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Cartografías Sensibles.
Pensar Una Escritura Del
Territorio
Sensitive Cartographies. Thinking A
Writing Of Territor
y
TRAZOS - REVISTA DE ESTUDIANTES DE FILOSOFÍA - AÑO IX - VOL. II. - DICIEMBRE 2025
páginas 34-46 - E-ISSN 2591-3050
http://www.ojs.unsj.edu.ar/index.php/trazos/
INSTITUTO DE FILOSOFÍA - FACULTAD DE FILOSOFÍA, HUMANIDADES Y ARTES - UNIVERSIDAD NACIONAL DE SAN JUAN
Recibido: 31 de agosto de 2025
Aceptado: 31 de octubre de 2025
Celsio Arceu Alarcón
Universidad de Valparaíso. Valparaíso, Chile.
celsio.arceu.a@gmail.com
Dossier
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TRAZOS - AÑO IX – VOL.II – DICIEMBRE 2025 - e-ISSN 2591-3050
Resumen: Este artículo aborda la cartografía sensible como una forma de
pensar y escribir el espacio desde la experiencia situada. No se trata de representar
un territorio previo, sino de producirlo en el mismo acto de escritura, a través de
la percepción, el cuerpo y la memoria. La cartografía sensible es fragmentaria,
abierta y en constante transformación, porque el espacio mismo está en devenir.
Georges Perec permite reexionar sobre el espacio cotidiano, sus límites y
umbrales, mientras que Gilles Deleuze impulsa una concepción del mapa como
rizoma, sin centro ni unidad, donde cada trazo congura nuevas conexiones.
Desde esta perspectiva, escribir es cartograar, y el territorio emerge como una
construcción singular que articula cuerpo, entorno y relaciones.
Palabras clave: cartografía sensible – escritura –territorio.
Abstract: This article explores sensitive cartography as a way of thinking and
writing space from a situated experience. It does not represent a pre-existing
territory but produces it through writing, perception, and embodied memory.
Sensitive cartography is fragmentary, open, and in constant transformation, since
space itself is always becoming. Georges Perec reects on everyday space, its
limits and thresholds, while Gilles Deleuze redenes mapping as a rhizomatic
practice, without center or unity, where each trace generates new connections.
In this sense, writing is mapping, and territory emerges as a singular construction
linking body, environment, and relations.
Keywords: sensitive cartography – writing – territory.
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Escribir no tiene nada que ver con signicar,
sino con deslindar, cartograar
Deleuze y Guattari
La escritura, en su sentido más elemental, consiste en el acto de trazar signos
sobre una supercie —o, como es en nuestros tiempos, en algún soporte digital—
con el n de producir huellas que puedan ser interpretadas. Sin embargo, esta
práctica excede la mera producción de signicados. La tradición losóca ha
mostrado con insistencia los límites de la escritura y del lenguaje mismo frente
a la realidad. Kant, al situar la facultad de conocer en el sujeto, establece la
imposibilidad de acceder a “la cosa en sí”, lo nouménico, aquello que permanece
inaccesible a la representación conceptual. Más tarde, Nietzsche radicaliza esta
crítica: el lenguaje no es sino una construcción humana y las palabras no son más
que: “la imagen sonora de un estímulo nervioso” (Nietzsche, 2018, p. 22), y por lo
tanto son incapaces de establecer una correspondencia directa entre las palabras
y las cosas.
Pensando desde otro tipo de escritura, la poesía, por ejemplo, nos
encontramos con el escritor chileno Juan Luis Martínez, quien nos sitúa en este
plano discursivo. En su obra, La nueva novela, ofrece un ejemplo esclarecedor
mediante su poema Observaciones sobre el canto de los pájaros. Allí compara el
lenguaje humano con el canto de los pájaros, sugiriendo que la naturaleza no se
expresa en palabras ni sonidos signicantes, sino en un silencio que trasciende el
discurso. El “pajarístico”, como lo denomina Martínez, aparece como un “lenguaje
transparente”, opuesto a la opacidad de las lenguas humanas, cargadas de
“palabras fantasmas”. En este caso, la metáfora revela la tensión entre la palabra
y lo real, recordándonos que toda signicación humana es incapaz de agotar el
afuera, limitándose así a la vida humana.
Para la naturaleza no es el canto de los pájaros
ni su equivalente, la palabra humana, sino el silencio,
el que convertido en mensaje tiene por objeto
establecer, prolongar o interrumpir la comunicación
para vericar si el circuito funciona
y si realmente los pájaros se comunican entre ellos
a través de los oídos de los hombres
y sin que estos se den cuenta.
