
TRAZOS - AÑO IX – VOL.II – DICIEMBRE 2025 - e-ISSN 2591-3050
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Foucault (1969), se examina el archivo no solo como síntoma, sino también como
a priori histórico; de este modo, indaga en sus silencios, en sus ausencias y en
las condiciones que delimitan su posibilidad de existencia. Por otro lado, lejos de
circunscribirse a un plano exclusivamente conceptual, se adopta una perspectiva
situada. Así, la producción artística se entiende como proceso y como espacio
experimental en el que teoría, obra y experiencia se implican mutuamente y se
transforman en su interacción (Rey y Caballero, 2021).
El objetivo es indagar la potencia estética y política del archivo personal
como herramienta de creación, y proponer una práctica que, al situarse entre
la memoria y el presente, habilite un campo de afectos capaces de cuestionar
narrativas establecidas y de generar nuevos modos de habitar el recuerdo. Para
analizar estas cuestiones, resulta imprescindible revisar primero las coordenadas
teóricas que permiten pensar el archivo más allá de su función documental
tradicional. El archivo excede la noción de depósito documental para abrirse
como un territorio atravesado por las memorias, las relaciones de poder y las
experiencias subjetivas. Su carácter problemático lo sitúa en el centro de las
discusiones teóricas contemporáneas y lo convierte en un dispositivo generador
para la práctica artística.
En relación con lo señalado, por ejemplo, en Mal de archivo. Una impresión
freudiana, Derrida (1997) revisa el origen del término arkhé, ligado tanto a la
noción de principio como a la de mando y soberanía. De allí deriva la gura de los
arcontes, guardianes del archivo en la Grecia clásica (varones), quienes además
de custodiar la integridad de los documentos, tenían el poder de interpretarlos.
Al respecto, el autor enfatiza en lo siguiente: “No sólo aseguran la seguridad
física del depósito y del soporte, sino que también se les concede el derecho y la
competencia hermenéutica. Tienen el poder de interpretar los archivos” (p. 10).
Esta doble función revela de inmediato la politicidad del archivo: quien guarda,
también decide qué lectura prevalece, qué se conserva y qué se descarta.
Por otra parte, Derrida (1997) explica que ningún archivo es neutral.
Siempre implica una selección, una exclusión, un silenciamiento. Por ello, lo
reprimido no desaparece por completo, sino que se maniesta en forma de
síntomas o huellas que emergen en los márgenes del archivo y que cuestionan
la pretendida linealidad de la historia. Estos síntomas se perciben en vacíos,
contradicciones o repeticiones, y señalan la imposibilidad de clausurar el sentido.
La noción de archivo, en este punto, deja de estar atada al pasado y se proyecta
hacia el porvenir.