONAL DE SAN JUAN  
Resumen: El presente trabajo se propone explorar dos nociones clave del  
pensamiento de Mark Fisher en el marco de su análisis del realismo capitalista:  
sobreidentificaciónyprecorporación.Comenzaremosexponiendolosdesarrollos  
teóricos de Jameson en torno al concepto de posmodernidad. Posteriormente  
señalaremos las ventajas que el concepto de realismo capitalista posee sobre  
aquel a la hora de realizar un análisis filosófico del presente. A continuación,  
nos ocuparemos de las implicancias de la sobreidentificación en la filosofía de  
Mark Fisher. Por último, indagaremos sobre el proceso de precorporación como  
modelado preventivo de los deseos.  
Palabrasclave:PRECORPORACIÓN- SOBREIDENTIFICACIÓN - REALISMO  
CAPITALISTA.  
Abstract:ThisstudyseekstoexploretwofundamentalconceptsinMarkFisher’s  
thought within the context of his analysis of capitalist realism: overidentification  
and precorporation. It begins by outlining Fredric Jameson’s theoretical  
developments concerning the notion of postmodernity. It then considers the  
conceptual advantages that capitalist realism holds over postmodernity when  
it comes to articulating a philosophical analysis of the present. The discussion  
proceeds by addressing the implications of overidentification in Mark Fisher’s  
philosophy. Finally, the paper explores the process of precorporation as a  
preventive modeling of desires.  
Keywords: PRECORPORATION - OVERIDENTIFICATION - CAPITALIST  
REALISM.  
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En las últimas décadas, los aportes del crítico y teórico literario Fredric  
Jameson (1934-2024) han sido de suma importancia para comprender la lógica  
cultural en el capitalismo tardío y las tendencias disolventes al interior del arte  
posmoderno. Pese a su agudeza para capturarlos rasgos distintivos de esa nueva  
lógica, el marco teórico construido por el autor resulta insuficiente para dar cuenta  
de las nuevas tendencias del capitalismo contemporáneo. En este contexto, las  
reflexiones de Mark Fisher (1968-2017) resultan esclarecedoras y se vuelven una  
herramienta teórica imprescindible para la comprensión de los afectos populares  
expresados en la cultura de masas. Este trabajo tiene por objetivo analizar dos  
de sus principales contribuciones en este campo: la sobreidenti  
icación y la  
precorporación. Ambos procesos son concebidos como estrategias de la lógica  
cultural del realismo capitalista, entendiendo a este último como la atmósfera que  
obtura cualquier alternativa al capitalismo. A lo largo de este trabajo proponemos  
un recorrido por los términos posmodernismo y realismo capitalista como  
marco conceptual para la reflexión crítica acerca de las actuales condiciones de  
producción de la música popular, específicamente del hip hop y el trap.  
Del modernismo al posmodernismo: Fredric Jameson y el carácter  
reactivo de las prácticas posmodernas  
En El posmodernismo y la sociedad de consumo, Fredric Jameson  
(2002) expone los puntos centrales de lo que considera una nueva lógica cultural  
a la que denomina posmodernismo. Considera que la misma está asociada a la  
emergencia de un nuevo tipo de sociedad, la llamada sociedad posindustrial o  
de consumo, y a una nueva etapa del capitalismo, el capitalismo multinacional o  
capitalismo tardío. Como pauta cultural, el posmodernismo implica una ruptura  
con el modernismo, su antecesor inmediato. Tal ruptura no debe entenderse  
únicamente como una irrupción de elementos novedosos, sino también como  
el pasaje a primer plano de elementos ya existentes y considerados secundarios  
hasta entonces.  
El modernismo, dice Jameson (2002), se estructuraba en torno a la idea  
de un individuo con una personalidad y un estilo únicos, capaz de forjar una visión  
del mundo completamente original. Este aspecto se reflejaba en la separación  
tajante entre una cultura popular y una cultura superior en la que el modernismo  
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se inscribía. No obstante, a pesar de su distanciamiento de la cultura popular,  
el modernismo poseía la capacidad subversiva de escandalizar a la sociedad  
burguesa a través de una autonomía radical de la forma y la subjetividad excéntrica  
que encarnaban sus artistas. Sin embargo, esa capacidad revolucionaria quedó  
cristalizada en la academia hacia fines de la década de 1960. Desde entonces el  
modernismo se presentó bajo formas estandarizadas, canónicas, en los diferentes  
espacios sociales, pero principalmente en las universidades, museos y galerías  
de arte, diluyéndose así todo el potencial transformador con el que contaba al  
principio del siglo XX.  
