TRAZOS - AÑO X- VOL.I- JUNIO 2026 - e-ISSN 2591-3050
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Artículo de
Investigación
Cartografías De Una
Corporalidad:
Habitar El Cuerpo Impropio En
Contextos Excepcionales
Maps Of A Corporality:
Inhabiting e Unfamiliar Body In Exceptional
Contexts
TRAZOS - REVISTA DE ESTUDIANTES DE FILOSOFÍA - AÑO X - VOL. I. - JUNIO 2026
páginas 72-82 - E-ISSN 2591-3050
http://www.ojs.unsj.edu.ar/index.php/trazos/
INSTITUTO DE FILOSOFÍA - FACULTAD DE FILOSOFÍA, HUMANIDADES Y ARTES - UNIVERSIDAD NACIONAL DE SAN JUAN
Recibido: 15 de agosto de 2025
Aceptado: 4 de marzo de 2026
Ricardo Gastón Sosa
Universidad Nacional de San Juan. San Juan, Argentina.
sosagaston429@gmail.com
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Resumen: En el presente ensayo losóco se reexiona sobre la infancia en
contextos de guerra. Desde una perspectiva interpretativa, se sostiene que
la guerra no ocurre únicamente “afuera”, sino que también se inscribe en el
cuerpo. Para ello, se abordan las experiencias contenidas en los diarios y en las
autobiografías de los niños, las niñas y los jóvenes durante la Segunda Guerra
Mundial. Estos textos permiten deconstruir los “lugares” de la violencia y las
arquitecturas diseñadas para ejercerla. Este proceso de crueldad se materializó
en una paulatina descorporización, hasta el punto de que el cuerpo llegó a
resultarles impropio. El análisis busca develar “losofemas” (A. Roig), entendidos
como ideas losócas que permiten resignicar las experiencias bélicas desde
una dimensión sensorial y emocional. Se concluye que los niños, las niñas y los
jóvenes pueden elaborar un pensamiento crítico incluso en espacios y contextos
límite.
Palabras clave: infancia – violencia – losofemas - corporalidad.
Abstrac: This philosophical essay reects childhood in contexts of war. From
an interpretive perspective, it argues that war does not occur solely “outside,” but
is also inscribed in the body. To this end, the essay examines the experiences
recorded in the diaries and autobiographies of children and young people during
World War II. These texts allow us to deconstruct the “sites” of violence and the
structures designed to perpetrate it. This process of cruelty manifested itself in a
gradual disembodiment, to the point where the body came to feel alien to them. The
analysis seeks to uncover “philosophems” (A. Roig), understood as philosophical
ideas that allow for a reinterpretation of wartime experiences from a sensory and
emotional perspective. It concludes that children and young people are capable of
developing critical thinking even in extreme spaces and contexts.
Keywords: childhood – violence – philosophemes - corporality.
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Mapa de Ruta
El presente trabajo reere a un análisis del “cuerpo” concentracionario o sobre
la corporalidad atravesada y marcada por la violencia y la crueldad. Es pertinente
aclarar que no se va a trabajar sobre determinadas obras en particular, sino que
vamos a elaborar un ensayo reexivo en base a la lectura crítica de libros como
Diario de Ana Frank de Frank (2021), Si esto es un hombre de Levi (2019), El
hombre en busca de sentido de Frankl (2015), Sin destino de Kertézs (2016), El
largo viaje de Semprún (2011), El diario de Helga de Weiss (2013), Trilogía de la
Noche de Wiesel (2024), El cuaderno de Rutka de Lashier (2008), He vivido tan
poco de Heyman (2016), El diario de Renia Spiegel de Spiegel (2019) y Diario de
Praga (1941-1942) de Ginz (2006).