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NOTA:
Los pájaros cantan en pajarístico,
pero los escuchamos en español.
(El español es una lengua opaca,
con un gran número de palabras fantasmas;
el pajarístico es una lengua transparente y sin palabras)
(Martínez, 2016, p. 89)
En este poema, la relación entre lenguaje y realidad se reformula al situarse en
el ámbito de lo afuera. Nos abre a pensar la exterioridad de nuestro lenguaje, más
allá de lo humano. Allí, los sonidos que reproducimos bajo la forma lingüística y
los trazos signicantes aparecen únicamente como guras que se inscriben sin
alcanzar una verdad trascendente en la naturaleza. Hay intensidades, resonancias
que se asemejan con el canto de los pájaros, puesto que ellos perciben nuestro
lenguaje en su misma transparencia, por tanto, se pierde el sentido en la recepción
de las otras especies y cosas. Sin embargo, nuestras palabras y sus conjunciones
—aunque limitadas y referidas solo a nuestra propia esfera— cumplen una función
fundamental para nuestras relaciones sociales: posibilitan la comunicación,
la construcción de imágenes y la producción de sentido que hace posible la
comprensión mutua.
Otro autor contemporáneo que articula una perspectiva espacial de la escritura
es el lósofo Michel Foucault. Durante su etapa arqueológica, particularmente en
La arqueología del saber y en ensayos como El pensamiento del afuera, sostiene
que el discurso no puede representar de manera total la exterioridad, pero sí
se constituye como objeto en la medida en que genera formas, conexiones y
supercies. En este marco, los discursos se despliegan en redes fragmentarias e
inestables, siempre atravesadas por relaciones de poder y situadas en el espacio
de la exterioridad. Es importante señalar que Foucault distingue entre afuera
el espacio informe de las fuerzas— y exterioridad —el medio donde ocurren las
relaciones de fuerzas y pueden ser denidas—, aunque sin profundizar en estos
conceptos aquí, su aporte resulta clave para pensar un nuevo giro ontológico
espacial. Serán fundamentales estas reexiones que plantea Foucault para
otros autores como Deleuze, este último retoma y repiensa estas problemáticas,
reconociendo la importancia de la escritura como práctica activa: “Escribir es
luchar, resistir; escribir es devenir, escribir es cartograar, soy un cartógrafo”
(Deleuze, 2015, p. 71). La cita evidencia cómo la escritura no solo representa, sino
que interviene, traza conexiones y produce un plano de relaciones, integrando así
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la noción de cartografía, término clave para re-pensar la escritura hoy.
En este sentido, escribir no puede totalizar, no puede signicar. Sin embargo,
algo puede entregarnos, y la reexión de Gilles Deleuze y Félix Guattari nos
ofrecerá un punto de inexión. Para ellos, la escritura no consiste en signicar,
sino en cartograar. La cartografía, en este sentido, no busca representar una
totalidad, sino trazar, deslindar y delimitar. Escribir es mapear intensidades y
relaciones, más que describir objetos. Cartograar no implica representar un
territorio ya dado, sino deslindar, trazar límites, abrir un mapa en constante
construcción. El término deslindar —del latín delimitareremite tanto a la acción
de marcar fronteras como a la de claricar. De este modo, escribir se convierte en
un ejercicio espacial: no una captura denitiva del afuera, sino la producción de
un mapa escrito que registra relaciones, intensidades y movimientos desde una
experiencia situada.
A partir de estas perspectivas, el presente ensayo se propone analizar la noción
de cartografía sensible como una forma de escritura que, lejos de pretender
representar el mundo de manera exhaustiva, busca abrir un espacio de relación
con la exterioridad. Se expondrá un análisis del uso del término cartografía
desarrollados en Mil mesetas por Deleuze y Guattari, para luego, articular con la
mirada espacial de George Perec, una posición respecto de lo que es experiencia
situada. La hipótesis que orienta esta investigación sostiene que la escritura-
cartografía no es un ejercicio representacional, sino productivo: congura modos
de habitar y de percibir el territorio a través de trazados que permanecen abiertos,
fragmentarios y localizados. En este sentido, la cartografía puede pensarse como
una escritura sensible del territorio. Así como el geógrafo o el arquitecto delinean
supercies a partir de la observación de los relieves, la escritura, desde esta
reexión y desde cualquiera de sus entradas, como la poesía y la losofía, por
ejemplo, puede trazar mapas que no buscan agotar la realidad, sino abrir nuevas
formas de relación con ella desde la experiencia situada. Al reconocer el límite del
discurso y su imposibilidad de decirlo todo, la escritura-cartografía se vuelve un
acto de sensibilidad individual que se abre hacia la exterioridad: una manera de
acercarse al devenir, la multiplicidad, el silencio del afuera y, desde allí, proponer
nuevas lecturas, re-escrituras y formas-de-vida.
