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                                                                                                                          Investigación
                                                                                                                           La Comunidad De La Lucha
                                                                                                                          Del Reconocimiento En Axel

TRAZOS - AÑO IX – VOL.II – DICIEMBRE 2025 - e-ISSN 2591-3050 TRAZOS - AÑO IX – VOL.II – DICIEMBRE 2025 - e-ISSN 2591-3050

                                                                                                                                   Honneth

                                                                                                                           The Axel Honneth Recognition Fight
                                                                                                                                      Community


                                                                                                                           Sofía Dominguez Ramírez
                                                                                                                           Universidad Tecnológica de Pereira. Pereira, Colombia.
                                                                                                                           sofia.dominguez@utp.edu.co


                                                                                                                           Recibido: 7 de julio de 2025
                                                                                                                           Aceptado: 13 de diciembre de 2025




                                                                                                                           TRAZOS - REVISTA DE ESTUDIANTES DE FILOSOFÍA - AÑO IX - VOL. II. - DICIEMBRE 2025
                                                                                                                                                        páginas 94-110 - E-ISSN 2591-3050
                                                                                                                                                 http://www.ojs.unsj.edu.ar/index.php/trazos/
                                                                                                                              INSTITUTO DE FILOSOFÍA - FACULTAD DE FILOSOFÍA, HUMANIDADES Y ARTES - UNIVERSIDAD NACIONAL DE SAN JUAN

                                                                                                                                                                             94

Resumen: El objetivo del presente texto es analizar la ausencia de una definición unívoca de comunidad en la teoría de Axel Honneth. Argumentamos que esta ambigüedad conceptual constituye una estrategia metodológica deliberada dirigida a prevenir dos riesgos fundamentales: la idealización acrítica de lo comunitario como espacio de consenso armónico y la generación de mecanismos de exclusión social. Desde nuestra perspectiva, la comunidad en Honneth debe entenderse como un espacio dialéctico —ámbito de tensión permanente— donde las luchas por el reconocimiento mutuo operan como motor del progreso y condición de posibilidad para la autorrealización individual. Esta perspectiva adquiere especial pertinencia al analizar casos como las comunidades indígenas, donde las demandas de reconocimiento cultural exceden el marco de las tres esferas propuestas por Honneth (amor, derecho y solidaridad) abriendo la discusión sobre la necesidad de una posible cuarta esfera de valoración intercultural. TRAZOS - AÑO IX – VOL.II – DICIEMBRE 2025 - e-ISSN 2591-3050

                                                              Palabras claves: comunidad – intersubjetividad – dialéctica - autorrealización
                                                           – reconociiento.


                                                              Abstract: The aim of this text is to analyze the absence of a single, unequivocal
                                                           definition of community in Axel Honneth’s theory. We argue that this conceptual
                                                           ambiguity constitutes a deliberate methodological strategy aimed at preventing
                                                           two fundamental risks: the uncritical idealization of community as a space of
                                                           harmonious consensus and the generation of mechanisms of social exclusion.
                                                           From our perspective, Honneth’s concept of community should be understood
                                                           as a dialectical space—a realm of permanent tension—where struggles for
                                                           mutual recognition operate as the driving force of progress and a prerequisite for
                                                           individual self-realization. This perspective is particularly relevant when analyzing
                                                           cases such as indigenous communities, where demands for cultural recognition
                                                           exceed the framework of the three spheres proposed by Honneth (love, rights,
                                                           and solidarity), opening the discussion on the need for a possible fourth sphere of
                                                           intercultural valuation.


                                                              Keywords: community – intersubjectivity – dilaectic – authorization –
                                                           reconognition.




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Honneth en su texto Reconocimiento y Menosprecio Sobre la Fundamentación normativa de una Teoría Social (2010), advierte que la singularidad o identidad de una persona solo es posible en lo social, en el vínculo con el otro. De allí que las interacciones que los individuos vivencien con el otro determinen en grandes rasgos el modo de estar y ver el mundo. Para el autor, la libertad humana — entendida como autorrealización— depende críticamente de que los individuos puedan comunicar y validar sus necesidades en relaciones de reconocimiento mutuo. Cuando esto falla, surge el conflicto interno: aquello que Honneth denomina patologías del menosprecio, donde la imposibilidad de expresar demandas legítimas genera miedo, alienación y, en casos extremos, sumisión a estructuras de dominación. Así, la no validación de las necesidades emocionales, jurídicas o sociales no solo distorsiona la autopercepción del individuo, sino que también corrompe su interacción con los demás. En lugar de reconocer al otro como un igual, se lo percibe como una amenaza inferior o superior, perpetuando ciclos de exclusión. TRAZOS - AÑO IX – VOL.II – DICIEMBRE 2025 - e-ISSN 2591-3050

