Baudelairecuandoafirmaque“lotransitorio, lofugitivo, locontingente, [es]lamitad
del arte cuya otra mitad es lo eterno y lo inmutable” (2005, p. 34). Pero también
se aprecia, casi dialécticamente, la dinámica contraria, en la que ver que vamos
a morir aviva el deseo de vivir, aunque sea otro tipo de vida. Pasado el impacto
inicial, el horror se vuelve tolerable, casi placentero. La muerte ya no hace tanto
daño y “[e]l alma entrevé los esplendores situados tras la tumba” (Baudelaire,
1857, p. XXI). El miedo se vuelve valentía e irreverencia y disponemos nuestras
almas a sumergirse, como dice un famoso poema de Baudelaire, en “el fondo de lo
desconocido para buscar lo nuevo” (2006, p. 494), como si fuera la obra “un oasis
de horror en un desierto de aburrimiento” (2006, p. 492). Muestra bien Margolles,
comoBaudelaire, quelosefectossubjetivosdelaobraenelespectador, sobretodo
cuando este es arrancado violentamente de su banal realidad, son el componente
crucial de la belleza, en desmedro de la armonía o el orden, preciadas por el arte
burgués, pero tan objetivas como mustias y vulgares.
Ahora bien, también se puede leer esta obra desde la óptica de Kant. No solo
desde su caracterización de lo bello, sino también desde su incipiente concepto
de lo sublime. Antes de saber que la muerte impregna la instalación, la claridad
de la iluminación y la leve ingravidez de las burbujas producen una sensación
de ternura y armonía en el espectador, quien siente por un momento que encaja
plenamente en su entorno. Además, la máquina que genera las burbujas, regida
por un determinado mecanismo, es indispensable, pero permanece en segundo
plano, de modo que el espectador no dirige cognitivamente su mirada a esta o
aquella regla o concepto que hacen posible la obra. Por el contrario, el placer del
contacto con el agua induce a una reflexión sin conceptos, a un juicio estético
propiamente kantiano, respecto a cómo es posible que la usualmente reacia
realidad objetiva pueda mostrarnos una cara tan dócil y fraternal; es decir, genera
en nosotros una idea estética.
Sin embargo, si lo bello nos conecta con el mundo, lo sublime, para Kant, nos
empuja hacia lo que está más allá de este mundo: lo suprasensible y lo divino,
pues genera sentimientos “de desprecio del mundo y de eternidad” (Kant, 2004,
p. 5). Este es el único ámbito en el que puede fundamentarse la dignidad del ser
humano y su concepción como algo más que un amontonado de carne y hueso.
Es claro, entonces, que En el aire es también sublime, en tanto la desorientación
y la conmoción que produce el contacto con la muerte obliga a proyectarnos más
allá de nuestros límites humanos. Nos obliga a proyectarnos hacia lo infinito para
buscar tal cosa como una dignidad moral, pues conocer la propia miseria es lo
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