Cartografía y rizoma
En Mil mesetas (1980), segunda parte de Capitalismo y esquizofrenia, Gilles
Deleuze y Félix Guattari desarrollan una de las nociones más inuyentes de su
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obra: el rizoma. Este concepto se erige como una gura crítica frente a las formas
clásicas y modernas de comprensión de la realidad, que se apoyaban en modelos
dicotómicos o en estructuras arbóreo-genealógicas. Frente a ellas, el rizoma
propone una manera distinta de pensar el devenir y la multiplicidad.
Los autores señalan que “el rizoma tiene formas muy diversas, desde su
extensión supercial ramicada en todos los sentidos hasta sus concreciones
en bulbos o tubérculos” (Deleuze y Guattari, 2015, pp. 12-13). La metáfora
botánica ilustra la naturaleza orgánica de los fenómenos: estos no siguen un
orden jerárquico ni lineal, sino que surgen, se desplazan y se conectan de
manera transversal, como raíces que se expanden en distintas direcciones. Esta
perspectiva implica una ruptura con nociones tradicionales como el origen, el
centro o el sujeto, orientando la reexión hacia la exterioridad y hacia una lógica
de conexiones múltiples.
La imagen del bulbo o del tubérculo resulta especialmente signicativa.
Estos brotes acumulan sustancias diversas y permiten comprender cómo los
fenómenos —incluidas las formas de vida y de conocimiento— se constituyen
por la conuencia de múltiples variables que inciden sobre cada individuo en su
exterioridad corporal. De ahí la armación central de Deleuze y Guattari: “no hay
unidad principal, todo es multiplicidad” (Deleuze y Guattari, 2015, p. 12). El rizoma
rompe así con la idea de una unidad lineal o de una totalidad cerrada, situando en
su lugar un plano abierto de relaciones y fuerzas.
En este plano rizomático, cada cuerpo puede devenir un centro provisional,
pues las conexiones no responden a una jerarquía, sino a la proliferación de
multiplicidades. Se trata de una forma de pensamiento que desarticula la clásica
oposición sujeto/objeto y desplaza la búsqueda de un origen absoluto. En esta
línea, puede ponerse en diálogo con Michel Foucault, quien también concibe
el espacio como el lugar donde se conguran relaciones de fuerza. La mirada
contemporánea que abre el rizoma no solo problematiza las estructuras de poder,
sino que sitúa al cuerpo —atravesado y afectado por su entorno— en el centro de
un campo de relaciones múltiples, dinámicas y siempre abiertas.
Las multiplicidades son rizomáticas […] No hay unidad que sirva
de pivote en el objeto o que se divida en el sujeto. No hay unidad,
ni siquiera para abortar en el objeto o para reaparecer en el sujeto.
Una multiplicidad no tiene ni objeto ni sujeto, sino únicamente
determinaciones, tamaños, dimensiones que no pueden aumentar
sin que ella cambie de naturaleza. (Deleuze y Guattari, 2015, p. 14)
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Uno de los principios elementales que presentan los autores sobre la gura del
rizoma es la multiplicidad, instancia donde se puede conectar la relación entre
espacio y devenir. Deleuze y Guattari sostienen que “solo cuando lo múltiple
es tratado efectivamente como sustantivo, multiplicidad, deja de tener relación
con lo Uno como sujeto o como objeto, como realidad natural o espiritual, como
imagen o mundo” (Deleuze y Guattari, 2015, pp. 13-14). En este sentido, una
multiplicidad no se organiza en torno a un centro ni a una unidad previa; “no hay
unidad que sirva de pivote en el objeto o que se divida en el sujeto” (Deleuze y
Guattari, 2015, p. 14), sino tan solo dimensiones y variaciones que cambian
de naturaleza en el mismo movimiento en que se conectan. La multiplicidad,
entonces, no se mide con patrones jos, pues “no hay unidades de medida, sino
únicamente multiplicidades y variedades de medida” (Deleuze y Guattari, 2015,
p. 14). Este modo de pensar desplaza la mirada hacia un espacio de exterioridad:
el plan de consistencia, denido como el afuera en el que las multiplicidades se
conectan, se transforman y se redenen mediante líneas de fuga o procesos de
desterritorialización. La multiplicidad, así entendida, abre un plano espacial en el
que lo real no se organiza por unidades centrales, sino por conexiones móviles y
uctuantes, siempre abiertas al afuera.
