técnicas de machine learning, deep learning, toma de decisiones, representación
del conocimiento, administración y optimización de redes, solución de problemas,
entre otros. Así “la inteligencia artificial es un conjunto de mecanismos,
herramientas y procesos computacionales que tienen como fin el aprendizaje
automático, el reconocimiento sensorial, identificación de patrones, entre otras
cosas” (Lemus, 2023, p. 2), facilitando el análisis de los datos recabados gracias
al uso de los algoritmos. Su aplicabilidad, en relación con los algoritmos, introduce
uno de los principales problemas que surgen al considerar el uso de estos en la
cotidianidad, en su relación con el individuo entendido como usuario, pues los
algoritmos;
<<dependen de gestionar, comprender y responder a la cantidad
masiva de datos generados por los usuarios en tiempo real>>.
No sólo a través del teclado, donde la contribución del usuario es
deliberada, sino a través de sensores, donde la transacción de datos
es invisible. (Peirano, 2019, p. 229)
Los algoritmos adquieren una nueva dimensión, pues su sentido ya no se
encuentra únicamente en función de su utilidad tecnológica, sino que adquieren
una nueva relevancia política, social y ética. De esta forma, los algoritmos dejan
de ser exclusivamente una construcción lógica-matemática, y comienzan a ser
usados para describir condiciones legales y sociales en gran escala (Roio, 2018,
p. 17), puesto que los datos recabados de los usuarios son de importancia en
marcos políticos, económicos y sociales. Desde esto, se comprende el tercer
elemento que constituye esta idea: la arquitectura de las redes.
La topografía de los algoritmos surge como un concepto que permite
comprender la conjunción de estos en una dimensión digital que es abstracta, en
la que se presentan condiciones para todo lo que existe en ella (Roio, 2018, p. 17).
Es decir, se brinda un espacio posibilitado por el propio conjunto de los algoritmos,
los cuales establecen las condiciones de existencia dentro de este. Los esquemas
algorítmicos, establecen las condiciones que determinan una ontología dentro del
espacio virtual, en una arquitectura de la zona digital definida por “el anonimato
relativo, la distribución descentralizada, múltiples puntos de acceso, ausencia
de necesidad de ataduras geográficas, inexistencia de un sistema simple para
identificar contenidos y herramientas criptográficas” (Peirano, 2019, p. 186). La
dimensión digital, se constituye como un territorio que permea en la cotidianidad
del individuo, siendo este un usuario que vive en esta nueva arquitectura definida
desde el algoritmo; una arquitectura que permite la interconexión entre usuarios
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