TRAZOS - AÑO X- VOL.I- JUNIO 2026 - e-ISSN 2591-3050
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Dossierl
Enseñar A Leer El Silencio:
Archivo, Método Y Formación
Crítica En Humanidades
Teaching How To Read Silence: Archive, Method,
And Critical Formation In e Humanities
TRAZOS - REVISTA DE ESTUDIANTES DE FILOSOFÍA - AÑO X - VOL. I. - JUNIO 2026
páginas 16-30 - E-ISSN 2591-3050
http://www.ojs.unsj.edu.ar/index.php/trazos/
INSTITUTO DE FILOSOFÍA - FACULTAD DE FILOSOFÍA, HUMANIDADES Y ARTES - UNIVERSIDAD NACIONAL DE SAN JUAN
Recibido: 7 de marzo de 2026
Aceptado: 2 de junio de 2026
Eduardo López Feoli
Universidad de la República. Montevideo, Uruguay.
eduardolopezf@msn.com
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Resumen: En una clase de Metodología en Humanidades aparece una
pregunta conocida: qué hacer con aquello que no aparece en el archivo, con
eso que rápidamente se nombra como ausencia y se imagina como algo a
completar. Ese silencio, sin embargo, no siempre puede leerse como falta de
información. Remite, más bien, a una cadena de decisiones previas: registrar,
clasicar, acercar ciertos materiales, apartar otros, admitir algunas huellas como
evidencia y dejar otras en una zona menos legible. En ese nivel, la crítica del
archivo toca decisiones de investigación que suelen parecer menores: dónde
empieza un corpus, qué resto recibe peso probatorio, cuándo una conmutación
modica el problema, de qué modo un silencio puede leerse sin convertirlo en
evidencia plena. Delimitar, jerarquizar, conmutar, leer silencios y escribir el archivo
quedan, así, menos como una secuencia que como operaciones cuya fuerza se
pierde cuando empiezan a confundirse con el orden natural del argumento. En el
horizonte universitario latinoamericano, esas elecciones se vuelven todavía más
visibles: fondos armados en tiempos desiguales, soportes frágiles o dispersos,
catálogos incompletos, mediaciones digitales que prometen acceso mientras
reorganizan lo disponible. El silencio de archivo no queda, entonces, del lado de
una falta simple. Tampoco se resuelve como presencia recuperada. La escritura
queda ante una exigencia más precisa: mostrar cómo se produjo esa falta sin
hacerla hablar como si ya hubiera encontrado su documento.
Palabras clave: archivo-silencio-metodología.
Abstract: A methodology class in the humanities makes visible a question that
archival theory can sometimes leave too settled: what to do with what does not
appear in the archive, or with what appears only as a weak, lateral, or insuciently
legitimized trace. Such absence does not simply indicate an incomplete record. It
may carry the trace of earlier decisions: what was registered, preserved, described,
digitized, or even recognized as something worth seeking. Archival traces reach
the researcher through institutions, catalogues, damaged supports, inherited
classications, and search interfaces that have already shaped what can count
as evidence. At that level, archival critique reaches the practical terrain where
research decisions are made. A corpus is delimited, materials are hierarchized,
heterogeneous traces are brought into relation, silences are read, and the archive
makes its way into writing without becoming smoother than the materials allow.
The diculty of these operations lies in how easily they stop looking like decisions
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and begin to feel like the argument’s natural order. In Latin American university
contexts, that diculty is shaped by uneven histories of collection, fragile or
dispersed supports, incomplete catalogues, and digital mediation. Digital
mediation can open materials, but it also rearranges what appears searchable,
proximate, or relevant. Archival absence is not treated here as something to repair.
The issue is how that absence was produced, what it makes readable, and where
writing should stop before turning silence into completed evidence.
Keywords: archive-silence-methodology.