Una dimensión central del rizoma es su carácter cartográco. Deleuze y
Guattari insisten en que el rizoma se traza como un mapa que se va componiendo
en devenir y no copiar una forma de realidad: “Muy distinto es el rizoma, mapa
y no un calco” (Deleuze y Guattari, 2015, p. 17), lo que implica que no buscan
reproducir ni imitar una realidad previamente dada, sino producirla mediante
conexiones y desplazamientos. A diferencia del calco, que copia formas jas y
clausuradas, el mapa se orienta hacia la experimentación y actúa directamente
sobre lo real. Por ello, el mapa forma parte activa del rizoma, contribuyendo a
la conexión de campos, procesos de auto modelación singular y a la apertura
sobre el plan de consistencia. Su potencia radica en que es abierto, desmontable,
alterable y susceptible de recibir constantemente modicaciones, siempre con
múltiples entradas y salidas.
Si el mapa se opone al calco es precisamente porque está
totalmente orientado hacia una experimentación que actúa sobre lo
real. El mapa no reproduce un inconsciente cerrado sobre sí mismo,
lo construye. Contribuye a la conexión de campos, al desbloqueo
de los cuerpos sin órganos, a su máxima apertura en un plan de
consistencia. Forma parte del rizoma. El mapa es abierto, conectable
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en todas sus dimensiones, desmontable, alterable, susceptible de
recibir constantemente modicaciones. (Deleuze y Guattari, 2015,
p. 18)
En este sentido, la cartografía no constituye un análisis abstracto ni
una representación universal, sino una práctica pragmática que compone
multiplicidades y distribuye intensidades. El mapa puede concebirse como obra
de arte, acción poética o ejercicio meditativo, en tanto escritura experimental del
espacio. El mapa se va escribiendo en la experiencia situada. En consecuencia,
pensar el rizoma como mapa implica reconocerlo como un dispositivo de creación
y de devenir, más que como un modelo de representación: un espacio abierto en
permanente proceso de construcción. La cartografía, en el sentido deleuziano,
no es un simple registro ni una representación estática del territorio; es un acto
de producción y relación con el espacio. La noción de cartografía sensible retoma
esta idea, enfatizando la experiencia situada y la escritura como prácticas que
emergen desde el cuerpo y su percepción del entorno. Escribir, en este marco,
signica trazar de manera fragmentaria los procesos de devenir del espacio, re-
escribiendo el territorio en cada instante y poniendo en juego la singularidad de
quien observa.
El cuerpo actúa como instrumento que mide, percibe y establece conexiones
entre los elementos del entorno. Cada gesto, cada observación, cada registro
constituye una forma de mapear el espacio desde su propia experiencia, en
diálogo con la multiplicidad de intensidades y relaciones que lo atraviesan. El
territorio, así entendido, está en constante transformación: edicios, caminos y
paisajes cambian, modicando las relaciones espaciales y la percepción que de
ellas se tiene.
La escritura fragmentaria que produce la cartografía sensible reeja este
dinamismo: no busca totalizar ni jar la realidad, sino construir fragmentariamente
un momento, con un paisaje, sus variables y reexiones individuales que piensan
el entorno. En este sentido, escribir se convierte en un acto creativo y situacional,
donde cada trazo no solo registra, sino que también genera relaciones, apertura
y conexiones posibles dentro de un espacio siempre en devenir. La cartografía
sensible, entonces, es una forma de escritura que reconoce el movimiento, la
multiplicidad y la singularidad, situando al cuerpo y a la percepción en el centro de
la experiencia del territorio.
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Georges Perec: espacio, cuerpo, límite
Georges Perec, en Especies de espacios, introduce su reexión espacial a
partir de la imagen de un mapa en blanco, tomado de La caza del Snark de Lewis
Carroll, al que denomina “Mapa del Océano”. Este mapa no ofrece trazos ni
coordenadas, y carece de puntos cardinales, presentando así un espacio abierto,
libre e incluso interpretable como vacío. La única delimitación perceptible son los
bordes de la hoja, que contienen esa extensión innita: sin ellos, el espacio sería
un continuo inabarcable. La elección de Perec evidencia una primera operación
conceptual: situar los límites como condición necesaria para percibir y pensar el
espacio, estableciendo una noción de frontera que no depende de referencias
absolutas, sino del marco desde el que el sujeto observa.
