Dossier  
Entre Dos Vidas:  
La Belleza Del Arte Desde  
Kant Y Baudelaire  
Between Two Lives:  
The Beauty Of Art Through Kant And  
Baudelaire  
Rubén Jordán  
Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, Perú.  
Recibido: 11 de Abril de 2025  
Aceptado: 27 de Junio de 2025  
TRAZOS - REVISTA DE ESTUDIANTES DE FILOSOFÍA - AÑO IX - VOL. I. - JUNIO 2025  
páginas 79-91 - E-ISSN 2591-3050  
INSTITUTO DE FILOSOFÍA - FACULTAD DE FILOSOFÍA, HUMANIDADES Y ARTES - UNIVERSIDAD NACIONAL DE SAN JUAN  
Resumen: Este ensayo defiende que el arte bello puede ayudar al ser humano  
tanto a reconciliarse con la realidad que lo rodea como a soñar con la evasión  
de la misma. Para ello, propongo un análisis de dos conocidas obras de arte  
contemporáneo a partir de las indicaciones de Kant y Baudelaire sobre la belleza.  
Por un lado, sostengo que The Floating Piers de Christo y Jeanne-Claude encaja  
bien con la noción kantiana de belleza, en tanto expresión armónica que reduce la  
distancia entre sujeto y objeto. Por otro lado, argumento que En el aire de Teresa  
Margolles evoca la belleza conmovedora y espeluznante que preciaba Baudelaire.  
En ambos casos, me permito sugerir que las obras pueden suscitar también  
rastros de la concepción alternativa de belleza. Con ello, pretendo mostrar que  
el arte bello puede enriquecer las dos vidas del ser humano: la que vive y la que  
sueña.  
Palabras clave: ARTE BELLO - ADECUACIÓN - EVASIÓN  
Abstract: This essay contends that beautiful art can help human beings both  
to reconcile with their surrounding reality and to dream with its evasion. For that,  
I draw from Kant and Baudelaire’s notes on beauty and propose an analysis of  
two well-known contemporary artworks. On the one hand, I claim that Christo and  
Jeanne-Claude’s The Floating Piers fits well with Kant’s notion of beauty, taken as  
an expression of harmony that reduces de subject-object distance. On the other  
hand, I argue that Teresa Margolles’s En el aire evokes the poignant and eerie  
beauty valued by Baudelaire. In both cases, I suggest that these artworks can  
also bring about traces of the alternative conception of beauty. With that I intend  
to show that beautiful art can enrich the two lives of any human being: the one that  
he/she lives and the one he/she dreams of.  
Keywords: BEAUTIFUL ART - ADEQUACY - ESCAPISM  
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“Todos tenemos dos vidas” ―reza un famoso poema― “[…] la que soñamos  
[…] y la que vivimos” (Pessoa, 2016, pp. 310-311). ¿En cuál de las dos habita  
la belleza? ¿Nos hace sentir el arte bello que tenemos un lugar en el mundo,  
como creía Kant? ¿O, más bien, nos acerca al sueño de salir de ese mundo y  
de su insoportable tedio, como sugiere Baudelaire? A mi juicio, ambos tienen  
algo de razón. Algunas obras de arte nos reconcilian con la realidad, mientras  
que otras nos ayudan, melancólicamente, a evadirla. Asimismo, hay obras que  
hacen ambas cosas a la vez. En el presente ensayo, sostengo que el arte bello  
es capaz de llevar a cabo estas dos dinámicas, a partir de dos celebradas obras  
de arte contemporáneo: The Floating Piers de Christo y Jeanne-Claude y En el  
aire de Teresa Margolles. A primera vista, la primera encaja mejor con la belleza  
armónica y conciliadora de Kant, mientras que la segunda sería bella en el sentido  
afligido, imaginativo y rebelde de Baudelaire. Sin embargo, si se mira con sutileza,  
en ambos casos se aprecian también rastros de la concepción contraria. Ello  
mostraría que en el arte bello hay suficiente belleza tanto para vivir esta vida como  
para soñar con otra.  