                                                           De allí que Honneth proponga tres modelos de reconocimiento: el amor, el derecho
                                                           y la solidaridad, con el fin de que en cada una de estas esferas pueda haber un
                                                           progreso moral, este entendido como “una lucha intersubjetiva de los individuos
                                                           para hacer valer las reivindicaciones de la identidad” (2010, p.20), permitiéndole,
                                                           a su vez, que el individuo pueda remitirse a sí mismo desde la autoconfianza, el
                                                           autorrespeto y la autoestima.
                                                                   De este modo, el progreso moral solo es posible cuando la sociedad — o
                                                           su evolución normativa— integra las condiciones de reconocimiento mutuo, las
                                                           cuales emergen únicamente en el ámbito de la intersubjetividad. Lo anterior revela
                                                           que la sociabilización no es un mero accidente del ser humano, sino que es una
                                                           característica intrínseca de su naturaleza, orientada hacia la cooperación y la vida
                                                           en comunidad. Cabe destacar que Honneth advierte sobre el uso acrítico de la
                                                           comunidad, dado a su historial de abuso ideológico. Para el autor, este concepto
                                                           no debería entenderse desde una óptica idealizada como un espacio de consenso
                                                           armonioso, sino como un espacio de tensión dialéctica, donde los conflictos por
                                                           reconocimiento impulsan al progreso moral.
                                                                    No obstante, en sus obras Patologías de la razón (2009), Reconocimiento
                                                           y Menosprecio. Sobre la Fundamentación normativa de una Teoría Social (2010),
                                                           El derecho a la libertad (2014) y Comunidad esbozo de una historia conceptual
                                                           (1999), Honneth no ofrece una definición explícita de comunidad, pese a
                                                           reconocer que la participación comunitaria es una condición indispensable para




                                                                                                   96

el proceso de individualización, el progreso moral y las luchas intersubjetivas por el reconocimiento. De allí que la pregunta central del texto gire en torno a si la ambigüedad de Honneth sobre la comunidad debilita su teoría del reconocimiento, o más bien la protege de dogmatismos. Recordando que, según Honneth (1999), el concepto de comunidad ha sido históricamente objeto de discusión por dos razones fundamentales: su disociación con el término de sociedad y su acogida ideológica por parte de los conservaduristas y los representantes de la izquierda, que lo idealizan como antídoto ante las patologías de la modernidad. Lo anterior puede llevar gravemente a formar una identidad colectiva biológica, generando la exclusión del foráneo. Con lo anterior, el propósito de este trabajo es reconstruir el concepto de comunidad en Honneth a partir de sus claves conceptuales “formas de vida socializadas” o “mundos vitales compartidos”, para demostrar su rol en la teoría del reconocimiento como espacio dialéctico de conflicto y aprendizaje moral. La hipótesis sostiene, entonces, que esta ambigüedad no constituye un vacío TRAZOS - AÑO IX – VOL.II – DICIEMBRE 2025 - e-ISSN 2591-3050

                                                           teórico, sino una estrategia para prevenir ideologías esencialistas, priorizando lo
                                                           normativo mediante las luchas y mantenerlas en abierta interpretación histórica.
                                                                    Para tal fin, las obras como Reconocimiento y Menosprecio Sobre la
                                                           Fundamentación normativa de una Teoría Social (2010), Comunidad esbozo
                                                           de una historia conceptual (1999), Patologías de la razón (2009) y el derecho
                                                           a la libertad (2014), resultan claves para realizar la reconstrucción del concepto
                                                           de comunidad; además de que artículos como “Honneth y la demanda por el
                                                           reconocimiento intercultural de los pueblos indígenas” (2017) y “La cuestión del
                                                           sujeto y la teoría del reconocimiento desde la perspectiva crítica de la filosofía
                                                           latinoamericana” (2011), nos permitirá comprender de mejor modo el campo de
                                                           tensión dialéctica de los conflictos por el reconocimiento.

                                                             Comunidad como espacio dialéctico

                                                                  Pensar en el sentido por el cual el ser humano se mantiene unido a otros, a
                                                           pesar de los conflictos, el caos e incluso las guerras que dicha unión ha suscitado,
                                                           nos lleva a plantear dos posibles explicaciones. La primera, siguiendo a Sloterdijk
                                                           (2022), atribuye esta cohesión a los sentimientos compartidos, excitaciones
                                                           colectivas y los cultos comunes que actúan como vínculo social. La segunda,
                                                           desde la lectura de Honneth de Kant (2009), sostiene que el ser humano
                                                           interpreta la historia bajo un sentido de progreso moral, pues, de lo contrario, esta




                                                                                                     97

sería un quejido paralizante. Es precisamente esta segunda postura con la que Axel Honneth estará de acuerdo, construyendo un marco teórico robusto para fundamentar esta posición. Además, argumentará que la primera razón no solo resulta insuficiente, sino que incluso representa un peligro al idealizar la armonía social, ignorando las tensiones inherentes a la dinámica comunitaria. Para Honneth, esta visión kantiana del progreso moral no se limita a una mera teología abstracta, sino que se encarna en luchas intersubjetivas concretas donde los sujetos reclaman validación para sus identidades y necesidades. Siguiendo la afirmación que hace el autor sobre este progreso moral que propone Kant (2009): Por eso podemos sintetizar esta primera versión diciendo que el progreso histórico en la “mentalidad” del ser humano es el resultado de una lucha por el reconocimiento social que la naturaleza nos encomendó cuando nos dotó de una “sociabilidad insociable”. (p.20) TRAZOS - AÑO IX – VOL.II – DICIEMBRE 2025 - e-ISSN 2591-3050