Frente a la incorporación de todo aquello que incomodaba de aquel alto  
modernismo —y que en las siguientes décadas se vuelve objeto de la enseñanza  
normal— el posmodernismo se erige como un movimiento disolvente. Lo  
importante de este aspecto radica en que a cada modernismo se le opone un  
posmodernismo particular, y la unidad de este último depende de aquel, ya que el  
posmodernismo solamente surge como un rechazo a la instauración de las formas  
modernas. No tiene, según Jameson, otra razón de ser más que esta oposición.  
Unsegundorasgodistintivodelposmodernismoconsisteenladesaparición  
de la frontera entre cultura superior y cultura popular o de masas, al punto tal que  
el límite entre las formas más elevadas de arte y sus formas más comerciales se  
vuelve difuso y difícil de trazar. Con todo, esta asimilación de ambos espacios no  
tiene que ver con la democratización de lo que Jameson denomina la alta cultura,  
sino con una especie de fascinación con lo kitsch y todos aquellos productos  
realizados desde una lógica de consumo, híbridos entre la publicidad, el cine y la  
literatura. Una de sus consecuencias más funestas es la pérdida de los géneros,  
y con ello, del surgimiento de nuevos estilos. Jameson señala este proceso de  
homogeneización también en el ámbito de la teoría. Los estudios antes filosóficos,  
sociológicos o antropológicos pasan a concebirse simplemente como “teoría  
contemporánea”:  
Hoy en día, tenemos cada vez más una clase de escritura simplemente  
denominada “teoría” que es todas o ninguna de esas cosas al mismo  
tiempo. Este nuevo tipo de discurso, generalmente asociado con Francia y  
la así llamada teoría francesa, se difunde en forma creciente y señala el fin  
de la filosofía como tal. (Jameson, 2002, p. 17)  
Una tercera particularidad reside en la desaparición de la idea del individuo  
o yo único. La denominada muerte del sujeto se caracteriza por la finalización  
con el modernismo de los estilos particulares e inconfundibles que surgían de la  
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creación de un mundo y un lenguaje personal del artista. Esta muerte del sujeto  
individual burgués puede entenderse en sus dos vertientes: como cambio de  
época del capitalismo competitivo a la burocratización estatal y empresarial o  
como desenmascaramiento de una ficción constitutiva de la sociedad capitalista,  
a saber, la creencia en la posibilidad de desarrollar una personalidad única y libre.  
De cualquier manera, para Jameson representa una imposibilidad estética; sin  
sujeto en el arte capaz de crear nada nuevo, al menos desde su individualidad, las  
producciones se tornan réplicas parciales o totales de antiguas estéticas.  
Estos aspectos se evidencian en una de las prácticas del posmodernismo  
que Jameson considera más importante: el pastiche. El pastiche consiste  
en una forma de imitación en la que se toman características de la obra de un  
artista y se yuxtaponen con otros estilos de manera neutral, es decir, sin producir  
una reinterpretación o crítica, creando la apariencia de una obra original. En el  
modernismo la forma de imitación porexcelencia era la parodia que, movida porun  
impulso satírico, partía de alguno de los estilos únicos disponibles y, apropiándose  
de sus excentricidades, culminaba en una copia burlesca de los mismos. Dichas  
excentricidades se medían en relación con una norma lingüística de la cual esos  
estilos se desviaban, lo cual era motivo de risa. Ahora bien, Jameson (2002)  
señala que esa norma ya no existe y que el panorama actual consiste en una  
proliferación de lenguajes privados. Habiendo desaparecido el elemento con el  
cual medir las desviaciones, la parodia deja de ser posible y da lugar al pastiche  
como única forma posible de imitación. En él la burla se vuelve impracticable y se  
obtiene una imitación muerta sin un fin ulterior.  
Para Jameson (2002), un ejemplo de pastiche es el cine de la nostalgia.  
Se trata de películas que remiten al pasado como forma de escapar al presente.  
