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TRAZOS - AÑO X- VOL.I- JUNIO 2026 - e-ISSN 2591-3050
El cuerpo doliente y sufriente
Según Saravia (2017), la tarea de poner de relieve la naturaleza epistémica
de un cuerpo torturado no es una acción fácil, debido a que no es posible
registrar cientícamente los tipos de dolor humano y éstos, solo pueden ser
denidos, en términos individuales. Aun así, podemos determinar que es un acto
especícamente humano y uno de los más atroces. Si bien la piel es la frontera
entre el mundo exterior y el yo, la obra del verdugo la traspasa, quedando la víctima
reducida a su carne: “Ser torturado es percibir el propio cuerpo de una manera
completamente novedosa porque el dolor es la máxima exaltación imaginable de
nuestra propia corporalidad” (Saravia, 2017, p. 768).
Por su parte, Merleau-Ponty (1994) distingue entre el ‘cuerpo objetivo’ que
tenemos (Körper) del ‘cuerpo vivido’ que somos (Leib), donde este último
resulta ser fuente de intencionalidades no representativas. Si bien, el Körper es
depositario de los procesos siológicos y el Leib, es la expresión y realización de
proyectos y deseos, ambos procesos no se oponen, sino que están relacionados.
En referencia a ello, López (2010) indica que por medio del cuerpo vivido
“inhabitamos un espacio que no solo es visual, sino también táctil” (p. 90). Esta
reexión lleva a otro nivel el dolor, entendiéndolo no solo como dolor doliente sino
como dolor sufrido, lo que orienta a entender que el cuerpo fenoménico no es
reducible a cuerpo-objeto —dolor físico—. Este dolor polifacético, continua la
lósofa española, tiene alcance “ontológico”, es decir, será el “dolor de sentir el
ser de la nitud de cada existencia” (López, 2010, p. 106).
Por su parte, Mendiola y Malventi (2013) destacan que ese dolor, producto de
la tortura que ejerce el torturador, busca producir tormento físico o simbólico. El
objetivo según los autores consiste en dejar una huella de su poder, sobre ese
“otro” reducido a su corporalidad desnuda, cuyo lenguaje “oscila entre el grito,
el silencio y la confesión forzada” (p. 368). En función de ello, podemos sugerir
que, la violencia y el tormento, pueden hacer su aparición en aquellos espacios
que se estructuran para negar la alteridad. Dicha tortura conduce, de acuerdo con
Mendiola y Malventi (2013), a “habitar lo inhabitable: el cuerpo sometido al dolor,
a la privación sensorial, pero también el cuerpo que habita un espacio que niega lo
humano” (p. 368). Y en este sentido, podemos entender que, los diversos lugares
de reclusión, conformaron geografías de “no-lugares”, los cuales estaban regidos
por la incomunicación y por las estructuras de hacinamiento.
Finalmente, el proceso de enajenar lo humano del hombre, exige un quiebre
con el “mundo” y, para ello, es necesario el aislamiento (retirarlo de) de la vida