es capaz de resistir a la dominación de la fuerza fuerte del presente —la extracción
capitalista, en este caso— y despertar la conciencia histórica; pero es débil, por
contraposición a la fuerza fuerte, porque tiene la capacidad de recibir el pasado,
de representar sin cesar las voces que han sido enterradas. De este modo, la
potencia de la obra recae en la fuerza crítica del ethos barroco, pero esta fuerza
resulta débil porque no se ejerce con violencia, sino desde la resistencia. En otras
palabras, desde la resistencia de la representación de la naturaleza y las culturas
que han sido destruidas.
Ahora bien, el espectador en El triángulo de sacrificio está observando
cómo lentamente se va oxidando no solo los triángulos de la obra, sino también el
triángulo de litio entre Bolivia, Argentina y Chile. Esta imagen es el presente que se
está destruyendo, que se pierde en tiempo real. Dicha imagen se convierte en el
recuerdo que “relampaguea en un instante de peligro” (Benjamin, 2009, p. 41). La
representación escultórica, sumada a la instalación sonora, atrapa al espectador
en la crisis que se vive actualmente, lo que genera un shock que despierta o hace
abrir los ojos al espectador frente al terror del mundo
(Adorno, 1983).
Por otra parte, en tanto utopía negativa, la obra no presenta un tiempo terminal
formulado con pretensiones proféticas; más bien, plantea la idea de un tiempo
limitado de la Tierra que no estaría determinado por una ley supranatural, sino
definido por las propias prácticas humanas.
La obra de Morató y Mazón expande el horizonte con respecto a lo que se
consideraquedebeserrecordado.Sidesdelanociónantropológicadelcapitalismo
la naturaleza se ha entendido como algo extraño que debe ser dominado por el
hombre, entonces las expresiones artísticas del ethos barroco retornan hacia la
naturaleza como un acto de resistencia cultural y política frente al capitalismo.
Ante la violencia de este sobre la naturaleza, es considerada como un objeto que
debe ser protegido de la mano humana y, en la medida en la que es violentada
y destruida, se considera necesario permitirle ingresar en la memoria. Este tipo
de noción ha aparecido en el arte contemporáneo como en las obras de Juan
Manuel Echavarría, titulada El testigo vivo de la masacre de Las Brisas (2010), en
la serie Testigos (2010) y en la conocida obra Musa Paradisíaca (1996), de José
Alejandro Restrepo. Retomando al concepto de utopía negativa, El triángulo de
sacrificio no presenta una naturaleza mejor, sino la imagen de una naturaleza que
se va deteriorando frente a las prácticas capitalistas contemporáneas.
Por tanto, frente a El triángulo del sacrificio se tiene la sensación de un
presente que se torna un pasado irreversible al instante; esto genera la sensación
119