La belleza como adecuación con el mundo  
Si fuera un puente ordinario, The Floating Piers (Figura 1) ya sería un poco  
kantiano. A fin de cuentas, Kant concebía la razón como una actividad sintética  
del pensamiento que, mediante categorías a priori y formas puras, ordenaba y  
estabilizaba ese amenazante caos de sensaciones que es la realidad empírica.  
Y hacía bien en considerarlo amenazante porque, frente a la precariedad y a la  
indigencia existencial del ser humano, casi cualquier cosa lo es; aunque, quizás,  
el encomio excesivo de la razón no fuera el remedio más acertado. Si fuera un  
puente ordinario, sería esta instalación una muestra más de la terca y fallida  
pretensión humana de usar la razón, en su metamorfosis instrumental, para  
imponerse y controlar la naturaleza que lo rodea, y así eludir y negar el temor que  
esta le genera. Sería solo un fracaso racional más que, pasado el deslumbramiento  
técnico inicial, nos acabaría recordando, por el duro contraste con su entorno,  
esa dolorosa distancia que nos separa del cosmos y que ignora, con crudeza,  
nuestras vanidosas aspiraciones de libertad y dignidad.  
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Figura 1  
Nota. The Floating Piers [Instalación], de Christo & Jeanne-Claude,  
2014-16. Fotografía de Wolfgang Volz, Lago Iseo, Italia. Todos los  
derechos reservados 2016 por Christo and Jeanne-Claude Foundation.  
No obstante, ni The Floating Piers es un puente ordinario, ni lo kantiano en ella  
se limita a la razón pura o práctica. Esta instalación de los artistas Christo y Jeanne-  
Claude cuenta con un trazo simétrico y proporcionado, el cual, escondiendo con  
astucia su precisión matemática, emula y extiende delicadamente los contornos  
de la costa y las montañas aledañas, además de culminar en una plataforma  
cargada de vegetación que recuerda a islas y archipiélagos. De este modo, al ver  
la obra, somos conscientes de que es una creación artística del ser humano y, sin  
embargo, nos ofrece el viso de naturaleza que exigía Kant a la belleza en su Crítica  
del juicio (1992, p. 216). Así, la obra alimenta la histórica esperanza humana de  
reconciliación con nuestro mundo circundante y de encontrar nuestro lugar en él.  
Esa esperanza, a mi juicio, es la misma que tuvo Kant en su época madura  
de la tercera crítica: una esperanza de adecuación con la realidad que no cabe  
alimentar con conceptos ni postulados de la razón, sino con belleza e imaginación.  
Los bloques que conforman esta pasarela gozan de una ligereza sintética que,  
aunada a su tersa y pulida textura, parece levitar suavemente en medio del lago  
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Iseo. Así nos hace ver que el mundo no tiene por qué ser un enemigo agresivo  
que someter, sino que puede ser un aliado de amabilidad recíproca en la tarea de  
encontrar sentido a nuestra vida. La propia naturaleza, en forma de agua, elimina  
toda fricción y resistencia de la superficie de los bloques, y regala la sensación (no  
el conocimiento) de caminar, sin prepotencia, junto con el cosmos y ser parte de  
él. Ello salva, aunque sea momentáneamente, el desgarrador abismo entre sujeto  
y objeto y da cumplimiento al célebre dictado de Kant sobre la belleza: “Las cosas  
bellas indican que el ser humano tiene lugar en el mundo” (2005, p. 533).  
Figura 2  
Nota. The Floating Piers [Instalación], Christo & Jeanne-Claude, 2014-16.  
Fotografía de Wolfgang Volz, Lago Iseo, Italia. Todos los derechos reservados  
2016 por Christo and Jeanne-Claude Foundation.  