Cuando el archivo falla
“¿Cómo lleno ese vacío?”. La pregunta aparece, con variantes, en consultas
de metodología de la investigación en humanidades. Un estudiante quiere seguir
la circulación de un problema losóco por fuera del canon bibliográco más
estabilizado y se encuentra con materiales que no terminan de acomodarse
en las formas habituales de legitimación: entrevistas, programas de cátedra,
traducciones de circulación restringida, reseñas breves, clases grabadas,
referencias orales, notas al margen en publicaciones poco difundidas. Hay
materiales; lo que no hay es una vía evidente para hacerlos contar como corpus.
La dicultad no está solo en la dispersión de esos materiales. Mientras el problema
se formule como falta, la respuesta parece técnica: buscar más, completar series,
ordenar documentos dispersos. Pero la escena obliga a detenerse antes. Para
que esos restos disponibles aparezcan ante la investigación como carencia, algo
tuvo que haberlos colocado ya en una zona lateral: una clasicación, una jerarquía
disciplinar, una forma de archivo, un hábito de lectura. La metodología queda
rozada por una pregunta más áspera: cómo se distribuyen centralidad y periferia,
pertenencia disciplinar y rótulo menor, evidencia losócamente reconocible y
documento apenas auxiliar.
Nombrar ese conjunto como archivo no alcanza; a veces, incluso, adelanta una
unidad que todavía no existe. Si la palabra sirve aquí, es porque permite mirar el
pasaje —nada obvio— por el cual un resto disperso adquiere estatuto de fuente.
Una grabación de clase, una traducción de circulación restringida, un programa
de cátedra o una reseña mínima no forman por sí mismos un corpus. Quedan
sometidos a reglas de aparición, consignación y legibilidad que rara vez se
presentan como reglas, aunque decidan bastante: qué se vuelve consultable, qué
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puede citarse sin demasiadas defensas, qué entra en la investigación cargado
de justicaciones y qué queda en una zona menor del saber disciplinar (Derrida,
1997; Foucault, 2002; Rufer, 2016).
El silencio entra por esa misma vía. Puede haber pérdida, censura, destrucción;
no hace falta descartar esas guras. Pero reducirlo a una ausencia material
deja intacto otro problema. También hay silencio cuando ciertos materiales
son degradados, desplazados hacia zonas auxiliares o vueltos ilegibles por los
criterios que organizan una disciplina. A veces el documento está, pero llega sin
fuerza probatoria; a veces circuló, pero no bajo el nombre que después permitiría
encontrarlo; a veces fue leído, aunque no en el registro que una tradición reconoce
como antecedente. En esos puntos, el silencio deja de nombrar simplemente lo
que falta y empieza a mostrar una historia de operaciones, permisos y cortes de
lectura (Trouillot, 1995; Stoler, 2009; Mbembe, 2002).
Formar investigadores en humanidades implica trabajar sobre una percepción:
aprender a ver que la evidencia no está simplemente allí, esperando ser recogida,
y que un vacío no siempre pide ser completado. Hay ocasiones en que exige
otra cosa: reconstruir las condiciones que lo hicieron aparecer como vacío. La
consulta del estudiante marca ese umbral. Lo que empezó como una búsqueda
de fuentes dispersas se convierte en una interrogación sobre los criterios que
hacen reconocible un corpus y sobre las decisiones que, al ordenar materiales,
también producen zonas de sombra.
Ese “nosotros” pedagógico tampoco queda fuera del problema. Hablar desde
una práctica de enseñanza universitaria latinoamericana supone reconocer
tradiciones disciplinares, desigualdades institucionales y formas desiguales
de autorización intelectual que intervienen en aquello que después llamamos
archivo. Esa práctica no reclama una posición exterior desde la cual corregir las
mediaciones; más bien las explicita mientras enseña a leerlas.
La incomodidad queda formulada así: qué hacemos, al investigar, cuando
convertimos ciertos restos en corpus y dejamos otros en el borde de la prueba. La
crítica del archivo permite sostener esa pregunta sin resolverla demasiado pronto.
Inscripción, aparición, silencio y repertorio no entran aquí como vocabulario de
un marco teórico ya armado, sino como nombres para operaciones que pueden
enseñarse, discutirse y justicarse en la práctica de investigación (Derrida, 1997;
Foucault, 2002; Trouillot, 1995; Taylor, 2003). El silencio no se vuelve dato pleno
ni promesa de una totalidad perdida. Queda como problema metodológico: algo
que conviene mantener abierto el tiempo suciente para leer qué lo produjo.