                                                                  La noción de “sociabilidad insociable” refleja la tensión constitutiva del ser
                                                           humano: la necesidad de interactuar con los otros, en tanto que el reconocimiento
                                                           mutuo se vuelve el fundamento mismo desde el cual se constituye la individualidad.
                                                           Si bien Kant no habla como tal del reconocimiento, sí concibe el progreso
                                                           moral como un aprendizaje histórico de carácter racional y moral, en donde los
                                                           individuos y las sociedades aprenden, a partir de las experiencias y los fracasos,
                                                           a actuar de forma más ética1. Honneth, siguiendo a Hegel, acoge a ese individuo
                                                           kantiano autónomo y autosuficiente en clave intersubjetiva: la moralidad no puede
                                                           fundarse únicamente en la razón práctica, sino que se desarrolla históricamente a
                                                           través de luchas concretas por el reconocimiento, en la que los individuos buscan
                                                           validación social para su identidad, necesidades y aspiraciones.
                                                                  No obstante, estas luchas por el reconocimiento no se manifiestan
                                                           únicamente en prácticas culturales o rituales; por el contrario, y en una línea
                                                           marcadamente hegeliana, están orientadas por un horizonte normativo de
                                                           un universal racional. Es decir, aunque los conflictos por el reconocimiento
                                                           se encarnan en contextos históricos y sociales concretos, remiten a criterios
                                                           racionales que permiten evaluar su legitimidad más allá de lo meramente
                                                           contextual. Precisamente, es cuando las instituciones y las rutinas cotidianas


                                                           1 Honneth expone tres concepciones de Kant sobre el progreso moral. Sin embargo, en este trabajo solo
                                                           recurrimos a la última.




                                                                                                           98

dejan de expresar adecuadamente ese potencial racional que subyace en ellas, que emergen las patologías sociales, generando una pérdida de sentido y una restricción de la libertad del hombre (Honneth, 2009). Este universal racional, para Honneth (2010), debe estar representado en instituciones que no se limiten a buscar la mera distribución equitativa de bienes materiales con el objetivo de eliminar las desigualdades sociales, sino que se orienten, más profundamente, a prevenir experiencias de humillación y desprecio. Estas condiciones se realizan, según el autor, a través de tres esferas fundamentales del reconocimiento: el amor, el derecho y la solidaridad. Esto se debe a que toda lucha material emprendida por los individuos en una sociedad tiene, en el fondo, un carácter moral: es una lucha por el reconocimiento de su individualidad e identidad. Con el fin de ser más concretos, una persona no lucha solo por acceder a una vivienda o a la educación, sino por ser reconocida y valorada como un ser humano con derechos, al mismo nivel que los demás. Las tres esferas del reconocimiento que propone Honneth constituyen TRAZOS - AÑO IX – VOL.II – DICIEMBRE 2025 - e-ISSN 2591-3050

                                                           “una lucha intersubjetiva entre los individuos para hacer valer las reivindicaciones
                                                           de su identidad” (2010, p. 20). La primera de ellas es el amor, que se inscriben en
                                                           el ámbito de relaciones afectivas íntimas —como las que establecen familiares,
                                                           amigos o parejas—, y en la que los afectos y necesidades del individuo son
                                                           validados mediante la correspondencia emocional. Esta esfera es fundamental
                                                           para el desarrollo de la autoconfianza, ya que el reconocimiento afectivo le
                                                           permite sentirse valorado y sostenido emocionalmente. La segunda esfera es la
                                                           del derecho, en la que el reconocimiento se da a través de un estatus jurídico.
                                                           Un hombre puede sentirse humillado cuando los mundos vitales compartidos
                                                           no le conceden su capacidad moral y jurídica, es decir, cuando se le priva de
                                                           su ciudadanía y de la posibilidad de ejercer sus derechos. Para Honneth, este
                                                           reconocimiento debe asumirse como una relación de reciprocidad, donde los
                                                           individuos, por medio de la interacción con el otro, se reconocen mutuamente
                                                           como titulares de los mismos derechos. Este proceso es clave para la formación
                                                           del autorrespeto, ya que permite al individuo verse a sí mismo como un igual y
                                                           como actor moralmente capaz.
                                                                  Finalmente, la tercera esfera es la de la solidaridad, que se refiere al
                                                           reconocimiento social de las formas de vida, capacidades y logros individuales.
                                                           Cuando una persona es devaluada por su modo de vida o por no cumplir con
                                                           ciertas expectativas sociales, se ve impedida de construir una autoestima sólida.
                                                           La solidaridad implica una apreciación positiva por parte de la comunidad hacia




                                                                                                    99

las contribuciones singulares de cada individuo, permitiéndolo así el desarrollo de la autoestima al sentirse valorado como miembro pleno de la sociedad (Honneth, 2010). En estas tres esferas se vislumbra que, sin la base de la autoconfianza, el autorrespeto y la autoestima, no es posible la autorrealización de los individuos. Cada una de estas dimensiones del reconocimiento muestra que tales disposiciones no son logros individuales aislados, sino conquistas intersubjetivas: la constitución de la individualidad no se alcanza en soledad. En este sentido, tanto la autonomía y la individualidad solo son posibles en relaciones de reconocimiento mutuo. De tal manera que la lucha por el reconocimiento se presenta como una herramienta crítica frente al individualismo promovido por la organización capitalista. En donde, la interacción con los otros se reduce, frecuentemente, a una necesidad instrumental o utilitaria. Este tipo de vínculo, puramente funcional, empobrece la dimensión intersubjetiva de la vida social. En este sentido, Honneth retoma la advertencia de Durkheim sobre cómo la división de trabajo TRAZOS - AÑO IX – VOL.II – DICIEMBRE 2025 - e-ISSN 2591-3050