A medida que se iba diseñando la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y en
medio de un escenario confuso, muchos infantes y adolescentes, comenzaron
a escribir sus experiencias del “caos organizado” —debido al listado de
prohibiciones y “nuevos” delitos—. Estos diarios no expresan amores juveniles
o temores, sino que plasmaron toda una fragmentación humana, materializada
a través de la tortura mental-corporal (el grito y la humillación). De igual manera,
presentan el cuadro de una arquitectura sensorial diseñada para anular lo humano
del hombre. Debido a ello, es posible trazar una cartografía desde la corporeidad y
los “paisajes” de la crueldad o “no-lugares”.
Por último, los losofemas que están contenidos en los diarios infanto-juveniles
de este período, discurren y toman formas en torno a una arquitectura del cuerpo
sensible (olores, sabores, el sueño, el hambre) y a una geografía humana
(desplazamientos y no-lugares) incluyendo “espacios” para deshumanizar hasta
el paisaje de las ausencias.
Cartografías de lo sensorial-emocional
Las violencias modernas ya no son comprendidas desde el espacio habitado
(casa, trabajo, cárceles, comisarias, etc.), sino más bien, desde el cuerpo del
habitante. De ello se desprende que, más que tener un cuerpo, somos cuerpos,
habitantes encarnados y, por tanto, no es un añadido a la racionalidad, sino que
también genera conocimiento. Es una corporalidad habitante y sintiente de un
espacio, mediante el cual, según Mendiola (2014), “sentimos el modo en que
se ordena el hábitat que habitamos” (p. 75). Como seres sintientes, portamos
corporalmente los hábitos que nos conforman y, por ello, el mismo se constituye
en simbolización sociohistórica. Según el sociólogo español, dicho cuerpo tejido
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por los hábitos entrelaza los sentidos (lo que debe sentir, ser y hacer), mediado por
materialidades (cosas y con aquello que entra en relación), por las subjetividades
(el contacto con otros cuerpos: proximidades y distancias) y, nalmente, por
las espacialidades (las formas de los hábitats que habitamos y sus modos de
afectación). Por otra parte, los cuerpos se producen social e históricamente y, en
este sentido, no somos sujetos ocupando un único espacio. Tal corporeidad, está
congurada por las relaciones con otros espacios, entendiendo primeramente
al “cuerpo” como espacio primordial, desde el cual, sentimos lo social. Debido a
ello, el autor sostiene que “el cuerpo signa desde sus inicios una vulnerabilidad
insoslayable” (p. 77). Por tanto, señala, además, que el cuerpo habita “[…] una
otredad convertida en reservorio de lo monstruoso, lo burlesco, lo pernicioso, lo
desechable” (p. 87)
Ahora bien, dentro de las comisarias, los centros de detención, los guetos, los
campos de reeducación y de concentración, se buscó deshabituar los cuerpos de
la vida cotidiana para rehabitualizarlos. Con ello fue posible construir una masa
de cuerpos dóciles: “habitantes sin hábitat”. Más tarde, la segunda instancia
consiguió moldear unos “habitantes sin hábitos” —expulsión del hogar, del
trabajo, lugares de recreación y anulación de la comunicación—, puesto que
despojando a los sujetos de sus hábitos se retrotrae a todo un entramado punitivo
de “captura de cuerpos”.
Por otra parte, el “verdugo” que tortura —persona física, sistema, tiranías,
dictaduras, autoritarismo— busca que el sujeto “desechable” habite lo inhabitable.
Durante la guerra, estos espacios fueron, por ejemplo, los vagones de ganado,
donde los hacinados debían permanecer de pie durante días, urdiendo que
las necesidades las hicieran sobre sí mismos. También, dicha tortura estaba
conformada por los gritos y los empujones, las órdenes incomprensibles y las
privaciones —sed, hambre y sueño—, lo cual permite entender que, el grito se
convirtiera en mero ruido y “el primer golpe” estableciera la pérdida de conanza
en la humanidad del verdugo.