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Archivo y legibilidad
La escena anterior vuelve sospechosa una imagen todavía frecuente: el
archivo como lugar al que la investigación llega después, cuando la pregunta ya
está formulada y solo resta buscar los materiales. En esa imagen, el archivo es un
depósito previo que reúne, conserva y pone a disposición; el investigador llega,
selecciona, interpreta y escribe. Pero algo de esa secuencia llega tarde. Antes de
que un documento pueda ser elegido, citado o convertido en evidencia, tuvo que
ingresar en un régimen que lo volviera reconocible como material legítimo.
La gura derridiana del arconte permite ubicar ahí una primera torsión. No hay
archivo sin autoridad de custodia, sin domicilio, sin principio de consignación, sin
una ley que reúna y ordene las huellas (Derrida, 1997, p. 10). Esa ley no conserva
de manera inocente: vuelve algunas huellas preservables, otras consultables,
otras apenas toleradas como resto. Cuando Foucault dene el archivo como
“la ley de lo que puede ser dicho” (Foucault, 2002, p. 170), el problema se corre
del depósito hacia las condiciones de enunciación. Ya no alcanza con saber qué
documentos existen; hace falta preguntar qué reglas hicieron posible que ciertos
enunciados aparecieran como documentos, antecedentes, saber disponible.
Esa ley tampoco permanece quieta. Un archivo cambia cuando cambia su
índice, su soporte o su régimen de búsqueda. Una digitalización puede volver
visible lo que antes permanecía latente; un nuevo ordenamiento puede hacer
opaco lo que parecía disponible; una categoría de clasicación puede rescatar un
material o dejarlo hundido. La inscripción no clausura el sentido de una vez: lo deja
expuesto a temporalidades desiguales, a la aparición, la espera, la obsolescencia,
la reactivación.
Conviene desconar, entonces, de otra ilusión persistente: la del investigador
que desciende al pasado para extraer datos ya constituidos. Rufer discute esa
conanza al mostrar que el archivo no funciona como cantera ni como reserva
natural. Produce autoridad mientras produce ausencia; reúne, pero también
separa, ordena, degrada y silencia (Rufer, 2016). Allí donde la investigación
cree encontrar un objeto listo para ser trabajado, encuentra muchas veces —
sin advertirlo del todo— una sedimentación previa de criterios institucionales,
estatales, disciplinares o coloniales.
En el trabajo latinoamericano sobre archivos esa crítica adquiere otra presión.
Los materiales pueden aparecer en registros menos dóciles: lo poético, lo
corporal, lo representacional, lo fragmentario, lo que no entra sin conicto en la
categoría de documento. De Oto trabaja esa ampliación en su lectura de Césaire
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y Fanon, y esa operación importa para la historia de las ideas porque impide
reducir el archivo a lo que ya fue reconocido como fuente legítima (De Oto, 2011).
La pregunta cambia: no se trata de localizar documentos, sino de entender qué
vuelve archivístico a un material lateral, intermitente, difícil de clasicar.
Esa misma inquietud reaparece, con otra textura, en su lectura del archivo
de Arturo A. Roig. Un archivo losóco no se agota en papeles, libros o marcas
manuscritas. También importan la disposición de esos restos, su morfología,
las condiciones de acceso y el modo en que un taller intelectual, preservado y
montado, pasa a funcionar como escena pública de memoria (De Oto, 2025).
Lo conservado no es solamente una actividad losóca pasada; es también una
relación entre rma, institución, temporalidad y proyecto intelectual.
De allí se desprende una cautela metodológica que conviene no apurar. La
investigación trabaja sobre archivos, pero también trabaja desde condiciones
archivísticas de legibilidad —y esa segunda dimensión suele quedar en penumbra.