El autor enfatiza que su interés no se centra en el vacío, sino en aquello que lo
rodea o se encuentra dentro de estos límites: “Al principio, no hay gran cosa: la
nada, lo impalpable, lo prácticamente inmaterial: la extensión, lo exterior, lo que
es exterior a nosotros, aquello en medio de lo cual nos desplazamos, el medio
ambiente, el espacio del entorno” (Perec, 1974, p. 23). Perec nos da un punto de
partida respecto a su obra. En primera instancia, negando la percepción clásica del
vacío, nos hace pensar el espacio como esa demarcación matemática inmaterial,
pensada como los límites que lo bordean. Luego agrega otro aspecto, lo interior
de esos límites, en tanto extensión y exterioridad de la percepción individual,
supercie de relieves y cuerpos heterogéneos que se relacionan, donde también
nos ponemos en movimiento y nos desplazamos. Es importante agregar desde
que terminología dene este espacio, utilizando una terminología relacionada con
la física, y se reere al entorno o medio ambiente, también conocido como mileu.
Esta cita sugiere que el espacio se construye desde la experiencia situada: no
como una abstracción innita, sino como una supercie tangible donde cuerpos
y objetos interactúan. En otras palabras, el espacio no se percibe de manera
uniforme o absoluta, sino que se maniesta a través de los límites que conguran
la percepción individual y la interacción con el entorno físico.
Perec extiende esta idea al enfatizar la proximidad de los espacios de
experiencia cotidiana:
El espacio. No tanto los espacios innitos, aquéllos cuyo mutismo,
a fuerza de prolongarse, acaban provocando algo que parece miedo,
ni siquiera los ya casi domesticados espacios interplanetarios,
intersiderales o intergalácticos, sino espacios mucho más próximos,
al menos en principio: las ciudades por ejemplo, o los campos, o los
pasillos del metropolitano, o un jardín púbico. (Perec, 1974, p. 23)
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La atención a lo cercano refuerza la noción de experiencia situada: el cuerpo
se encuentra en un lugar particular, con límites perceptibles que determinan el
horizonte de lo observable. El espacio, entonces, es simultáneamente exterioridad
y supercie de interacción, donde los individuos se desplazan, perciben y
establecen relaciones con otros cuerpos y objetos.
Perec invita a repensar el espacio desde una perspectiva situada y terrenal,
donde la percepción y el cuerpo son fundamentales para comprenderlo. Según
el autor, “los espacios se han multiplicado, fragmentado y diversicado. Los hay
de todos los tamaños y especies, para todos los usos y para todas las funciones.
Vivir es pasar de un espacio a otro haciendo posible para no golpearse” (Perec,
1974, p. 25). Esta fragmentación subraya que el espacio no es homogéneo ni
absoluto, sino plural, dinámico y condicionado por la experiencia concreta de
quien lo habita.
También piensa el cuerpo:
Nos servimos de los ojos para ver. Nuestro campo visual nos
desvela un espacio ilimitado: algo vagamente redondo, que se para
muy rápido a izquierda y a derecha y que no baja ni sube demasiado
alto. Si cerramos un ojo, conseguimos ver la punta de nuestra
nariz; si subimos los ojos vemos que hay un arriba. Si los bajamos
vemos que hay un abajo, si volvemos la cabeza en una dirección y
luego en la otra, ni siquiera llegamos a ver completamente todo lo
que hay a nuestro alrededor; hay que hacer girar el cuerpo para ver
absolutamente lo que había detrás.
Nuestra mirada recorre el espacio y nos proporciona la ilusión del
relieve y de la distancia. Así construimos el espacio: con un arriba
y un abajo, una izquierda y una derecha, un delante y un atrás, un
cerca y un lejos. (Perec, 1974, p. 123)
El cuerpo se convierte en un instrumento perceptivo que delimita el espacio a
través de la vista, el movimiento y la orientación. La percepción corporal genera
referencias espaciales —arriba/abajo, izquierda/derecha, cerca/lejos— y permite
que el individuo construya su propio mapa del entorno.