Aunque el caso más común es el de las películas de época, el cine de la nostalgia  
no se limita a ellas. Una de las características de este tipo de producciones, según  
el autor, es la de satisfacer el deseo del consumidor de volver a experimentar el  
período anterior representado a través de sus artefactos estéticos. Por este  
motivo, este planteo señala que películas como Star Wars pueden incluirse en  
esta categoría, en la medida en que permite al público adulto reconectar con  
momentos de su pasado, como las series de ciencia ficción que consumieron  
durante su infancia. A este tipo de películas se suman aquellas que transcurren en  
el presente, pero realizan un esfuerzo por borrar las características del capitalismo  
tardío. De modo que:  
(...) el estilo mismo de las películas de la nostalgia invade y coloniza  
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inclusofilmesdenuestrosdíasconambientacionescontemporáneas,como  
si, por alguna razón, no pudiéramos abordar hoy nuestro propio presente,  
como si nos hubiéramos vuelto incapaces de producir representaciones  
estéticas de nuestra experiencia actual. (Jameson, 2002, p. 25)  
El cine de la nostalgia es, de acuerdo con esta lectura, una muestra de  
un fenómeno más amplio: el de la desaparición del sentido de la historia y de  
la incapacidad de la sociedad contemporánea para retener su propio pasado,  
así como su tendencia a vivir en un presente perpetuo. Frente a esta crisis de  
historicidad, el único realismo que sobrevive es la aceptación de que el sujeto  
está encerrado en sus propias imágenes y estereotipos, incapaz de volver a  
relacionarse con el tiempo.  
Insuficiencia del concepto de posmodernidad  
Mark Fisher, en su obra Realismo capitalista. ¿No hay alternativa? (2016),  
coincide en gran parte con lo teorizado por Jameson en torno al posmodernismo,  
aunque señala que su concepto de realismo capitalista es más apropiado para  
el siglo XXI por tres motivos. El primer motivo es esencialmente histórico. En la  
década de 1980, de donde provienen la mayoría de los escritos de Jameson que  
caracterizan la posmodernidad, la URSS representaba una alternativa concreta  
a pesar de su inminente colapso. En cambio, lo que vemos en las siguientes  
décadas es la ausencia total de alternativas, la consolidación del capitalismo  
en su variante política neoliberal como única realidad posible: “Por esa época  
es cuando el realismo capitalista avanza y se establece de la mano del eslogan  
de Thatcher “No hay alternativa” […], que se volvió una profecía autocumplida  
brutalmente” (Fisher, 2016, p. 29).  
La segunda razón por la cual ya no podemos pensar nuestro presente  
como posmodernidad surge a partir de la vinculación que conserva el término con  
la modernidad y fundamentalmente con el movimiento modernista. Relacionado  
con el punto anterior, el posmodernismo representa un antagonismo con lo  
moderno. En el terreno de la cultura, Jameson veía cómo el elemento innovadorde  
los modernismos era reabsorbido por el marketing y las relaciones públicas. En la  
época del realismo capitalista no existe la posibilidad de señalar esa apropiación,  
pues no hay diferencia entre ambos. Fisher señala que el modernismo puede  
volver solo como una estética, ya no como un modo de vida, lo cual vacía de su  
contenido más disruptivo al movimiento.  
El tercer motivo consiste en la desaparición de agentes externos a ser  
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incorporados por el capitalismo. Fisher señala que los esfuerzos del capitalismo  
dirigidos a devorary colonizartodo elemento ajeno a sí mismo fueron tan efectivos,  
que ya no ha quedado nada por fuera de él. Es evidencia de ello que términos  
como “alternativo” e “independiente” hayan perdido su potencial subversivo y  
sean solo categorías entre categorías de la cultura mainstream. Se abre así el  
interrogante de si es posible el funcionamiento del capitalismo por fuera de esa  
dinámica de anexión de antagonistas.  
Según este planteo, los procesos descritos por Jameson se han agravado  
de tal manera que han experimentado una suerte de cambio de naturaleza. Como  
Fisher recoge en sus clases sobre Lyotard (2021), es un hecho que ya no hay  
un afuera del capitalismo, ni un momento anterior al cual escapar o retrotraerse.  
En este contexto, nuestra intención se limita a explorar dos conceptos clave en  
la obra de Fisher para entender la producción cultural en el realismo capitalista:  
sobreidentificación y precorporación.  