Antes de preguntar qué dicen los materiales, hace falta demorarse en el trabajo
histórico, institucional, técnico y geopolítico que permitió que llegaran a contar
como materiales. La cuestión metodológica no empieza cuando el corpus ya está
listo. Empieza un poco antes, en ese punto menos visible donde algo ingresa —o
no logra ingresar— en el horizonte de lo legible.
Es desde ahí que el problema del archivo conduce, casi sin desvío, al problema
del silencio.
El silencio como producción metodológica
El archivo no se comporta como un depósito neutral de materiales; por
eso tampoco el silencio puede tratarse como una zona simplemente vacía
del conocimiento. En la investigación en humanidades suele aparecer bajo
nombres conocidos —falta de fuentes, laguna documental, vacío del corpus—,
y esas palabras no son falsas. Llegan tarde. En Trouillot, el silencio no espera al
investigador al nal del recorrido: se produce en la constitución misma de ciertos
hechos, en la desigual fabricación de fuentes, en lo que se preservó y en lo que
quedó fuera, en los ordenamientos que dieron forma a los fondos, en las narrativas
que fueron decidiendo qué merecía memoria (Trouillot, 1995, pp. 26–27). Para
cuando una investigación lo encuentra, el silencio ya trae una historia.
Conviene, entonces, una cautela metodológica elemental: una ausencia no
siempre pertenece al mismo régimen. Un material puede no haber sido registrado
en soportes reconocibles; puede haber sido conservado bajo una categoría
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que lo debilita como evidencia; puede estar disponible y, aun así, no encontrar
todavía una pregunta capaz de volverlo signicativo. Una pérdida irreparable, una
clasicación subordinada y una disponibilidad muda no piden la misma operación
crítica. Confundirlas obliga a responder del mismo modo ante situaciones que
fueron producidas de manera distinta.
En losofía, esta diferencia se vuelve visible cuando la obra publicada se
canoniza como soporte privilegiado de inteligibilidad y otros materiales —
cursos, programas de cátedra, versiones de trabajo, reseñas menores, usos
pedagógicos— quedan en un estatuto débil. Hay un umbral anterior al archivo en
sentido estricto: un punto en el que ya se decide qué merece dejar huella, bajo
qué forma y con qué expectativa de lectura futura. Cuando ciertas prácticas no
atraviesan ese umbral, el silencio no deriva del archivo constituido; lo precede.
Puede llamarse silencio de inscripción, aunque el nombre importa menos que la
pregunta que abre: qué formas de actividad intelectual nunca llegaron a volverse
consultables.
Otra situación aparece cuando el material existe, fue preservado e incluso puede
encontrarse, pero quedó alojado en un lugar menor. Stoler ayuda a precisar ese
desplazamiento: un archivo no organiza conocimiento solo por lo que guarda, sino
por la sedimentación de clasicaciones, ansiedades administrativas y gramáticas
de catalogación que orientan qué podrá ser leído como documento (Stoler, 2009).
En estudios losócos e intelectuales, un curso reducido a material preparatorio,
una traducción archivada como instrumento auxiliar o una reseña que circuló sin
contar como antecedente no desaparecen. Están ahí, pero su lugar en la serie los
amortigua antes de que la lectura empiece.
Hay todavía una forma más esquiva de silencio. Un texto puede estar editado,
citado, circular con relativa estabilidad y, aun así, no entrar en el horizonte de lo
metodológicamente signicativo. La fuente no falta, ni está necesariamente mal
clasicada. Falta una disposición aprendida para ver ahí un problema. Los hábitos
de formación, las jerarquías disciplinares y los protocolos de validación delimitan
de antemano un campo de relevancia, casi siempre sin presentarse como
decisiones. A veces el archivo no calla porque oculte, sino porque las preguntas
que llegan hasta él son demasiado estrechas.
No conviene convertir estas distinciones en taxonomía. Sirven, más bien,
para impedir que “ausencia” funcione como comodín. Un mismo material puede
combinar inscripción débil, clasicación subordinada e ilegibilidad disciplinar;
puede haber permanecido opaco por razones coyunturales y mostrar después,
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desde otra pregunta, que esa opacidad cubría algo más persistente. Antes de leer
un silencio conviene precisar qué clase de producción lo volvió legible como falta.