Esta reconciliación que la belleza de la instalación proporciona es también  
una cura de humildad que empuja a admitir y convivir con la finitud humana, tal  
como, sabiamente, prescribió Kant en su momento. Es cierto que, en el diseño y  
montaje de esta obra, hay una gran destreza técnica, pero esta destreza, además  
de mimetizarse con la naturaleza en lo que Kant llamaba una pulcritud o prolijidad  
(pünktlichkeit) no penosa (1992, p. 216), no es algorítmica ni determinista y, por  
tanto, no tiene pretensiones de dominación. La propia inestabilidad del agua y  
las brisas incorporan la variable de la imprevisibilidad, que solo la creatividad y  
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el talento pueden sobrellevar. Aquí se aprecia, más bien, la técnica libre y abierta  
a lo inesperado que pedía Kant en el arte bello y que, al complementar el don  
natural del genio, respeta y no transgrede la naturaleza. Es esta última, más bien,  
la que, por medio del artista genial, “le da la regla al arte” (1992, p. 216). La propia  
transitoriedad de la instalación nos enseña lo estéril e innecesario que resulta  
el intento de subyugar y manipular el mundo externo, y que, por el contrario,  
conviene asimilar el lugar que nos corresponde en la creación y forjar bellamente  
un sentido de pertenencia a ella. Por eso, este puente no es simplemente un  
puente instrumental entre dos lugares geográficos; es un puente entre el ser  
humano como fragilidad e indefensión interna, y el mundo como inmensidad e  
imponencia externa.  
No obstante, con algo de sutileza en la mirada, The Floating Piers puede  
convertirse también en una experiencia dolorosa y misteriosa, como las que  
Baudelaire quería que produjera lo bello. Pasado el sentimiento de tregua con la  
naturaleza que ofrece el movimiento sincrónico de bloques, lago y caminantes,  
irrumpe en nosotros la conciencia del tiempo que trae consigo todo movimiento.  
Con cruel ironía, el agua y el viento se siguen moviendo y, al sentirlo, recordamos  
que nosotros mismos seguimos envejeciendo y muriendo. El puente se erige  
en lo que Baudelaire llamó, en referencia a la poesía de Poe, un “testimonio de  
una melancolía irritada” (1857, p. XXI); es decir, la prueba de nuestra condición  
indigente, que, precisamente por ello, aspira ansiosamente a la inmortalidad  
y al cielo. Al amplificar ligeramente la perspectiva (Figura 2), el mundo cercano  
que rodea la plataforma se vuelve inmenso y lejano, y los seres humanos ahí  
instalados se ven a sí mismos minúsculos, como puntos desparramados en una  
gran balsa artificial, la cual aparece como su única promesa de salvación. Se ven  
a sí mismos como “una naturaleza exiliada en lo imperfecto” (Baudelaire, 1857, p.  
XXI), que, pese a ello, lucha con todos sus medios y fuerzas contra la corriente y  
sueña tiernamente con la perfección. ¿De dónde han escapado esos caminantes  
que acuden a The Floating Piers? Inadvertida, pero rápidamente, el sosiego inicial  
que brinda la sensación de caminar flotando en el lago se convierte en un tedioso  
marasmo, en una idea “de lasitud, hasta de saciedad” (Baudelaire, 2017, p. 66).  
Ella, paradójicamente, nos empuja aún más hacia el deseo de elevarnos por sobre  
la aburrida realidad. Como si se replicara, en minutos, la conversión histórica de  
la tranquilidad y estabilidad de la vida burguesa en el aburrido pero desesperante  
spleen de la vida moderna, del cual solo se puede escapar con experiencias  
novedosas y sensaciones intensas, como el brillo naranja de la pasarela.  
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Este carácter ambivalente de la obra de Christo y Jeann-Claude, que sugiere  
fundamentalmente armonía, pero también conmoción, puede refrendarse desde  
planteamientos más contemporáneos como, por ejemplo, el de Walter Benjamin  
(2003). No en vano fue él autor de un original comentario sobre la poesía de  
Baudelaire como expresión de la decadencia del capitalismo moderno (Benjamin,  
2006). Su concepto estético por antonomasia, el aura, guarda cierta semejanza  
con la idea de belleza de Kant, pues también de la primera emana un sentido  
inaccesible a la pura racionalidad. El aura de una obra de arte es la expresión  
ininteligible de su autenticidad y del vínculo con su autor (Benjamin, 2003, pp. 42-  
45), como si en ella se encontraran la subjetividad creativa con la contemplativa  
y de la fusión de ambas surgiera una magnanimidad que sitúa al ser humano.  