Desde esta perspectiva, la obra de Perec anticipa nociones que se desarrollarán
en el marco de la cartografía sensible. El espacio no es un absoluto abstracto ni
un escenario neutro, sino un campo de intensidades y relaciones, delimitado por
la percepción del cuerpo y su interacción con el entorno. La cartografía, entendida
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como escritura espacial y sensible, encuentra en esta reexión un precedente:
trazar límites, observar el movimiento y situar la experiencia del sujeto en relación
con la multiplicidad de fenómenos que conguran el territorio. En consecuencia,
la propuesta de Perec permite conectar la dimensión literaria con la losóca,
ofreciendo un modelo en el que el espacio se percibe, se mide y se escribe desde
la singularidad de la experiencia corporal.
Este enfoque evidencia que el espacio se transforma continuamente, se
diluye y se renueva con el tiempo: “El espacio se deshace como la arena que
se desliza entre los dedos… dejar alguna parte del surco, un rastro, una marca o
algunos signos” (Perec, 1974, p. 140). La escritura, en este marco, se convierte
en una forma de retener y cartograar la experiencia situada. Cada trazo, cada
marca, representa un fragmento del territorio percibido, constituyendo un registro
sensible de los movimientos, los límites y las relaciones entre los cuerpos
y su entorno. En este sentido, la obra de Perec piensa algo similar a la noción
planteada de cartografía sensible: un mapa que no reproduce un espacio jo, sino
que lo produce, registra y recongura continuamente desde la singularidad del
observador.
Leído desde los mapas de Deleuze y Guattari, el trabajo de Perec permite
precisar el sentido de la cartografía sensible que aquí se presenta. Cuando Perec
describe los espacios cotidianos -calle, barrio, ciudad, habitación- y muestra
cómo el cuerpo los recorre construyendo referencias como arriba/abajo, cerca/
lejos o dentro/fuera, no está simplemente registrando un escenario previo, sino
componiendo un mapa fragmentario de la experiencia. Ese gesto nombrado
anteriormente de “dejar alguna parte del surco, un rastro, una marca o algunos
signos” puede entenderse como una práctica de mapeo que resuena con la
noción delueziana del mapa: abierto, modicable, sin centro ni jerarquía, hechos
de conexiones singulares más que de formas jas. Mientras como Deleuze y
Guattari piensan el mapa como rizoma y plan de consistencia, Perec pone en
escena, a través de la escritura, las líneas sensibles de ese mapa en el nivel de
lo cotidiano. Desde ahí la noción de cartografía sensible nombra el cruce entre
ambos: una escritura que, al atender al cuerpo y al entorno inmediato, traza mapas
singulares del territorio en devenir.
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Conclusiones
La cartografía sensible puede entenderse como un modo de escritura que,
lejos de pretender representar el territorio como una totalidad ja, lo produce en su
dinamismo, lo registra en su devenir y lo recongura en cada gesto de observación
y trazo. No se trata de un mapa cerrado, sino de una práctica abierta que pone
en juego el cuerpo, la percepción y la experiencia situada. En esta perspectiva,
escribir es cartograar: deslindar, trazar, delimitar y, al mismo tiempo, abrir nuevas
conexiones.
Esta práctica es capaz de reescribir el territorio porque no lo concibe como un
espacio dado, sino como un campo de intensidades, relaciones y multiplicidades
en constante transformación. Allí, el territorio se vuelve siempre provisional,
fragmentario y plural: no se limita a ser un soporte físico, sino que se constituye a
través de la mirada, el movimiento y la sensibilidad de quienes lo habitan.
Así, la cartografía sensible se erige como un acto poético y político: poético
porque traza desde la singularidad y la imaginación nuevas formas de habitar, y
político porque al recongurar el espacio abre la posibilidad de resistir y de devenir
otros. De este modo, la escritura-cartografía no solo registra huellas del mundo,
sino que lo transforma, reinventando el territorio como un espacio vivo, plural y
siempre por venir.
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Referencias bibliográcas
Deleuze, Gilles. (2015). Foucault. Ed. Paidós.
Deleuze, G., Guattari, F. (2015). Mil mestas. Ed. Pre-textos.
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Foucault, Michel. (2006). La arqueología del saber. Ed. Siglo XXI.
Foucault, Michel. (1999). Entre losofía y literatura. Obras esenciales, (Vol. I). Ed.
Paidós.
Cómo citar este artículo:
Arceu Alarcón, C. (2025). Cartografías sensibles. Pensar una escritura del
territorio. Trazos-Revista de estudiantes de Filosofía, 2(9), 34 - 46