Del posmodernismo al realismo capitalista: Sobreidentificación en el hip  
hop  
Si el mandato fundante del realismo capitalista consiste en que no hay  
nada por fuera de él, surge la dificultad de explicar la existencia de discursos que  
se rebelan contra el orden establecido. Las expresiones artísticas que contienen  
algún grado de rebeldía son un claro ejemplo de este tipo de discursos. Una  
explicación posible radica en el surgimiento de una razón cínica, capaz de tomar  
consciencia de los mecanismos de dominación inherentes al sistema. En este  
sentido, la crítica ideológica sería posible a condición de que el sujeto fuese capaz  
de tomar distancia de esos mecanismos y exponerlos, no obstante:  
¿Qué pasaría si, por el contrario, la actitud dominante del universo  
contemporáneo “postideológico” es precisamente la distancia cínica hacia  
los valores públicos? ¿Qué pasaría si esa distancia, lejos de representar  
una amenaza al sistema, designara la forma suprema del conformismo en  
la medida en que el normal funcionamiento del sistema precisa la distancia  
cínica? [Traducción propia] (Žižek, 1993)  
En este marco, los límites entre una crítica efectiva y una simple formulación  
de las condiciones de dominación existentes se vuelven difusos y difíciles de  
establecer. De modo que la razón cínica se muestra fácilmente insuficiente y  
desemboca en un dispositivo de complacencia y justificación. Así: “el cínico no  
tanto rechaza esta realidad como hace caso omiso de ella, y su estructura hace  
de él alguien casi impermeable a la crítica ideológica, pues ya está desmitificado,  
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ya está ilustrado sobre su afinidad ideológica con el mundo” (Foster, 2001, p. 118).  
Es, a sus propios ojos, superior a los críticos de la ideología.  
En relación con ello, cobran relevancia las aserciones de Fisher sobre el  
hip hop: “En buena parte del hip hop, cualquier esperanza «ingenua» en que la  
cultura joven pueda cambiar algo fue sustituida hace tiempo por una aceptación  
dura de la versión más brutalmente reduccionista de la «realidad»” (2016, p. 32).  
Siguiendo su razonamiento, se pueden distinguir dos significados de “lo real”. En  
primer lugar, la idea de lo real como la autenticidad propia de la música que se  
enfrenta con los intereses de la ideología reinante y que podríamos sintetizar bajo  
el lema “no me interesa agradar” (a la industria musical, por ejemplo). En segundo  
lugar, lo real como lo inherente a una música capaz de reflejar la realidad propia del  
capitalismo tardío y las sociedades de control, caracterizada por la inestabilidad  
económica y la creciente vigilancia sobre los individuos. Ambas concepciones se  
encarnaron en el hip hop de tal manera que:  
(…) fue precisamente el primer significado de lo real (lo auténtico que se  
enfrenta con los intereses creados) el que permitió la temprana absorción  
del hip hop en el segundo, la realidad de la inestabilidad económica del  
capitalismo tardío, en el que esa primera autenticidad adquiere un alto  
valor de mercado. (Fisher, 2016, p. 32)  
En uno de sus textos, Fisher (2022, p. 211) analiza la canción All Me de  
Drake. La letra hace alarde de todo lo que Drake puede comprar, estableciendo  
una equivalencia entre mujeres, autos y objetos de marcas de lujo. A pesar de  
este recorrido por los placeres que ofrece el capital, la canción sugiere una falta  
constante (“Like I got trust issues”), frente a la cual Fisher se pregunta: si lo tienes  
todo, ¿por qué estás tan triste?  
Ciertamente, asistimosaunasobreidentificacióndelhiphopconelrealismo  
capitalista y de este último, a su vez, “con el capital en su aspecto predatorio más  
despiadado” (Fisher, 2016, p. 35). La sobreidentificación en la música no implica  
únicamente llamar la atención sobre su condición de mercancía entre mercancías,  
sino considerar, ante todo, su exagerado compromiso con los valores del realismo  
capitalista. Este procedimiento, que también puede rastrearse en las películas de  
gangsters, por ejemplo, implica la “pretensión común de borrar cualquier ilusión  
sentimental y ver el mundo «tal como es», al estilo de una guerra hobbesiana de  
todos contra todos, un sálvese quien pueda, un sistema de explotación perpetua  
y criminalidad generalizada” (Fisher, 2016, p. 33).  
