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TRAZOS - AÑO IX – VOL.II – DICIEMBRE 2025 - e-ISSN 2591-3050
vez, la burguesía inscribe todos los discursos por dentro del drama, serenando el
potencial revolucionario que estos valores supieron tener, volviéndose reactivos
y abstractos.
Según Seijo y Sanchez (1987), en su Manual de la doctrina social de la iglesia,
los elementos esenciales del liberalismo actual serían: la concentración de
capitales, la inversión de valores que hace de la economía algo más importante
que satisfacer necesidades, la subordinación del consumo a la producción
que invierte la jerarquía haciendo que el hombre exista para la producción y, la
construcción de proletarios sin reservas, ni cultura, ni esperanza.
Para Mariátegui (2010), el escepticismo constituye un retablo infecundo,
incapaz de albergar los valores y la búsqueda de innito de la sociedad actual.
Dado que el lenguaje relativista resulta inaccesible para las masas y, los relatos
políticos —como el socialismo del siglo XXI— se han desmoronado, esa necesidad
de trascendencia empuja al sujeto hacia el mito pretérito (Mariátegui, 2010, p.
184). Este fenómeno no subvierte el status quo, sino que genera una reversión
del fascismo y sus avatares (nazismo, franquismo o las dictaduras del Cono Sur).
El resultado es una síntesis reaccionaria: la estructura de un Estado liberal se
amalgama con la ética del medioevo católico y sus valores conservadores.
Esto es posible porque el origen goza, entonces, de un prestigio casi mítico
(Eliade, 1999). Por ejemplo, pensando en la idea de los vampiros, cuyo origen es
la casta rumana y su mitología, encontramos que esta casta armaba: “nuestro
origen está en roma” (Eliade, 1999, p. 174). Se trata de un mito dotado de una
conciencia de cierta participación misticada de la grandeza romana. Similar a
formulaciones contemporáneas como la de hacer grande a América de nuevo
o, de volver a hacer de Argentina una potencia mundial con el mayor PBI. Sin
embargo, a nes prácticos, como señala Mircea Eliade (1999), “la pasión por el
«origen noble» explica asimismo el mito racista de los «arios», periódicamente
revalorizado en Occidente” (p. 175). El ario representa un pasado primordial
heroico que poco tiene que ver con los hechos sobre el mismo. Por el contrario, el
marxismo retoma el mito teológico de la emancipación desde abajo.
Si bien “en el mito todo puede suceder” (Lévi-Strauss en Sazbón, 1971, p.
10), y existen estructuras que se repiten en todas las culturas, es importante
reconocer la desconexión que hay entre pasado y futuro a la hora de pensar los
mitos modernos. Así entonces, “sería una locura pensar que la misma fe repite el
mismo milagro” (Bloch en Mariategui, 2010, p. 184). La búsqueda de una nueva
mítica pensada para los tiempos modernos nos daría acceso a un nuevo milagro,