unareflexiónsobrelacapacidaddellenguajeylasimágenesparagenerarunefecto
transformador en el espectador o lector. En este sentido, lo sublime no depende
únicamente de la grandiosidad formal, sino de la fuerza con que el discurso, verbal
o visual, logra conmover y elevar el espíritu. Esta lectura coincide de manera
fértil con la propuesta de Kubrick, cuya puesta en escena no solo impresiona por
sus formas, sino que sacude la percepción del espectador al situarlo frente a lo
insondable. Lo sublime es aquello que engrandece y eleva el alma, que da mucho
que pensar y cuyo recuerdo es vigoroso e imborrable, tanto así que es capaz de
complacer a todos en todo tiempo (Pseudo-Longino, 2007, p. 31). Es el eco de
la grandeza del pensamiento (2007, p. 35), la belleza de la expresión que, como
un rayo, despedaza lo ordinario y exhibe la potencia del orador (2007, p. 21). Lo
sublime es, en efecto, el impacto del arte en el alma humana que permite alcanzar,
por medio del éxtasis de lo prodigioso, la primicia y la inmortalidad de la grandeza
misma.
Según Pseudo-Longino, llegar a esa belleza eminente es un fin natural, ya que
en la propia naturaleza radica el principio originario y arquetípico que sostiene
toda producción. Sin embargo, para el autor, lo sublime no sólo se debe al talento
natural, sino que también requiere del cultivo del arte para poder alcanzarlo. Es
el método, pues, el que delimita y proporciona la medida y el momento preciso
en cada caso (2007, p. 25). Asimismo, entre las fuentes de lo sublime, el autor
identifica a cinco que se basan en la necesaria potencia expresiva y que son
las más productivas. La primera de ellas es la capacidad de concebir grandes
pensamientos; la segunda, la emoción vehemente y entusiástica; la tercera, la
específica forja de las figuras; la cuarta, la expresión noble de la que forman parte
la elección de los nombres y la elocución elaborada; y la quinta, la composición
digna y elevada (2007, pp. 32-33). Las dos primeras fuentes están asociadas
con la disposición natural, mientras que las otras tres obedecen a la práctica y
al perfeccionamiento del método. La crítica contemporánea ha insistido en que
estas fuentes deben leerse no como una lista de recursos técnicos, sino como
una integración de disposición natural y cultivo artístico, cuyo resultado apunta
siempre a la trascendencia. De ahí que lo sublime, para Longino, no se reduzca a
un estilo elevado, sino que constituya una experiencia de comunicación capaz de
desbordar el artificio y producir en el receptor una impresión de verdad y grandeza.
En relación con nuestra película, Pseudo-Longino ya colocaba a las imágenes
en el centro de su reflexión. Al encontrarse en el ámbito de la retórica, se refería
naturalmente a las imágenes verbales, aquellas con las que el oyente parece ver
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