Aunque Fisher analiza las derivas del hip hop en el mundo anglosajón,  
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podemos encontrar expresiones que se autoproclaman herederas de esa  
tradición en la configuración del trap argentino. Así, una canción de Duki recita:  
“Mi hermano vende bases como crack/ Mi compa vende bases como coca”. Y  
luego continúa: Agarro la plata/ Agarro la plata y vuelvo a Ensenada/ Si viene  
un sapo a preguntarme qué pasó, loco, yo no vi ni sé nada/ Te lo juro, que ahora  
estamos mejor, antes por mí ni cenaba” (2025, 1:17). Esta canción titulada Agarro  
la plata aparece como una respuesta cínica, según los términos de X, al imperativo  
popular Agarrá la pala”. Frente al mandato de trabajar, la letra establece un  
paralelismo entre el narcotráfico y la producción musical, explicitando el cinismo  
ante las formas posibles de ser exitoso económicamente y la aceptación pasiva  
de la descomposición social.  
Ciertamente, este mito antimítico (Fisher, 2016) no representa el  
rebasamiento del horizonte de valores, sino todo lo contrario. La prédica del fin  
de las ideologías implica una y otra vez su retorno por la puerta trasera. En otras  
palabras:  
El espectáculo se presenta como una inmensa positividad indiscutible  
e inaccesible. No dice nada más que “lo que aparece es bueno, lo que  
es bueno aparece”. La actitud que el espectáculo exige por principio es  
esta aceptación pasiva que en realidad ya ha obtenido por su manera de  
aparecer sin réplica, por su monopolio de la apariencia. (Debord, 1994, p.  
11)  
La algarabía del marketing: el proceso de precorporación como modelado  
preventivo de los deseos  
La precorporación es un proceso que se distingue de la incorporación  
posterior de determinados artefactos artísticos por parte del realismo capitalista,  
cuyo potencial revolucionario se desarticula en pos de su comercialización. La  
precorporación, según Fisher, es la forma de producción cultural propia del  
capitalismo tardío. En esta lógica se prevén y producen, inclusive, los consumos  
deseosos de una rebeldía contra lo mainstream, como el punk o el indie. La  
cultura de lo alternativo se convierte entonces en un nicho más entre otros,  
estudiada por el marketing y producida de antemano: “Solo hay que observar  
el establecimiento de zonas culturales «alternativas» o «independientes» que  
repiten interminablemente los más viejos gestos de rebelión y confrontación con  
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el entusiasmo de una primera vez” (Fisher, 2016, p. 31).  
Tomemos por ejemplo la interpretación de Señor Cobranza hecha por  
Dillom en 2024 en el marco del Cosquín Rock, festival que incluía en su grilla  
también a artistas como Duki y otros traperos. En ella Dillom reemplazó el nombre  
de Cavallo por el de Caputo, sentenciando: A Caputo en la plaza lo tienen que  
matar”. Este tipo de narrativas, desde la perspectiva de Fisher, corresponden a lo  
que denomina anticapitalismo gestual, cuya función es operar como válvulas de  
escape para canalizar un malestar acumulado en ciertos contextos específicos.  
No obstante, en la lógica de la precorporación estos dispositivos son propuestos  
para obstaculizar la realización de estos deseos en una articulación política. Al  
respecto, podemos comprender esta lógica en términos de lo que Guy Debord  
denominó “la revuelta espectacular”, que convierte al propio gesto anticapitalista  
en una materia prima para la producción cultural. En palabras de Debord:  
A la aceptación beata de lo que existe puede también agregarse como  
una misma cosa la revuelta puramente espectacular: esto traduce el simple  
hecho que la insatisfacción misma ha llegado a ser una mercancía a partir  
del momento en que la abundancia económica logró ser capaz de extender  
su producción hasta el tratamiento de tal materia prima. (Debord, 1994, p.  
33)  
Como podemos observar, la razón cínica reaparece en el concepto de  
precorporación, esto es, la prefabricación de modulaciones rebeldes en el arte  
supone la distancia cínica. O, en otros términos, “que nada le va mejor a MTV que  
una protesta contra MTV, que su impulso era un cliché previamente guionado y  
que darse cuenta de todo esto incluso era un cliché” (Fisher, 2016, p. 31). Esta  
modulación del ánimo es denominada por Fisher como una sabiduría depresiva.  