Sin embargo, el aura tiene también una dimensión ideológica (Benjamin, 2003,  
pp. 120-121), pues funge como velo intangible que, precisamente por darle  
grandiosidad misteriosa a la obra, oculta a quien la ve las malezas del modo de  
producción que lo rodea y lo distrae de las marcas indelebles de su clase social.  
Por eso tiene sentido que la burguesía temiera tanto la reproductibilidad técnica,  
pues si los proletarios pueden ver en casa fotos de Las meninas o de El triunfo de  
la muerte, el olvido traidor de su clase es menos plausible en comparación con  
quienes rondan museos y exposiciones, no pocas veces ricas en parafernalias y  
costumbres alienantes.  
Así pues, el aura puede esclarecer la convivencia, más paradójica que  
contradictoria, de Kant y Baudelaire en The  
oating piers, como obra perteneciente  
a ese interregno entre un arte aureático y uno posaureático respectivamente. En  
tanto inmensidad que reconcilia con la naturaleza, esta obra tiene una dimensión  
aureática. En tanto pasible de suscitar angustia y aburrimiento, la obra tiene  
características posaureáticas. En esta especie de semi-aura de la instalación, el  
precio de hallar por breves instantes nuestro lugar en el mundo es que queden  
veladas las relaciones de producción que la hicieron posible. Son invisibles a  
quien recorre el puente los cientos de trabajadores que colocaron los bloques y el  
proceso inevitablemente mercantil de su financiación. También la suavidad de sus  
formas y la dulzura de su contacto con el agua inducen a distraernos, cual oasis  
deslumbrante, del conflicto que a su alrededor se libra entre capital y naturaleza, y  
en última instancia, entre el capital y el ser humano. Sin embargo, la transitoriedad  
de la instalación y, sobre todo, su carácter masivo ayudan a evaporar estos  
halos fetichistas. Saber que el proyecto perecerá evoca la inquietud respecto al  
trabajo que se encargará de ello y llama la atención al carácter necesariamente  
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contingente y fluido de lo que, como el capitalismo, parece eterno. Ver a la multitud  
indiferenciada en el puente contrasta con la mezquindad de la diferenciación  
social fuera de él y puede invitar al espectador a buscar la evasión también en  
la realidad social, imaginando para ella alternativas y, por qué no, acciones para  
transformarla. En la obra hay, pues, un contraste entre la vida que soñamos y la  
vida que vivimos.  
La belleza que sueña con otro mundo  
Un desacomodo similar al de The  
oating peers (en su aspecto baudeleriano),  
aunque mucho más agudo, genera En el aire (Figura 3), de la artista mexicana  
Teresa Margolles. Incluso sin mayor contexto, la impresionante inundación con  
burbujas de una habitación blanca y diáfana, es ya toda una provocación. La  
dinámica y el movimiento de las burbujas es espontáneo e intenso, y se aleja  
radicalmente del canon burgués-neoclásico de la belleza, excesiva en cuanto a la  
vocación de representar, ordenar y controlar.  
Figura 3  
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Nota. En el aire [Instalación], de Teresa Margolles, 2003. Todos los derechos  
reservados 2003 por Teresa Margolles.  
Tal como pedía Baudelaire al arte bello, aquí se rompe abruptamente con la  
mediocridad y la previsibilidad de la representación. Sin pretender describir la  
naturaleza, Margolles usa la imaginación para mostrar que el ser humano puede  
emular a Dios y crear, aunque sea artificialmente, paisajes sugerentes, oníricos y  
casi celestiales, y así convivir desde la imperfección con el anhelo de “apoderarse  
inmediatamente, en la tierra misma, de un paraíso revelado” (Baudelaire, 1857, p.  
XXI).  