Otra perspectiva sobre el cuerpo violentado, proviene de una epistemología de
los sentidos que permite visibilizar la acción del sentir la piel torturada. Es decir
que la privación sensorial constituye la matriz fundamental de la no-relación del
hombre con el mundo común, pues, según Mendiola (2014), “la tortura deshace
la piel y la repliega sobre un cuerpo que se aleja del mundo”, convirtiendo la carne
en una extensión doliente, pero “sin mundo” (p. 102); luego, no queda más que
un sujeto con un cuerpo impropio. En ese sentido, Quintero (2018) señala que
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el cuerpo humano, cuando ha sido mutilado, se convierte en un cuerpo-animal,
lo cual no solo anula la humanidad de la víctima, sino también logra que ya no
posea un “rostro humano” y pase a pertenecer a otro tipo de especie distinta a
la del perpetrador. Sin embargo, para que esto suceda es necesario que se haya
congurado una narrativa social de la exclusión.
La corporalidad de una víctima
Recurrimos al concepto de Anagnórisis para destacar lo singular y propio de
una víctima. También habilita un profundo análisis de y desde los cuerpos, tanto
en sus cicatrices como en los traumas, la memoria sensorial y lo simbólico, dado
que, como señala Yad Vashem (s.f.), el cuerpo concentracionario —entendido
como sujeto recluido, bajo represión y en estado de excepción permanente— era
una “cosa entre las cosas; el cuerpo viviente se convierte en un exterior sin interior,
la subjetividad se convierte en un interior sin exterior” (www.yadvashem.org).
Dentro de la maquinaria totalitaria, dicho cuerpo era sometido a dos procesos:
el primero consistía en la anulación de referencias y, el segundo, en un olvido o
en la ausencia de la existencia. Comenzaba con la incautación de sus contextos
personales —la familia, la casa, la ropa, la escuela, el trabajo, espacios de
esparcimiento— y continuaba con la “impropiedad” del propio cuerpo: la
expropiación del nombre junto con las marcas del hambre, la enfermedad
permanente y, nalmente, la muerte anónima e impersonal.
A partir de lo expuesto, entendemos que cuando se enajena al hombre de su
cuerpo y a este de sus contextos (natural, social y referencial), se le anula el mundo
común y su dimensión humana. Por eso, la corporalidad pudo ser conducida hacia
la indignidad, al reducirla a la desnudez externa que le exponía a la humillación, la
degradación humana y a la destrucción de la subjetividad. Finalmente, el último
estadío consistía en la acción de transfórmalo en un animal y, una vez zoologizado,
el hombre permanecía recluido a un espacio-jaula constituido por ladrillos y
alambrados, quedando así, el “espacio externo”, clausurado.
En resumen, la ingeniería que construyó el cuerpo concentracionario
obedecía a una mecánica dinámica que convertía la corporeidad en un producto
caduco, sometido a la supresión de las relaciones, del lenguaje, las emociones
y el pensamiento autónomo. Trocando a lo que quedaba de hombre, en un ser
meramente instintivo, con derecho al hambre, a la masicación, a la violencia y a
la inanición. La nueva “cotidianidad” de esa vida estaba basada en la carencia y la
continua “enajenación” del propio cuerpo.
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El cuerpo doliente y sufriente
Según Saravia (2017), la tarea de poner de relieve la naturaleza epistémica
de un cuerpo torturado no es una acción fácil, debido a que no es posible
registrar cientícamente los tipos de dolor humano y éstos, solo pueden ser
denidos, en términos individuales. Aun así, podemos determinar que es un acto
especícamente humano y uno de los más atroces. Si bien la piel es la frontera
entre el mundo exterior y el yo, la obra del verdugo la traspasa, quedando la víctima
reducida a su carne: “Ser torturado es percibir el propio cuerpo de una manera
completamente novedosa porque el dolor es la máxima exaltación imaginable de
nuestra propia corporalidad” (Saravia, 2017, p. 768).