También importa distinguir qué silencios pueden modicarse y cuáles
no. Algunos remiten a pérdidas, exclusiones o violencias de inscripción: la
investigación puede describir sus condiciones, pero lo que no fue registrado o
fue destruido no se restituye con una lectura más cuidadosa. Otros dependen
de condiciones históricas de acceso o clasicación: una digitalización, una
nueva descripción, un desplazamiento en las preguntas disponibles pueden
alterar su estatuto. Puede llamarse estructurales a los primeros y coyunturales
a los segundos, siempre que la distinción no se entienda como una frontera ja,
sino como una herramienta para medir grados de reversibilidad. Tratarlos como
equivalentes conduce a dos errores opuestos: prometer una restitución imposible
o resignar una búsqueda que todavía podía abrirse.
Mbembe pone allí un límite necesario: no todo silencio puede ser reabsorbido por
una investigación más exhaustiva (Mbembe, 2002). Volver metodológicamente
legible un vacío no consiste en completarlo, sino en reconstruir qué lo produjo,
medir hasta dónde puede avanzar la lectura y reconocer el punto en que la escritura
debe detenerse antes de convertir una pérdida en dato.
De la crítica a la operación: cinco gestos metodológicos
La consecuencia metodológica sigue siendo incómoda. Si el archivo
distribuye legibilidad y el silencio no nombra una falta indiferenciada, la sospecha
general sobre las fuentes queda corta. También queda corta la consigna de abrir
el corpus. En el trabajo concreto hay que mostrar cómo se arma un archivo de
investigación, cómo se distribuyen pesos entre materiales, por qué ciertos
registros heterogéneos pueden aproximarse y qué zonas de opacidad conviene
mantener como tales. El carácter construido del corpus se juega ahí: en el recorte
que se declara, en las jerarquías que se aceptan o se desplazan, en las relaciones
que se prueban y en los silencios que la escritura no debería convertir demasiado
rápido en evidencia.
Ese desplazamiento puede seguirse en cinco gestos. No forman un
protocolo; marcan lugares donde la investigación decide, aunque después la
escritura tienda a presentar esas decisiones como si el corpus hubiera estado
disponible desde el comienzo.
El primero es delimitar, palabra útil y engañosa a la vez. No se trata únicamente
de trazar un borde para volver manejable una masa documental. En ese recorte
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empieza a jugarse el argumento: se propone una serie, se imaginan relaciones,
se aceptan pérdidas. Qué problema vuelve pertinente ese conjunto y qué queda
fuera no por descuido, sino porque el diseño de lectura no puede absorberlo todo,
son preguntas que pertenecen al trabajo mismo.
En la delimitación vuelve una cuestión foucaultiana: bajo qué reglas ciertos
enunciados pueden formarse, circular y reconocerse como tales. Rufer empuja
esa cautela hacia el archivo cuando impide tratarlo como una cantera de datos
disponibles (Foucault, 2002; Rufer, 2016). El recorte, entonces, no se sostiene
por la mera disponibilidad de los materiales, sino por la relación que una pregunta
logra trazar entre ellos. También ahí acecha un riesgo: repetir como decisión
metodológica una jerarquía que el archivo ya había producido antes de que la
investigación llegara.
Una vez trazado, ese borde no reparte los materiales de manera pareja.
Algunos sostienen el argumento central; otros funcionan como indicios, desvíos
o restos que no conviene absorber del todo. En losofía, esa distribución suele
apoyarse en oposiciones aparentemente obvias: obra principal y material
preparatorio, libro y curso, texto autoral y traducción. Hay ocasiones en que esas
diferencias ordenan el análisis; en otras, apenas prolongan una estructura de
relevancias heredada.
Jerarquizar desplaza el problema hacia la autoridad interpretativa. Las
gramáticas de clasicación que Stoler lee en los archivos coloniales operan,
con otra escala, en cualquier fondo disciplinar: una jerarquía documental nunca
es solo un orden práctico; organiza modos de leer, de creer, de autorizar (Stoler,
2009). Ninguna investigación se mueve por fuera de ese reparto. El punto es si lo
deja actuar como evidencia natural o si lo vuelve parte del problema.