Sin embargo, la transgresión más original de Margolles consiste en apenas  
un detalle que erosiona la banalidad y la calma que suelen acompañar a la vida  
cotidiana. Este detalle viola la confianza inicial en lo visible y presente en la obra  
y, aunque esté inicialmente oculto, es su componente esencial y el responsable  
de remover con inclemencia nuestras entrañas. Cuando nos enteramos de que  
las burbujas están hechas con la misma agua que se usó en la morgue para  
limpiar cadáveres, se apodera de nosotros una mezcla de horror y repulsión por  
la presencia de la muerte. Se pone explícitamente frente a nosotros nuestra peor  
pesadilla, la finitud, normalmente velada y sublimada en lo más profundo del  
inconsciente. Se arroja la luz diáfana de la habitación y la transparencia de las  
burbujas sobre esa oscuridad, ese misterio y esa negatividad que tanto queremos  
ignorar. Gracias al origen mórbido del agua, aunque esta haya sido desinfectada,  
tomamos conciencia de nuestro inexorable destino y el antes agradable contacto  
de las burbujas con el cuerpo se vuelve incómodo, doloroso, casi insoportable. El  
suelo mismo en el que estamos parados se desmorona y quedamos suspendidos  
en completa soledad, quedamos En el aire, mirando cara a cara nuestro mayor  
temor: la transitoriedad de nuestra existencia, tan frágil, fugaz e insignificante  
como una pompa de jabón.  
La belleza revela así su naturaleza paradójica, pues lo repugnante, bizarro y  
desgraciado de la muerte se alimenta mutuamente con el deseo por la vida. La  
conmoción que genera el recuerdo de que vamos a morir es tan brutal porque  
queremosferozmentevivir. Poresodespiertanlasburbujasunardor[…], asociado  
a un reflujo de amargura, como proveniente de la privación o la desesperanza”  
(Baudelaire, 2017, p. 66), y evaporan tan bien el tedio. La añoranza de inmortalidad  
es lo que vuelve tan agresivo y amenazante a este Tánatos en forma de esferas  
de agua, y tan meritoria la resistencia que ofrece el espectador, lo que da razón a  
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Baudelairecuandoafirmaquelotransitorio, lofugitivo, locontingente, [es]lamitad  
del arte cuya otra mitad es lo eterno y lo inmutable” (2005, p. 34). Pero también  
se aprecia, casi dialécticamente, la dinámica contraria, en la que ver que vamos  
a morir aviva el deseo de vivir, aunque sea otro tipo de vida. Pasado el impacto  
inicial, el horror se vuelve tolerable, casi placentero. La muerte ya no hace tanto  
daño y “[e]l alma entrevé los esplendores situados tras la tumba” (Baudelaire,  
1857, p. XXI). El miedo se vuelve valentía e irreverencia y disponemos nuestras  
almas a sumergirse, como dice un famoso poema de Baudelaire, en “el fondo de lo  
desconocido para buscar lo nuevo” (2006, p. 494), como si fuera la obra “un oasis  
de horror en un desierto de aburrimiento” (2006, p. 492). Muestra bien Margolles,  
comoBaudelaire, quelosefectossubjetivosdelaobraenelespectador, sobretodo  
cuando este es arrancado violentamente de su banal realidad, son el componente  
crucial de la belleza, en desmedro de la armonía o el orden, preciadas por el arte  
burgués, pero tan objetivas como mustias y vulgares.  
Ahora bien, también se puede leer esta obra desde la óptica de Kant. No solo  
desde su caracterización de lo bello, sino también desde su incipiente concepto  
de lo sublime. Antes de saber que la muerte impregna la instalación, la claridad  
de la iluminación y la leve ingravidez de las burbujas producen una sensación  
de ternura y armonía en el espectador, quien siente por un momento que encaja  
plenamente en su entorno. Además, la máquina que genera las burbujas, regida  
por un determinado mecanismo, es indispensable, pero permanece en segundo  
plano, de modo que el espectador no dirige cognitivamente su mirada a esta o  
aquella regla o concepto que hacen posible la obra. Por el contrario, el placer del  
contacto con el agua induce a una reflexión sin conceptos, a un juicio estético  
propiamente kantiano, respecto a cómo es posible que la usualmente reacia  
realidad objetiva pueda mostrarnos una cara tan dócil y fraternal; es decir, genera  
en nosotros una idea estética.  
Sin embargo, si lo bello nos conecta con el mundo, lo sublime, para Kant, nos  
empuja hacia lo que está más allá de este mundo: lo suprasensible y lo divino,  
pues genera sentimientos “de desprecio del mundo y de eternidad” (Kant, 2004,  
p. 5). Este es el único ámbito en el que puede fundamentarse la dignidad del ser  
humano y su concepción como algo más que un amontonado de carne y hueso.  