                                                           puede dificultar la formación de acuerdos morales sólidos y la posibilidad de una
                                                           interacción genuina, lo que lleva a una necesidad de experiencias colectivas —
                                                           como los rituales religiosos— que activan una nostalgia de la comunidad (1999).
                                                           Esta nostalgia por la comunidad refleja, sin embargo, una paradoja: cuando la
                                                           comunidad es concebida exclusivamente como un vínculo emocional y afectivo
                                                           de pertenencia — como también sugiere Sloterdijk—, puede convertirse en
                                                           un discurso retórico que exalta una unidad ilusoria, reforzada por emociones
                                                           compartidas, pero que terminan por excluir a quien piensa o vive de manera
                                                           diferente. En ese caso, la comunidad deja de ser espacio de reconocimiento para
                                                           volverse terreno fértil para la xenofobia o la marginación del otro.
                                                                   La peligrosidad latente de un retorno idealizado a la comunidad, como
                                                           respuesta a una organización social que dificulta la interacción genuina con el
                                                           otro, no radica simplemente en considerar al otro como alguien especial o valioso,
                                                           sino en el hecho de que, al concebirlo de manera utilitaria, se obstaculiza su
                                                           posibilidad de autorrealización y, con ello, su libertad. En Honneth, esta libertad no
                                                           se entiende como simple autonomía formal, sino como la capacidad de perseguir
                                                           fines existenciales significativos elegidos por cada individuo (2009). Dado que
                                                           dicha autorrealización es posible alcanzarse en la lucha intersubjetiva por el
                                                           reconocimiento, cualquier forma de relación que niegue ese vínculo recíproco
                                                           limita las condiciones para una vida verdaderamente libre.
                                                                   De esta manera, Honneth, en consonancia con los planteamientos de la




                                                                                                    100

Escuela de Frankfurt, señala que esta problemática ya había sido anticipada por sus principales representantes. En sus palabras: “todos ellos en definitiva culminan en la idea de que la consagración a la praxis liberadora de la cooperación no se dará por el vínculo afectivo, por los sentimientos de pertenencia o de coincidencia, sino por una comprensión racional” (2009, p. 37). Esta afirmación de Honneth subraya un punto clave en la tradición de la teoría crítica: la cooperación social no puede fundarse únicamente en la emocionalidad o en un sentido de partencia afectiva, ya que estos vínculos, sí no están mediados por la razón, corren el riesgo de volverse excluyentes o, incluso regresivos frente al progreso moral. Lo que posibilita una praxis liberadora es, en cambio, una comprensión racional que permita vínculos de reconocimiento recíproco en medio del caos y el conflicto. Desde esta perspectiva, la comunidad no debe entenderse como un espacio homogéneo ni como un refugio emocional, sino más bien como un espacio de tensión dialéctica, donde los conflictos por el reconocimiento no son un obstáculo a superar, sino la fuerza misma que impulsa el progreso moral. TRAZOS - AÑO IX – VOL.II – DICIEMBRE 2025 - e-ISSN 2591-3050

                                                           Así, la comunidad se constituye como un escenario activo en el que las luchas
                                                           por validar identidades, necesidades y formas de vida singulares alimentan el
                                                           desarrollo ético y la ampliación de las condiciones de libertad para todos.

                                                             La comunidad sin concepto

                                                                  En la primera parte del trabajo reconstruimos la noción de comunidad
                                                           desde conceptos claves como “formas de vida socializadas” o “mundos vitales
                                                           compartidos”. Allí se argumentó que la comunidad, lejos de ser un espacio
                                                           armónico, debe entenderse como un terreno activo atravesado por tensiones
                                                           dialécticas que surgen de las luchas del reconocimiento, las cuales posibilitan
                                                           el progreso moral. Este último fue comprendido como un relato de las luchas y
                                                           conquistas del ser humano a lo largo de su historia. Sin embargo, un elemento
                                                           llamativo en la obra de Honneth es la ausencia de una definición explícita del
                                                           concepto de comunidad. Este silencio puede interpretarse a primera vista como
                                                           una limitación o vacío teórico significativo dentro de su proyecto normativo.
                                                           No obstante, esta omisión cobra relevancia si se considera que la lucha por el
                                                           reconocimiento no sería posible fuera de una comunidad; ya que en ella es donde
                                                           se configuran las condiciones intersubjetivas necesarias para dicho proceso.
                                                                  A pesar de esta ausencia, consideramos que Honneth previó, en el
                                                           desarrollo de su proyecto, los peligros que podría suscitar el establecer un




                                                                                                    101

concepto fijo de comunidad. Como mencionamos anteriormente, una definición cerrada puede derivar fácilmente a un abuso ideológico, ya sea por idealización, exclusión o regresión moral. En este sentido, lo que podría interpretarse como un vacío teórico, se revela como una estrategia crítica, en donde el concepto abierto, permite que el conflicto y la trasformación sean el centro de la vida social, impidiendo que la comunidad se convierta en una estructura normativa totalizante. Esto puede observarse en algunas afirmaciones del propio Honneth, particularmente en su texto Comunidad esbozo de una historia conceptual (1999). Allí narra cómo el término de comunidad se convirtió en un concepto crucial dentro de ideologías políticas, las cuales tienden a vincularlo, ya sea con un negativismo paralizante o con una idealización nostálgica. Según Honneth, esta tendencia se nutrió en gran medida a partir de la distinción que realiza el sociólogo alemán Tönnies en su obra comunidad y sociedad. En ella, Tönnies establece una de las primeras oposiciones sistemáticas entre ambos conceptos, definiéndolos de la siguiente manera: TRAZOS - AÑO IX – VOL.II – DICIEMBRE 2025 - e-ISSN 2591-3050