Cuando entran materiales de distinto régimen, el criterio se vuelve menos
cómodo. No pesan igual un libro publicado y una clase, una entrevista y una
traducción, una película y una nota marginal. Cada uno llega con una inscripción
material, una autoridad institucional y una historia de circulación distintas.
Reunirlos puede ser necesario; volverlos equivalentes, en cambio, borra justo
aquello que permite leerlos. El criterio se construye en ese trayecto: qué permite
aproximarlos, qué diferencia debe mantenerse, qué usos y condiciones de
producción no pueden desaparecer sin empobrecer el problema.
Conmutación nombra ese gesto. En una investigación sobre Deleuze y cine,
la película, el curso, la entrevista y el libro no ocupan posiciones intercambiables.
Pueden, sin embargo, intervenir de manera desigual en la elaboración de un mismo
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problema. La distinción entre archivo y repertorio que propone Taylor ayuda a
sostener esa desigualdad sin reducir todos los registros a una lógica documental
(Taylor, 2003). De Oto desplaza la discusión hacia otra escena cuando muestra
que un poema, un cuerpo racializado, una etiqueta comercial o una representación
adquieren valor archivístico si una pregunta los vuelve pertinentes para pensar
la crítica colonial (De Oto, 2011). Bajo qué problema, con qué estatuto y hasta
dónde: ninguna de esas preguntas se responde de una vez.
Con el silencio, la cautela cambia de forma. No se habla por la ausencia ni se
completa imaginariamente lo que el archivo no conserva. La investigación puede
reconstruir las condiciones que volvieron algo no legible: una ausencia, una
lateralidad, una ilegibilidad incorporada al saber disponible sin decisión explícita.
Una pérdida producida en el momento de la inscripción no pide lo mismo que una
opacidad generada por una clasicación degradante o por una tradición que no
supo formular ciertas preguntas.
En Trouillot, los silencios se producen en momentos distintos de la
fabricación histórica; en Stoler, las categorías no solo ordenan documentos,
también desplazan o amortiguan la evidencia; con Mbembe aparece el límite de
toda promesa de restitución total (Trouillot, 1995; Stoler, 2009; Mbembe, 2002).
Ya no se trata solo de constatar una falta. Hay que precisar qué la produjo, qué
puede reconstruirse sin ocupar el lugar de lo ausente y qué debe permanecer
como límite: no como fracaso de la investigación, sino como parte de lo que puede
decir honestamente.
El último gesto aparece cuando el análisis parece haber terminado: escribir
el archivo. Lo que se entrega como corpus no preexistía intacto. Fue tomando
forma a través de recortes, jerarquías aceptadas o discutidas, conmutaciones
y modos de leer el silencio. La escritura le da una estabilidad retrospectiva que
puede confundirse con origen.
Esa estabilidad deja fuera una zona menos visible: vínculos que se probaron
y no quedaron, opacidades que no encontraron lugar cómodo en la exposición,
materiales que permanecieron en el borde sin una justicación del todo clara. En
el archivo de Roig, tal como lo lee De Oto, esa dimensión material y pública de la
conservación aparece en la disposición de papeles, libros y marcas manuscritas,
en su morfología, en las condiciones de acceso y en el modo en que un taller
intelectual preservado llega a funcionar como escena de memoria losóca (De
Oto, 2025). La escritura académica produce una escena análoga en otro plano:
compone legibilidad, distribuye centralidades, enlaza fragmentos y deja restos.
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Conviene no pedirles a estas operaciones más de lo que pueden dar. No son
las únicas herramientas posibles, ni ordenan de una vez el trabajo con archivos
inestables. Sirven para evitar que la investigación borre las condiciones de su
propio archivo de trabajo: las decisiones que lo organizaron, las opacidades que
persistieron, los límites que una exposición demasiado limpia podría absorber sin
advertirlo. Enseñar a investigar también supone enseñar a escribir desde esas
condiciones, en el punto donde algo llega —o no llega— a contar como evidencia.