En el reclamo damos cuenta de muchas situaciones sociales como mínimo  
injustas; no obstante, no podemos permitirnos el lujo de volver a ilusionarnos:  
Lo que se ha perdido es la prometeica ambición de la clase trabajadora  
de producir un mundo que exceda -existencial, estética y también  
políticamente- los miserables confines de la cultura burguesa. Este  
sería un mundo más allá del trabajo, pero también más allá del uso  
meramente convaleciente del ocio, en el que las funciones pacificadoras  
del entretenimiento son el anverso del trabajo alienado. (Fisher, 2018, pp.  
116-117)  
La música entendida como entretenimiento puede leerse como la  
victoria de la lógica cultural del realismo capitalista, en cuyo marco se reducen  
progresivamente las posibilidades de abrirse paso a través de alguno de los  
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intersticios que supo aprovechar la música de la década de 1960, donde la  
música y la política se retroalimentaban. La forma de consumo pasiva es  
entonces el reverso necesario de la enajenación en el trabajo. A partir de esta  
idea podemos encontrar el hilo conductor que nos lleva desde Debord a Fisher,  
pasando por Baudrillard. Para Debord, la disponibilidad de tiempo de ocio no  
significa necesariamente una liberación del trabajo. Al contrario, desde el punto  
de vista de la producción, ese tiempo de ocio está regido en sus manifestaciones  
y necesidades por la racionalidad de la producción. Así:  
(…) la actual “liberación del trabajo”, el aumento de los pasatiempos  
organizados no es en absoluto una liberación en el trabajo, ni tampoco  
una liberación de un mundo construido por el trabajo. Nada de la actividad  
robada en el trabajo puede encontrarse nuevamente en la sumisión a su  
resultado. (Debord, 1994, p. 17)  
Desde el punto de vista del consumo, Baudrillard argumenta en El complot  
del arte (2006) que es la saturación hiperrealista la que no permite ninguna puesta  
en valor de la actividad subjetiva. Para Baudrillard, el arte moderno se ocupaba de  
representar los vacíos de la sociedad a través de sus formas. Para ello utilizaba  
diferentes técnicas y herramientas que comprometían al espectador a completar  
el sentido de la representación. Las formas actuales, sin embargo, saturan por  
completo los sentidos y no hay lugar entonces para el juego de la ilusión. La  
proliferación de imágenes realistas es reiterativa sobre el mundo tal cual es, allí  
no tiene lugar ningún sueño o actividad subjetiva, todo está dado de una vez. Los  
objetos del arte aparecen entonces como objetos post-estéticos. Si desde Walter  
Benjamin la obra de arte había perdido el aura por su reproductibilidad técnica,  
el hiperrealismo de las obras contemporáneas forja un tipo de consumo pasivo  
que no da lugar al pathos estético. Como consecuencia, el consumo es inocuo  
y compulsivo, no produce ningún efecto. Frente a esta desacralización total del  
arte, el único poder del que es capaz el objeto es el poder en tanto fetiche de la  
mercancía: “los nuevos objetos más allá de lo estético, transestéticos, objetos-  
fetiche carentes de significación, de ilusión, sin aura, sin valor, y que serían el  
espejo de nuestra desilusión radical del mundo” (Baudrillard, 2006, p. 36).  
El resultado de este desencantamiento de cualquier poder de la cultura  
en general, y de la música en particular, es la paralización cultural y por ende  
la repetición de las viejas formas de manera cíclica y combinada, tal como ya  
anunciaba Jameson hacia finales de 1980. Fisher encuentra un paralelismo entre  
la política y la música para explicar este fenómeno. Mientras las discusiones  
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políticas han girado en torno a quién administra el capitalismo, en la música la  
innovación fue reemplazada por la retrospección. En este sentido, tanto política  
como musicalmente, lo que prima es el abandono de todo pensamiento sobre los  
futuros posibles: “la ambición exorbitante de cambiarel mundo se ha transformado  
en pragmatismo y arribismo” (Fisher, 2018, p. 124).  