Por su parte, Merleau-Ponty (1994) distingue entre el ‘cuerpo objetivo’ que
tenemos (Körper) del ‘cuerpo vivido’ que somos (Leib), donde este último
resulta ser fuente de intencionalidades no representativas. Si bien, el Körper es
depositario de los procesos siológicos y el Leib, es la expresión y realización de
proyectos y deseos, ambos procesos no se oponen, sino que están relacionados.
En referencia a ello, López (2010) indica que por medio del cuerpo vivido
“inhabitamos un espacio que no solo es visual, sino también táctil” (p. 90). Esta
reexión lleva a otro nivel el dolor, entendiéndolo no solo como dolor doliente sino
como dolor sufrido, lo que orienta a entender que el cuerpo fenoménico no es
reducible a cuerpo-objeto —dolor físico—. Este dolor polifacético, continua la
lósofa española, tiene alcance “ontológico”, es decir, será el “dolor de sentir el
ser de la nitud de cada existencia” (López, 2010, p. 106).
Por su parte, Mendiola y Malventi (2013) destacan que ese dolor, producto de
la tortura que ejerce el torturador, busca producir tormento físico o simbólico. El
objetivo según los autores consiste en dejar una huella de su poder, sobre ese
“otro” reducido a su corporalidad desnuda, cuyo lenguaje “oscila entre el grito,
el silencio y la confesión forzada” (p. 368). En función de ello, podemos sugerir
que, la violencia y el tormento, pueden hacer su aparición en aquellos espacios
que se estructuran para negar la alteridad. Dicha tortura conduce, de acuerdo con
Mendiola y Malventi (2013), a “habitar lo inhabitable: el cuerpo sometido al dolor,
a la privación sensorial, pero también el cuerpo que habita un espacio que niega lo
humano” (p. 368). Y en este sentido, podemos entender que, los diversos lugares
de reclusión, conformaron geografías de “no-lugares”, los cuales estaban regidos
por la incomunicación y por las estructuras de hacinamiento.
Finalmente, el proceso de enajenar lo humano del hombre, exige un quiebre
con el “mundo” y, para ello, es necesario el aislamiento (retirarlo de) de la vida
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cotidiana o de toda referencia humana. En consecuencia, un régimen totalitario
y un gobierno de dictadura, proyecta que unas vidas sean calicadas solamente
como “superuas”, “descartables”, “innecesarias” u “obsoletas” para el nuevo
mapa sociopolítico.
La censura de los estímulos
En situaciones extremas, según Le Breton (2002), el cuerpo experimenta
una cierta dualidad o confrontación con la alteridad, debido a promiscuidad del
connamiento. En función de ello, en estos espacios excepcionales —duchas,
baños y literas compartidas—, el cuerpo comienza a percatarse de una exigencia
que contrasta con su vida cotidiana anterior. El “reo”, advierte una existencia
dual que le exige alcanzar los límites de la tolerancia para silenciar los olores
corporales propios y ajenos y el sueño inconciliable. Dicha promiscuidad de
cuerpos desnudos y famélicos, no puede ocultar nada, por lo cual, ese reo necesita
una mirada infrecuente para poder digerir lo que su corporalidad experimenta a
diario como despreciativo. En palabras de Le Breton (2002), “la víctima opone
al cuerpo una voluntad salvaje en relación […] con el deseo de sobrevivir. Pero el
agotamiento, el hambre, las rivalidades, las vejaciones, llevan al deportado a un
estado de fragilidad en el que la muerte implica muy poco” (p. 96).
A las irreconocibles sensaciones del cuerpo, se sumaba la sensorialidad de la
“excepcional cotidianidad”. Al respecto, Le Breton (2002) señala que, en cualquier
sociedad libre, el cuerpo ltra cotidianamente los stimuli que lo atraviesan, sino
la vida sería imposible; contrariamente, en un sistema de encierro, los stimuli
quedan reducidos y han sido denominados “hambre sensorial”, como resultado
de una insuciencia de estímulos censurados. El hombre siente la humillación,
porque la “condición humana” se ha convertido en “condición concentracionaria”
a través del ejercicio de objetivación, homogeneización y posterior desintegración
de la alteridad.