                                                                            Debe denominarse «comunidad» a aquella forma de socialización
                                                                         en la que los sujetos, en razón de su procedencia común, proximidad
                                                                         local o convicciones axiológicas compartidas, han logrado un
                                                                         grado tal de consenso implícito que llegan a sintonizar en los
                                                                         criterios de apreciación; mientras que con «sociedad» se alude a
                                                                         aquellas esferas de socialización en donde los sujetos concuerdan
                                                                         en consideraciones racionales ajustadas a fines, con el objeto de
                                                                         obtener la recíproca maximización del provecho individual (1999. p.
                                                                         10).
                                                                   Esta distinción resalta Honneth, sin que ello implique una nostalgia por las
                                                           comunidades arcaicas ni una defensa de una evolución lineal hacia la sociedad
                                                           moderna, contribuyó en gran medida a considerar que la sociedad capitalista,
                                                           caracterizada por esferas de socialización guiadas por la acción instrumental,
                                                           había tendido a reprimir o desvalorizar las formas comunitarias de vida. Además,
                                                           el hecho de que la definición de comunidad en Tönnies se centre en la proximidad,
                                                           la pertenencia y los lazos afectivos; mientras que la de sociedad se haga explícito
                                                           su carácter racional y orientado a fines, ha contribuido a la percepción de que la
                                                           comunidad carece de una dimensión racional. Lo anterior nos invita a pensar
                                                           sobre ¿cómo pueden articularse los intereses afectivos de la comunidad con los
                                                           intereses racionales que estructuran la esfera social?
                                                                   Para responder a esta pregunta, es necesario retomar la reconstrucción que




                                                                                                    102

realizamos anteriormente del concepto de comunidad en Honneth. Lejos de ser un ámbito puramente afectivo o emocional, la comunidad — concebida como forma de vida socializada o mundo vital compartido— está atravesada por estructuras normativas que permiten orientar y evaluar las prácticas sociales. Incluso en la esfera del amor, que podría en apariencia parecer la más ajena a la racionalidad, se pone en juego una lógica de reconocimiento que presupone normas implícitas de validación mutua. Por ello, la racionalidad no queda fuera de la comunidad, sino que se manifiesta en las luchas intersubjetivas por el reconocimiento, donde los individuos no solo buscan ser aceptados emocionalmente, sino también comprendidos y valorados según criterios normativos. Nos dice Honneth (2009):

                                                                            […] de los miembros de una sociedad debe poder decirse que
                                                                        únicamente podrán llevar juntos una vida lograda, no distorsionada,
                                                                        si todos ellos toman como orientación principios o instituciones que
                                                                        puedan comprender como metas racionales de su autorrealización;
                                                                        toda desviación del ideal esbozado tiene que llevar a una patología

TRAZOS - AÑO IX – VOL.II – DICIEMBRE 2025 - e-ISSN 2591-3050

                                                                        social en la medida en que resulta evidente que los sujetos padecen
                                                                        una pérdida de metas generales, comunitarias. (p. 32)

                                                                  Se refuerza así la idea de que el concepto de comunidad no puede
                                                           entenderse sin el componente racional, dado que una vida lograda para todos
                                                           los miembros no se da mediante la mera exaltación de los sentimientos o lazos
                                                           afectivos, sino a través de la capacidad de orientar sus acciones hacia fines
                                                           compartidos que puedan ser reconocidos como racionalmente válidos. La
                                                           comunidad, entonces, debe ofrecer un horizonte normativo que permita a los
                                                           individuos reconocerse mutuamente como partícipes de un proyecto común de
                                                           autorrealización. Cuando este horizonte se pierde o se distorsiona — ya sea por
                                                           idealización o fragmentación—, lo que emerge son patologías sociales: formas
                                                           de vida en las que las personas ya no pueden identificar metas comunes que
                                                           otorguen sentido a su experiencia colectiva. De ahí que Honneth resalte que la
                                                           teoría crítica contemporánea carece de unidad racional y propuestas sólidas
                                                           frente a esta crisis.
                                                                  Ahora bien, volviendo al escrito de 1999, Honneth no concluye con una
                                                           definición precisa de comunidad, sino que identifica tres formas principales de
                                                           uso del concepto. En primer lugar, en la filosofía moral, donde la comunidad se
                                                           encarna en tres instituciones fundamentales: la familia, el Estado y las costumbres.
                                                           En segundo lugar, en la sociología en donde se plantea la posibilidad de formar




                                                                                                    103

grupos solidarios que prevengan el aislamiento social — un fenómeno que, como advierte Honneth, podría impedir la autorrealización individual—Y finalmente en el ámbito político, donde la noción de comunidad está vinculada a la participación activa de los sujetos que se reconocen como parte de un proyecto común. Este cierre resulta especialmente interesante, ya que guarda una estrecha relación con las tres esferas del reconocimiento que analizamos previamente. En primer lugar, la filosofía moral se vincula directamente con las instituciones que sustentan el reconocimiento: el amor, el derecho y la solidaridad. Por otro lado, el uso sociológico del concepto, centrado en la solidaridad como antídoto frente al aislamiento social, se inscribe claramente en la esfera del reconocimiento social. Finalmente, en el plano político, la participación activa de los individuos remite tanto a la esfera jurídica —donde se garantiza la igualdad de derechos— como a la solidaridad, en tanto que esta participación se orienta hacia metas comunes reconocidas colectivamente. Su metodología, entonces, actúa como una salvaguarda frente a posibles abusos ideológicos, a tal punto que incluso TRAZOS - AÑO IX – VOL.II – DICIEMBRE 2025 - e-ISSN 2591-3050

                                                           menciona que Horkheimer evitaba usar este concepto debido a sus connotaciones
                                                           ambiguas y potencialmente manipulables2.