Este estancamiento de la cultura resuena en una idea bien conocida, es la  
consecuencia en el arte del fin de la historia de Francis Fukuyama. El capitalismo  
aparece entonces como sistema último, con el Estado democrático-liberal  
como forma definitiva, en una constante reapropiación y transformación de sus  
principios, valores, y formas estéticas. Para Fisher, el capitalismo “[…] se parece  
tanto a la Cosa en el film de John Carpenter del mismo nombre: es una entidad  
infinitamente plástica, capaz de metabolizar y absorber cualquier objeto con el  
que tome contacto” (Fisher, 2016, p. 27). Esta capacidad metabólica del capital  
es reconocida y asumida cínicamente tanto en el proceso de producción como en  
el ámbito del consumo. Este cinismo expone los límites del realismo capitalista,  
pero no deja de serambiguo. Cabe preguntarnos si aquello que entendemos como  
consumo irónico es capaz -en algún aspecto- de mantener la distancia necesaria  
que requiere el cinismo.  
Conclusión  
El paso que describe Deleuze (2006) desde las sociedades disciplinarias a  
las sociedades de control puede ser leído en los términos del realismo capitalista,  
principalmente en el influjo del marketing en la lógica de la precorporación y la  
sobreidentificación:  
El departamento de ventas se ha convertido en el centro, en el “alma”,  
lo que supone una de las noticias más terribles del mundo. Ahora, el  
instrumento de control social es el marketing, y en él se forma la raza  
descarada de nuestros dueños. (Deleuze, 2006)  
La principal distinción que encontramos entre Fisher y Jameson es que  
en el realismo capitalista el sistema no solo incorpora y vacía nuevas formas  
de rebeldía, sino que las anticipa y las produce como mercancías para nichos  
específicos. A tal efecto, el tratamiento que realiza Fisher sobre el hip hop y su  
vinculación con lo real en su doble articulación, como autenticidad y como reflejo  
de las condiciones de vida, muestra que más que operar como crítica es un  
catalizador de las ilusiones de salvación individual. Podemos ver estas tendencias  
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en las letras del trap que dominaron la escena musical argentina desde la segunda  
mitad de la década de 2010.  
Asimismo,Fisherentendiólanecesidaddeirmásalládelameradescripción  
de los mecanismos de dominación existentes: “Modulando el pesimismo del  
diagnóstico crítico, Fisher siempre comprendió la intervención cultural en la  
arena pública como una reacción imprescindible en un campo de batalla no del  
todo clausurado” (Cano, 2023, p. 135). La propuesta de Fisher consiste en la  
articulación de un modernismo popular, capaz de ofrecer creaciones artísticas que  
se aventuren en la recuperación de la idea de futuro. Este modernismo popular no  
replica la distinción entre alta y baja cultura, pero tampoco subestima los deseos  
de las mayorías. Es decir, aboga por una noción de cultura popular que también  
puede ser compleja y con la capacidad de convertir “la desafección privatizada en  
ira politizada” (Fisher, 2018, p. 283).  
En este contexto, se vuelve urgente la necesidad de implementar una  
mirada capaz de superar la ambivalencia de la distancia cínica. Mientras la crítica  
se limite a la exposición de un estado de cosas y se aleje de una actitud propositiva,  
el encanto del realismo capitalista no podrá ser roto. Es preciso desandar el  
camino estéril del diagnóstico crónico y emprender la marcha en otra dirección.  
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Referencias bibliográficas  
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Cano, G. (2023). Mark Fisher: Los espectros del tardocapitalismo. Gedisa.  
Debord, G. (1994). La sociedad del espectáculo (Vicuña Navarro, Trad.). Ediciones  
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Duki.(2025).Agarrolaplata[Canción].En5202.DALEPLAYRecords/SSJRecords.http://  
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Fisher, M. (2018). Los fantasmas de mi vida (Bruno, Trad.). Caja Negra.  
Fisher, M. (2020) K-Punk. Volumen 2. (Bruno, Trad.). Caja Negra.  
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Foster, H. (2001). El retorno de lo real. La vanguardia a finales de siglo (Brotons Muñoz,  
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Jameson, F. (2002). El posmodernismo y la sociedad de consumo. En El giro cultural:  
Escritos seleccionados sobre el posmodernismo, 1983-1998 (pp. 15-38). Manantial.  
Žižek, S. (1993). Why are Laibach and NSK not fascists? En Deterritorium. http://  
Cómo citar este artículo:  
Luján, M. y Deambrosi, T. (2025).Precorporación y sobreidentificación en el  
realismo capitalista de MarkFisher. Trazos-Revista de estudiantes de Filosofía,  
1(9), 14 – 27  
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