Enseñar a percibir operaciones: hacia una pedagogía del juicio
metodológico
En metodología de la investigación, buscar, clasicar y citar son aprendizajes
indispensables, pero no agotan el problema. En una clase también se entrena otra
forma de atención: mirar con qué autoridad llega un material, bajo qué condiciones
se vuelve legible, qué permisos lo sostienen y qué opacidades arrastra. La crítica
del archivo mostró que la evidencia no aparece en estado neutro; la lectura del
silencio agregó que incluso una ausencia puede haber sido producida antes de
que el investigador la nombre. Llevada al aula, esa doble advertencia exige formar
un juicio capaz de reconocer las jerarquías que sostienen aquello que después
llamamos corpus.
Una clase de metodología puede trabajar justamente sobre esa zona. No
se trata solo de transmitir respuestas ni de formar usuarios más ecaces de
repositorios. Tampoco alcanza con volver a los estudiantes lectores más
suspicaces de documentos. El aprendizaje empieza cuando un material deja
de parecer simplemente disponible y obliga a preguntar bajo qué condiciones
puede entrar en relación con otros, qué autoridad se le atribuye y qué silencios se
reproducen cuando ese ingreso se naturaliza.
El archivo, en el aula, funciona como laboratorio metodológico porque
permite observar en una escala menor decisiones que después organizan una
investigación completa: recortar, ordenar, aproximar materiales, leer opacidades,
escribir los límites del recorrido. La formación crítica no se juega únicamente en
elegir objetos marginales o temas políticamente sensibles. Se juega también
cuando un estudiante advierte que sus materiales llegan con fuerzas desiguales:
algunos se presentan como fuente; otros apenas como indicio, resto o apoyo
contextual.
Esa asimetría puede ser el punto de partida. Un libro publicado, una clase
grabada, una entrevista, una imagen, un programa de curso o un documento
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producido por una comunidad no habilitan la misma forma de presencia histórica
ni la misma autoridad documental. La noción de archivos comunitarios trabajada
por Michelle Caswell permite pensar esa disputa por la visibilidad sin suponer
que todo ingreso al archivo ocurre bajo las mismas condiciones (Caswell, 2014).
La distinción entre archivo y repertorio propuesta por Taylor vuelve todavía más
delicado el problema: ciertos registros no se dejan traducir sin resto a una lógica
documental estable, y por eso leerlos juntos exige algo más que ampliar la lista de
fuentes posibles (Taylor, 2003, pp. 19–20). La dicultad aparece al formular una
pregunta capaz de poner esos registros en relación sin reducirlos a una sola forma
de prueba.
En la discusión latinoamericana que abre De Oto, un archivo crítico puede
componerse con materiales divergentes y, aun así, construir una inteligibilidad
rigurosa (De Oto, 2011). La observación importa especialmente para la losofía
latinoamericana, donde el trabajo conceptual muchas veces no queda alojado
únicamente en la obra publicada. En el archivo de Arturo A. Roig, por ejemplo,
papeles, marcas, disposiciones materiales y condiciones de acceso arman
algo más que el resto secundario de una producción ya cerrada: componen una
escena en la que memoria, institución, rma, temporalidad y proyecto intelectual
se vuelven inseparables (De Oto, 2025). Para la enseñanza metodológica, el
punto no es sumar materiales laterales por amplitud, sino aprender a justicar qué
relación los vuelve legibles en una misma investigación.
Freire puede funcionar aquí como apoyo, siempre que se lo use sin
generalidades edicantes. No ofrece una teoría del archivo; permite recordar, más
bien, que toda enseñanza crítica modica la relación con el saber (Freire, 2005).
En metodología, esa modicación aparece cuando el estudiante deja de recibir el
protocolo como una secuencia cerrada y empieza a reconocer las mediaciones
que ordenan su acceso a los materiales. La tarea docente pasa entonces por
crear condiciones para que las decisiones de búsqueda, recorte y lectura puedan
explicitarse y defenderse sin presentarse como simple obediencia técnica (Freire,
2005).
Esa orientación puede tomar formas concretas sin convertirse en una grilla.