                                                                             La idea de una “comunidad de seres libres”, que Horkheimer
                                                                          formula ya en su artículo, sobre “Teoría tradicional y teoría crítica”,
                                                                          constituye el leitmotiv normativo de la Teoría Crítica incluso en los
                                                                          casos en que se evita rigurosamente el concepto de “comunidad”
                                                                          por su abuso ideológico. (2009, p.36)

                                                                  Una comunidad libre implica que los individuos realicen una propia
                                                           autolimitación, es decir, que asuman las obligaciones no como imposiciones
                                                           externas, sino como compromisos derivados de la comprensión de la
                                                           complementariedad de sus acciones (Honneth, 2014). En este sentido, las
                                                           obligaciones se conciben como expresión de intereses, metas o necesidades
                                                           propias, y no como mandatos que deben cumplirse por coerción. Así, cada sujeto
                                                           puede reconocer en ellas un componente de autorrealización.
                                                                  De este modo, el aparente “vacío teórico” en torno al concepto de
                                                           comunidad se revela como el resultado de una cuidadosa metodología. Honneth
                                                           lejos de establecer una definición cerrada —consciente de los riesgos que
                                                           puede suscitar— construye un entramado conceptual que permite al lector


                                                           2 Véase en Honneth (2009).




                                                                                                    104

comprender cómo se constituyen las formas de vida compartidas dentro de su teoría del reconocimiento. Esta decisión metodológica no implica una falta, sino una apertura deliberada: una comunidad no fijada de antemano permite a los sujetos reconstruirla constantemente mediante sus luchas por el reconocimiento. Y es precisamente esta plasticidad la que impide su cierre ideológico, y la que convierte a la comunidad en un espacio dialéctico de conflicto, autorrealización y transformación social.

                                                              La comunidad en acto: reconocimiento, conflicto y autorrealización

                                                                  Como formulamos anteriormente, Honneth no ofrece una definición
                                                           cerrada de comunidad; por el contrario, esta apertura nos permite identificar
                                                           estructuras concretas en las que la vida comunitaria se pone en juego, se realiza y
                                                           se transforma. En este sentido, la comunidad no es simplemente un ideal abstracto
                                                           o acabado, sino una forma de vida en constante construcción, sostenida por

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                                                           prácticas de reconocimiento que involucran lazos afectivos, garantías jurídicas y
                                                           formas de solidaridad social.
                                                                  Ahora bien, esto no implica que la teoría del reconocimiento no haya sido
                                                           objeto de discusión, especialmente al confrontarse con propuestas políticas que
                                                           priorizan la igualdad entendida como distribución equitativa de bienes, frente a
                                                           la idea de la prevención de la humillación, como señalamos anteriormente. Una
                                                           de las críticas más relevantes que señala Honneth proviene de Nancy Fraser,
                                                           quien sostiene que no es posible concebir las reivindicaciones por la distribución
                                                           material —dirigidas a corregir desigualdades en el acceso a recursos— mediante
                                                           una concepción de justicia basada en el reconocimiento de la identidad personal
                                                           y colectiva (Honneth, 2010)3.
                                                                  No obstante, tanto Honneth como algunas corrientes de la teoría decolonial,
                                                           como las propuestas por Dussel (2016), y los artículos que estudiaremos en este
                                                           apartado del argentino Dante Ramaglia (2011) y el chileno Juan Faundes (2017),
                                                           coinciden en que los movimientos de resistencia no pueden limitarse únicamente
                                                           a objetivos culturales, así como los movimientos de resistencia no pueden
                                                           reducirse únicamente a objetivos materiales o jurídicos, tal como afirma Honneth.
                                                           Esta perspectiva nos permite también entender cómo la comunidad se presenta
                                                           como un espacio dialéctico en el que progreso y menosprecio se entrelazan,


                                                           3 Cabe resaltar que es Honneth quien está aludiendo a cada una de las críticas que le han hecho, incluyen-
                                                           do la de Nancy Fraser. No estamos aludiendo a la crítica misma que hace la autora.




                                                                                                               105

configurando las condiciones para la realización intersubjetiva del ser humano. Según Honneth (2010), Nancy Fraser considera que la distribución de bienes materiales y las políticas de identidad pertenecen a esferas separadas —clasificando las luchas históricas en luchas materiales y luchas por el reconocimiento—. El autor, por el contrario, sostiene que en toda lucha material, subyace una lucha por el reconocimiento, entendiendo este último como un concepto que implica un grado más amplio de sensibilidad social. Esta tensión entre Fraser y Honneth, se refleja claramente en el análisis que realiza Faundes (2017) , quien cuestiona cuál es el lugar que pueden ocupar las culturas indígenas dentro de la teoría del reconocimiento de Honneth. Cómo bien expresa:

                                                                           Explica Honneth que las demandas de reconocimiento de la
                                                                        identidad cultural son impulsadas por colectividades que “luchan
                                                                        por el reconocimiento de su independencia culturalmente definida”,
                                                                        y que se fundan en la protección y mejora de las condiciones de vida
                                                                        del grupo social (2017, p. 311)

