TRAZOS

AÑO I - VOL I

AGOSTO 2017

ISSN 2591-3050

EL EGOISMO DE

TENER HIJOS

Valeria Pedrerol

Cuando se proponen iniciativas científicas que intentan impulsar cambios trascendentales en nuestra concepción de cómo deben ser ciertas cuestiones relativas a nuestro organismo o modo de vida como, por ejemplo, la modifica- ción de factores biológicos que puedan retrasar la decrepitud, estudios y expe- rimentación sobre nuestros genes, nacimientos in vitro, la cura o tratamiento paliativo de enfermedades clasificadas como terminales, la clonación, movi- mientos intelectuales como la eugenesia, cuyas prácticas se centran en la

ingeniería genética, y el transhumanismo, que propone la posibilidad de mejo-93 rar la condición humana mediante el desarrollo de tecnologías especificas, en

fin, cuando la ciencia intenta doblar los límites de lo que creíamos biológica- mente imposible, comienza a esparcirse una acusación sumamente peligrosa para su labor: “los humanos quieren jugar a ser Dios”.

Tal frase demuestra el enorme repudio que genera en ciertos individuos el carácter alumbrador de la ciencia por sobre el oscurantismo y el freno a la razón que suponen el dogma religioso, manifestando una actitud defensiva de cautela y miedo ante la posibilidad de ofender una entidad cuya existencia, creo yo, no puede ser afirmada ni desmentida. Esto, además de demostrar cuánto peso tiene la fe religiosa en la formación del ego, pone de manifiesto una gran contradicción argumental, ya que los humanos, al igual que se dice de Dios, tenemos el poder de crear vida mediante la natalidad, e incluso mas que esto, imponerla.

Utilizo la palabra imponer por que no hay una manifestación explicita y uni- versal de un humano en gestación de la voluntad de existir, por lo cual el

Facultad de Humanidades y Artes, Universidad Nacional de Rosario

Contacto:

valeria.pedrerol08@gmail.com

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resultado de una decisión tomada por terceros. Entiendo que hay ciertas creen- cias místicas que creen que si, y que incluso uno antes de nacer, elije hacerlo. Pero caen sin dudas en terreno puramente especulativo, al no haber ninguna certeza al respecto. Puede decirse entonces que decidir traer un hijo al mundo no guarda relación con un sentimiento de respeto a otro, ya que imponer sin consultar (excepto, por poner un ejemplo, en casos de personas en estado vege- tativo que si necesitan un tercero que decida por ellos o, saliéndonos del con- texto médico, en la política) convencionalmente se interpreta como una falta de respeto. Hay aquí una interesante disonancia, como podemos ver. Una disonan- cia de la cual se hace eco con repudio el antinatalismo.

Si le preguntamos a alguien por qué decide procrear, muy posiblemente su respuesta sea: ’’por amor’’. Rara vez se especifica por amor a qué, por lo tanto aquí el terreno es confuso y uno sólo puede ser especulativo. Una respuesta muy frecuente es: ‘’por amor a la vida’’. En este caso, basándose en su proceder,

cabe preguntarse: ¿a la vida de quién? Claramente no es a la vida por la vida94 misma. El sujeto del que hablamos en este caso ama una forma de vida, que es

la del propio hijo biológico. Su respuesta debería ser: ‘’por amor a la vida de mi hijo’’. Fundamento esto en el hecho de que alguien que utilice esta excusa para procrear, difícilmente vea satisfecho su deseo adoptando un huérfano o una mascota. Se comporta como si ese amor sólo pudiese ser dirigido a quien es de su propia descendencia biológica. Por supuesto, contemplo las excepciones a esta regla, aquellas personas cuyo amor no está sujeto a este requisito.

A partir de este motivo, (‘’por amor’’), pueden desprenderse otras condiciones que impulsen la decisión de procrear pero el trasfondo siempre es la propia conveniencia. El denominador común de todos estos incentivos es la satisfac- ción propia, en mayor o menor grado. Hay otro argumento que si bien no com- parto, me parece más interesante: el de la perpetuidad de la humanidad. . Lógi- camente dejar de procrear eventualmente pondría en peligro nuestra continui- dad como especie, pero no en este momento. El hecho de que haya tantos niños viviendo en situación de orfandad, carentes de recursos que le permitan vivir dignamente o nacidos en zonas de guerra constante, demuestra que claramente

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se puede satisfacer el anhelo de paternidad sin procrear, sino adoptando un niño ya existente. Siguiendo este razonamiento puedo decir que procrear es una decisión egoísta, es decir, proviene del ego, y el ego, por lo general, está más emparentado con el narcisismo que con el amor a la vida. De aquí se desprende la siguiente conclusión: siempre que se trae un hijo al mundo es para satisfacer un deseo propio, y el humano por nacer no tiene ninguna participación en el proceso. Procrear tiene todo que ver con el o los padres y nada que ver con el hijo. Se le impone la vida para lograr un objetivo ulterior.

Me atrevo a decir que esta máxima que acabo de enunciar será valida hasta el momento en que podamos saber con certeza si un humano que aún no existe, desea nacer. Además, creo que esta manifestación debería realizarse en forma lingüística exclusivamente, con una pregunta que pueda responderse por sí o por no, ya que en caso de que se exprese de otra forma, las subjetividades de los receptores del mensaje influirían enormemente, manipulando el signo de

acuerdo a sus intereses. También considero que el humano por nacer debería95 saber en qué lugar y en qué condiciones sociales y culturales va a crecer, porque

sólo de esa manera su elección sería consciente. Condiciones sumamente difíci- les de concebir, sin duda.

Quiero manifestar otra contradicción existencial: el humano no posee la liber- tad de decidir si quiere venir al mundo o no. Sin embargo, puede decidir cuando abandonar la vida. Esto, en lugar de tenerse como motivo de profunda reflexión, se utiliza como agravio hacia quienes ponemos en tela de juicio la natalidad en estos tiempos, se nos dice que dejemos de existir si tan grande es nuestra disconformidad, frivolizando así la vida que tanto dicen defender y reduciendo a nada el valor que dicen darle. Se nos trata de desagradecidos. ¿Acaso no se reducirían, si no eliminarían, los suicidios si alguien supiera que va a venir al mundo para ser más triste que feliz, sobrevivir más que vivir, conociendo qué posibilidades de una existencia plena tiene y cuán libre será; pudiendo así deci- dir si existir o no, en primer lugar?

Para terminar, me parece importante señalar que el antinatalismo como posi- cionamiento ético no implica aborrecer a los niños, si bien puede suceder que

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un antinatalista tenga ese sentir. Uno puede perfectamente tener devoción por los niños y aun así decidir no procrear, e incluso amarlos tanto que prefiere soñar con el niño por nacer, imaginarlo feliz y en plenitud, antes que imponerle definiti- vamente la incertidumbre de la existencia.

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