Una memoria breve de delimitación del corpus obliga a decir por qué ciertos
materiales ingresan y otros quedan fuera; su valor no está en cumplir un requisito
formal, sino en hacer visible la primera frontera del archivo de trabajo. Distinguir
materiales centrales, auxiliares, indicios y restos no ja jerarquías denitivas:
precisa qué función cumple cada pieza en el argumento. La conmutación
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aparece cuando registros de distinto estatuto —un texto publicado, una clase,
una entrevista, una imagen, un programa de curso— son puestos en relación
sin volverlos equivalentes. La lectura del silencio, por su parte, exige describir
una zona opaca del corpus antes de decidir si allí opera una no inscripción, una
clasicación subordinada, una ilegibilidad disciplinar, un silencio estructural o uno
coyuntural.
Ampliar el archivo por acumulación no alcanza. El trabajo metodológico
empieza cuando esa política deja de operar como evidencia muda: cuando se
vuelve posible ver dónde hubo delimitación, dónde hubo jerarquización, dónde
hubo conmutación, dónde el silencio no es mero vacío y dónde la escritura termina
de jar lo que el archivo parecía haber dado desde siempre. Las técnicas no
quedan fuera de esa discusión. Participan de la forma en que un corpus aparece,
se ordena y llega a sostener una interpretación.
Cierre: volver al vacío, pero de otro modo
Conviene volver a la escena inicial, aunque ya no exactamente al mismo lugar.
El estudiante que llegaba a la consulta preocupado por cómo llenar un vacío
formulaba un problema comprensible, pero insuciente. Frente a materiales
dispersos, laterales o débilmente legitimados, la primera respuesta suele ser
buscar más: ampliar el corpus, completar series, sumar documentos capaces
de compensar lo que parece faltar. Esa respuesta no desaparece; a veces
es necesaria. Se vuelve pobre, sin embargo, cuando supone que la carencia
está simplemente en el archivo y no también en las operaciones que hicieron
reconocible esa carencia.
El desplazamiento seguido aquí va por esa vía. Un vacío puede remitir a una
pérdida efectiva, a una inscripción que nunca ocurrió, a una clasicación que
degradó el material, a una tecnología de acceso que lo volvió opaco, a una
temporalidad de obsolescencia o a una pregunta disciplinar que todavía no
encontró cómo leerlo. Leer el silencio no signica atribuirle un contenido perdido.
Signica describir el régimen que lo produjo y el tipo de trabajo metodológico que
permite hacerlo visible sin borrarlo.
La consecuencia pedagógica aparece ahí, en una zona más práctica que
declarativa. Enseñar metodología en humanidades implica formar algo más que
destrezas de búsqueda, ordenamiento y cita. También exige reconocer cuándo
un corpus se presenta como dado porque ya fueron naturalizadas las decisiones
que lo hicieron posible. Delimitar, jerarquizar, poner en relación, leer opacidades
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TRAZOS - AÑO X- VOL.I- JUNIO 2026 - e-ISSN 2591-3050
y escribir los propios límites no son pasos accesorios de la investigación; son
operaciones mediante las cuales un archivo de trabajo adquiere forma, autoridad
y alcance
La escena inicial cambia entonces de sentido. El vacío ya no pide una
compensación inmediata. Antes reclama ser descrito, situado, discutido. Una
pedagogía crítica del archivo empieza en esa demora: no promete restaurar
una plenitud perdida ni hablar sin mediaciones por lo silenciado, sino formar
investigadores capaces de advertir qué política de legibilidad arrastra todo trabajo
con materiales. Investigar no consiste solo en encontrar lo que falta. También
supone aprender cuándo esa falta debe permanecer visible para que el archivo no
vuelva a cerrarse como si siempre hubiera estado completo.
TRAZOS - AÑO X- VOL.I- JUNIO 2026 - e-ISSN 2591-3050
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Cómo citar este artículo:
López Feoli, E. (2026).
Enseñar a leer el silencio: archivo, método y formación
crítica en humanidades. Trazos-Revista de estudiantes de Filosofía, 1(10), 16-30