TRAZOS - AÑO IX – VOL.II – DICIEMBRE 2025 - e-ISSN 2591-3050

                                                                  Se reconoce que las culturas indígenas emprenden luchas por el
                                                           reconocimiento de manera colectiva, con el fin de mejorar las condiciones de vida
                                                           de sus comunidades. Sin embargo, estas luchas no se limitan a la reivindicación
                                                           de derechos territoriales, lingüísticos o al acceso a bienes materiales; también
                                                           implica la exigencia de que su cultura, en su totalidad, sea reconocida y
                                                           valorada. Esto significa que el reconocimiento que demandan trasciende la mera
                                                           distribución material y apunta a una afirmación integral de su identidad cultural.
                                                           En este sentido, no se trata solamente de cuánto se tiene o se repara, sino de
                                                           cómo se es reconocido, cómo se vive y cómo se siente.
                                                                  Pensar que la distribución sólo puede realizarse plenamente cuando está
                                                           mediada por el reconocimiento —sin por ello confundir ambos conceptos— es,
                                                           como sostiene Dussel (2016), descubrir la materialidad como corporalidad
                                                           viviente. Esto implica comprender que la justicia distributiva no se limita a cubrir
                                                           necesidades como alimentarse o vestirse, sino que debe atender también al
                                                           sufrimiento, la exclusión y el dolor que se producen cuando una persona o una
                                                           comunidad no son reconocidas en su dignidad. Reducir la materialidad a una
                                                           lógica negativa, centrada únicamente en la carencia, invisibiliza la dimensión
                                                           afectiva y simbólica que atraviesa la experiencia del menosprecio.
                                                                  La experiencia del menosprecio es reconocida por Honneth como una
                                                           vivencia prejurídica y prepolítica, que afecta profundamente la identidad práctica




                                                                                                   106

de los sujetos, incluso antes de que puedan articularse demandas dentro del marco legal o institucional. La superación de estas experiencias se da, según su teoría, a través de una progresiva incorporación en las tres esferas de reconocimiento: amor, derecho y solidaridad. Cada una de estas esferas no solo permite una relación de reconocimiento mutuo, sino que también posibilita un proceso de autorreconocimiento, entendido como la construcción reflexiva de la identidad personal a partir del vínculo con los otros. Este proceso exige una elaboración psicológica que permita a los individuos confrontar sus miedos inconscientes — miedos que, de no ser elaborados, pueden conducir a la sumisión de una masa obediente, negando así la libertad real (Honneth, 2014). De esta manera, cuando una cultura o grupo históricamente menospreciado emprende una lucha por el reconocimiento, lo hace no solo como una respuesta al daño sufrido, sino como resultado de un proceso interno de reflexión y afirmación identitaria, donde el grupo ya se ha reconocido a sí mismo como portador de valor (Ramaglia, 2011). Es esta conciencia la que moviliza su exigencia pública de ser TRAZOS - AÑO IX – VOL.II – DICIEMBRE 2025 - e-ISSN 2591-3050

                                                           reconocida, no solo en términos materiales, sino en la totalidad de su exigencia
                                                           simbólica y colectiva. Empero, es precisamente esta dimensión simbólica y
                                                           cultural del reconocimiento la que, desde la perspectiva de Faundes, desborda
                                                           las esferas propuestas por Honneth — amor, derecho y solidaridad—, al punto
                                                           de considerar necesaria la formulación de una cuarta esfera. De esta manera,
                                                           sostiene el chileno que:

                                                                           Bajo la noción de lucha por el reconocimiento de Honneth —
                                                                        en sus esferas del amor, del derecho y la solidaridad, a las que
                                                                        hemos agregado el reconocimiento de la identidad cultural— surge
                                                                        una nueva articulación de relaciones éticas, políticas y jurídicas
                                                                        que recíprocamente permiten a los sujetos valorar a los otros con
                                                                        quienes están socialmente en interacción, en tanto capaces de
                                                                        operaciones, de facultades y de derechos, que participan ahora de
                                                                        la nueva valoración social construida en la relación intersubjetiva
                                                                        de reconocimiento recíproco, solidaria y en un plano simétrico
                                                                        (Honneth, 1997, p. 157). Así se construye un proceso continuo de
                                                                        ampliación de derechos desde la libertad, la igualdad, los derechos
                                                                        sociales, hasta el derecho a la identidad cultural de los pueblos
                                                                        indígenas, como ámbito ulterior de interacción del reconocimiento
                                                                        pero desde una redefinición democrática pluralista e intercultural en
                                                                        América Latina. (Faundes, 2017, p. 316)

                                                                 La cuarta esfera es, entonces, el reconocimiento de la identidad cultural, el




                                                                                                   107

cual no puede ser plenamente realizado a través de las otras esferas propuestas por Honneth. Por ejemplo, la esfera del amor no puede generalizarse, ya que se trata de una moralidad particular que abarca las relaciones primarias como la familia, la amistad y la pareja. Aunque esta esfera es fundamental porque posibilita la autoconfianza y las relaciones más tempranas del sujeto, no permite alcanzar el tipo de otredad que se busca en el reconocimiento cultural: aquella que no parte de la empatía personal, sino de una afirmación pública y social del valor del otro4. En cuanto a la esfera del derecho, si bien se estipula un respeto universal e imparcial en el que todos deben ser tratados con igualdad de derechos, esta misma imparcialidad impide reconocer las singularidades culturales. El derecho puede proteger a las culturas del menosprecio, pero no puede reconocer su valor singular ni para producir una estima social. Algo similar ocurre con la esfera de la solidaridad. En ella, los individuos reconocen las formas de vida ajenas y valoran positivamente la diferencia, permitiendo una autoestima basada en el reconocimiento social. Sin embargo, al tratarse de una aceptación del otro dentro TRAZOS - AÑO IX – VOL.II – DICIEMBRE 2025 - e-ISSN 2591-3050