Por otra parte, Sánchez (2016) arma que, en cuanto a la objetivación
—despersonalización—, la misma se dirige, en primer lugar, a reestructurar
las relaciones esféricas microtextuales y macrosociales con el n de modicar
el concepto que el sujeto tenía de sí mismo, de su relación con los otros y con
el mundo. En segundo lugar, sustituye el “tiempo-vivencial” por el “tiempo-
objetivante”, instaurando un “tiempo-cerrado”. Este último contiene la violencia
cotidiana y la vulnerabilidad extrema, constituyendo un envolvimiento o “bucle”
del tiempo absoluto donde permanece atrapado el horror diario.
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En cuanto a la desintegración de la constitución medial con el propio cuerpo,
se intenta que el reo logre —dentro del encierro— una estandarización somática,
lo que se traduce por la uniformidad de la vida, la repetición y la generalidad de los
movimientos, que provocan la palpable sensación de masicación (atomización).
Conclusiones
El presente trabajo ha buscado esbozar un análisis de la experiencia corporal
del dolor en un sistema totalitario como “espacio excepcional y límite”, desde la
mirada, la experiencia y el testimonio de los niños y los jóvenes que atravesaron
la guerra. Ellos plasmaron en sus diarios lo que sus cuerpos soportaron desde
el primer momento como los golpes y el hecho de habituarse al frio extremo, el
hambre atormentador y la sed insoportable. Pero también sufrieron reiteradas
violaciones, asesinatos lentos y crueles, abusos de todo tipo y ausencia de
humanidad; en algún momento, todos terminaban solos, perdidos, sin referencias.
Hemos descubierto que, cuando las palabras no alcanzan para describir lo
vivido, el cuerpo declara lo que ha recolectado entre sus cicatrices y debajo de la
piel. Estos traumas reaparecen ante algún estimulo que se asemeja al momento
de la crueldad. Tales cuerpos, muchas veces sin forma humana, fueron diseñados
industrialmente por el hambre, el castigo y la humillación y, como producto de una
ideología racial y biológica.
En este sentido, según Entwistle (2002), el cuerpo es moldeado por la cultura y
es un objeto de las fuerzas sociales, por lo que habría entonces, dos cuerpos, uno
físico y uno social, que se involucran en una dialéctica simbólica, logrando que
el cuerpo social restrinja la percepción del cuerpo físico y, a su vez, este cuerpo
condicionado genere una particular visión de la sociedad, con la diferencia de que
el cuerpo social siempre será un cuerpo vestido; la desnudez humana, implica
algo impropio y exhibicionista. Solamente el animal no necesita ropa para salir a
la calle ni a la naturaleza para buscar comida, su propia piel le sirve para cubrirse.
A partir de lo expuesto, entendemos que las ideologías y las medidas
discriminatorias desde el siglo XIX en adelante, enfocadas en la superioridad,
anclaron la perspectiva de la vida (βίος) desde lo biológico (ζωή). Pero también,
como señalan Planella y Jiménez-Jiménez (2018), en una hipercorporalidad el
cuerpo se convierte en un espacio paradigmático para el ejercicio de una pedagogía
del poder y para la reproducción de los estigmas sociales y corporales. En otras
palabras, el cuerpo constituye un espacio de incorporación social mediante la
socialización, pero también puede convertirse en un espacio de exclusión social.
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Como palabras nales, creemos que, entre tanta oscuridad, existe una luz: el
testimonio, que ilumina las profundidades de esa oscuridad y resulta necesario
para que la barbarie no se repita. Ninguna barbarie. Nunca más.
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Cómo citar este artículo:
Sosa, R. G. (2026).
Cartografías de una corporalidad: habitar el cuerpo impropio
en contextos excepcionales. Trazos-Revista de estudiantes de Filosofía, 1(10),
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