Es claro, entonces, que En el aire es también sublime, en tanto la desorientación  
y la conmoción que produce el contacto con la muerte obliga a proyectarnos más  
allá de nuestros límites humanos. Nos obliga a proyectarnos hacia lo infinito para  
buscar tal cosa como una dignidad moral, pues conocer la propia miseria es lo  
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que motiva la búsqueda de grandeza. Las burbujas y la habitación prescinden del  
fin objetivo de representar la naturaleza creada y, más bien, realizan el fin subjetivo  
de dar cuenta de la potencia creadora, primero del ser humano en tanto artífice  
de tan sofisticada instalación, pero luego, por analogía, de la divinidad, incluso si  
esta se considera solo hipotética y regulativa.  
También en este caso se puede complementar el análisis desde propuestas  
contemporáneas. En particular, es útil recurrir a Guy Debord y su noción de  
espectáculo (1995), y no porque En el aire sea una expresión del mismo, sino  
porque, en tanto sublime y espeluznante, se le resiste. Si la sociedad del  
espectáculo de Debord es la culminación de la lógica representacional de la  
mercancía capitalista (1995, p. 8), en la obra de Margolles lo que desacomoda  
es, precisamente, el quiebre de la representación. Las burbujas transparentes  
ni representan ni pretenden representar la muerte, por lo demás irrepresentable,  
sino que la hacen presente gracias a la inmediatez de su contacto con la piel. Si  
el espectáculo, para Debord, es pura positividad (1995, p. 11), las burbujas, en la  
delicada actualización de su propia muerte son, más bien, pura negatividad. Si  
el espectáculo, como el capital, se arroga la posición de trascendencia última y  
límite mismo de la realidad (Debord, 1995, p. 14), los escalofríos que en nuestro  
cuerpo suscita el agua fría de los cadáveres abre grietas en la ilusión de buscar  
inmortalidad en la banalidad y la materialidad el capitalismo, tan contingente y  
autodestructivo como incapaz de vencer la muerte. Mientras el espectáculo  
hace ver como afirmación de la vida lo que en realidad es su negación (Debord,  
1995, p. 10), En el aire esconde bajo la apariencia de afirmación de la muerte, la  
afirmación de la vida. Si el espectáculo es soporífero, lo sublime de esta obra es  
agresivamente sobrecogedor. Si “el espectáculo es la pesadilla de la sociedad  
moderna encadenada que no expresa finalmente más que su deseo de dormir”  
(Debord, 1995, p. 14), las burbujas horriblemente bellas de Margolles nos hacen  
soñar despiertos en un intersticio entre lo inmortal y lo perecedero, entre lo  
trascendente y lo inmanente, es decir, entre la vida que soñamos y la vida que  
vivimos.  
Muestran entonces, En el aire al igual que The Floating Piers, que la  
transformación del concepto de belleza desde Kant hasta Baudelaire no fue  
casualidad, sino el reflejo de la tensión entre dos tipos de vida. Muestran que, junto  
a la armonía y el placer que puede generar el arte, siempre estuvo y estará latente  
la dimensión trágica de la vida humana. Muestran que eliminar completamente  
la distancia con la naturaleza es imposible y que esta siempre se las arregla para  
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hacerse visible y generarnos dolor, aunque, en lugar de huir de ese dolor, se lo  
pueda mirar a los ojos gracias al arte. Y esta transición muestra que incluir el  
sufrimiento y los aspectos desagradables de la vida en el concepto de lo bello  
era indispensable para equilibrar la búsqueda de nuestro lugar en el mundo con  
el sueño, a veces duro pero legítimo, de liberarnos de la banalidad de ese mundo.  
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Referencias bibliográficas  
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Debord, Guy. (1995). La sociedad del espectáculo (Rodrigo Vicuña Navarro, Trad.).  
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Pessoa, Fernando. (2016). Poesía (José Antonio Llardent, Trad.). Alianza Editorial.  
Cómo citar este artículo:  
Jordán, R. (2025). Entre dos vidas: la belleza del arte desde Kant y Baudelaire.  
Trazos-Revista de estudiantes de Filosofía, 1(9), 79 - 91  
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