                                                           de una lógica compartida —es decir, bajo la suposición de que todos participan de
                                                           una misma estructura social—, la solidaridad puede resultar insuficiente para los
                                                           pueblos indígenas. Estas culturas, al tener formas de una organización, producción
                                                           de sentido y vidas colectivas distintas, pueden parecer que funcionan “al margen”
                                                           de la sociedad dominante. Bajo este contexto, más que reconocimiento pleno, lo
                                                           que produce es una forma de tolerancia (Ramaglia, 2011).
                                                                   Sumar a las esferas de Honneth el reconocimiento de la identidad cultural,
                                                           en vista de las limitaciones encontradas, propone una articulación más compleja
                                                           de las relaciones del reconocimiento. Esta nueva esfera permite pensar en formas
                                                           de interacción que no solo responde a vínculos afectivos, jurídicos y sociales,
                                                           sino que incorpora la dimensión simbólica que exige una constante redefinición
                                                           del horizonte democrático. Como señala Ramaglia al final de la cita, se trata de
                                                           avanzar desde una democracia pluralista hacia una intercultural, capaz de integrar
                                                           plenamente las identidades culturales diversas en condiciones de igualdad.
                                                                   Teniendo en cuenta todo lo anterior, logramos vislumbrar de forma práctica
                                                           el concepto de comunidad en la teoría del reconocimiento de Honneth, donde

                                                           4 Cabe resaltar que, como señala Juan Faundes (2017), Honneth sí contempló la posibilidad de una
                                                           esfera dedicada al reconocimiento de la identidad cultural. Sin embargo, las problemáticas que surgen
                                                           al desarrollar esta idea son múltiples. Por ejemplo, cuando las culturas no solo exigen el reconocimiento
                                                           de sus territorios o una distribución equitativa de recursos, sino también la valoración de su diferencia
                                                           cultural, existe el riesgo de caer en idealizaciones esencialistas. Esto, a su vez, podría derivar en dinámicas
                                                           excluyentes, como la xenofobia, al reforzar una identidad colectiva cerrada y resistente a la alteridad.




                                                                                                                108

se revela no solo necesario, sino también valioso concebirla como un espacio activo y conflictivo, en el que el reconocimiento mutuo constituye la base para la autorrealización individual y colectiva. De esta manera, las críticas que el propio Honneth recoge de Fraser, junto con los aportes de Dussel, Ramaglia y Faundes, destacan que un concepto cerrado de comunidad impediría integrar y movilizar nuevas perspectivas, dejando potencialmente al margen formas de vida que no encajan en el modelo dominante. Esto puede conducir no solo a la exclusión, sino también a la reproducción de formas de dominación bajo la apariencia de integración. Que el concepto de comunidad sea abierto no implica la ausencia de normatividad, sino que dicha normatividad se encuentra en constante reformulación, orientada por las experiencias de reconocimiento y lucha de los sujetos históricos. TRAZOS - AÑO IX – VOL.II – DICIEMBRE 2025 - e-ISSN 2591-3050

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Referencias bibliográficas Dussel, E. (2016). Filosofías del sur: Descolonización y transmodernidad. Ediciones Akal. Faundes, J. (2017). Honneth y la demanda por el reconocimiento intercultural de los pueblos indígenas. Perfiles Latinoamericanos, 25(49), 303–323. https://doi. org/10.18504/pl2549-013-2017 Honneth, A. (1999). Comunidad: Esbozo de una historia conceptual. Isegoría. Revista de Filosofía Moral y Política, (20), 5–15. https://doi.org/10.3989/isegoria.1999. i20.89 Honneth, A. (2009). Patologías de la razón (G. Mársico, Trad.). Katz Editores. (Obra original publicada en 2007) Honneth, A. (2010). Reconocimiento y menosprecio: Sobre la fundamentación normativa de una teoría social (J. Romeu Labayen, Trad.). Katz Editores. (Obra original publicada en 2009) Honneth, A. (2014). El derecho a la libertad (G. Calderón, Trad.). Katz Editores. (Obra original publicada en 2011) Ramaglia, D. (2011). La cuestión del sujeto y la teoría del reconocimiento desde la perspectiva crítica de la filosofía latinoamericana. Pucará, (24), 25–38. TRAZOS - AÑO IX – VOL.II – DICIEMBRE 2025 - e-ISSN 2591-3050

                                                                  Universidad de Cuenca, Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación.
                                                                  http://hdl.handle.net/11336/69055
                                                           Sloterdijk, P. (2022). La fuerte razón para estar juntos (N. Narbebury, Trad.). Godot.
                                                                  (Obra original publicada en 1998)




                                                             Cómo citar este artículo:
                                                             Dominguez R, S. (2025). La comunidad de la lucha del reconocimiento en Axel
                                                           Honneth. Trazos-Revista de estudiantes de Filosofía, 2(9), 94 - 110




                                                                                                     110